En las polvorientas calles de la invasión Emmanuel, al sur de la ciudad, se respiran por momentos, grandes bocanadas de aire fresco, como si todo fuera felicidad o el ayer se hubiese olvidado.
Los gigantescos ojos verdes de Ester Barros, por ejemplo, brillan más que nunca en principio gracias a la tranquilidad que hay en ella luego de todo lo que ha vivido.
La mujer de 43 años, residentes en la manzana K de la invasión, luce motivada por su presente, fruto de la tranquilidad que ha encontrado en Emmanuel, luego de ser desplazada junto con sus cuatro hijos de Chibolo, Magdalena, tierra de donde es oriunda.






