Comenzaré contando que después de ser un parrandero empedernido que todos los fines de semana rumbeaba de amanecida, por una promesa que hice a un ser querido tomé la determinación de no probar una gota de alcohol y seguí el método de las 24 horas de sobriedad y ya completo los diez años de ser abstemio.
Esa abstención cambió mis hábitos y la forma de relacionarme con los amigos, por ello me he refugiado en la lectura y en la escritura y permanezco la mayor parte del tiempo recluido en mi pequeño estudio rodeado de libros y papeles, sentado en un amplio escritorio tecleando tercamente en un viejo portátil lo que de mi caletre obtuso -como diría Degreiff- trato de sacar con tirabuzón.
Corría el mes de septiembre del año 2019, mes en que se realizan las fiestas patronales de Tamalameque (tenemos dos santos patronos, ambos festejados en el mes de septiembre, el Cristo el 14, y San Miguel el 29); era viernes 13, víspera de la fiesta del Cristo, el pueblo estaba engalanado, había corralejas, carreras de caballo, competencias ciclísticas y de atletismo y sobre todo una rumba colectiva impresionante, los atronadores estallidos de la polvera retumbaban en las alturas, la música a alto volumen se sumaba a esa sensación de loca alegría que se apodera de los pueblos en sus ferias y fiestas.











