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La paradoja de Chile: éxito en vacunación y segunda ola del coronavirus

Aunque es un ejemplo en materia de vacunación, Chile enfrenta un nuevo pico de contagios.

Chile superó el Viernes Santo su propio récord en lo que va de la pandemia del covid-19, al registrar 8.112 nuevos casos en las últimas 24 horas, continuando el sábado con una cifra alarmante similar. Ayer se informó un descenso con 7.304 nuevos casos.  

Sin duda, estamos en uno de los peores momentos de la pandemia en este país austral, que ha obligado a la autoridad sanitaria a endurecer las medidas en los últimos días para tratar de contener el avance del virus. Desde el sábado 27 de marzo, más de 14 millones de personas, de un total de 19 millones que vivimos en este país, nos encontramos en cuarentena total. Además, entre otras disposiciones más restrictivas, a partir de este lunes 5 de abril habrá cierre de fronteras durante todo el mes y la venta de bienes y servicios estará restringida a lo estrictamente esencial durante 15 días, tales como alimentos, medicamentos, artículos de aseo o higiene personal.

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Lo que todos se preguntan es qué está pasando en Chile, si es el país que está liderando la campaña de vacunación en Latinoamérica. Medios de prensa internacionales, como The Guardian o The New York Times, hablan de la “paradoja de Chile” por el exitoso proceso de vacunación y el alza alarmante de los contagios.

Y esta afirmación no deja de tener cierta razón. Hasta el 2 de abril, 6.928.520 de personas han recibido la primera dosis y 3.832.331 completaron la segunda aplicación -con una población objetivo de 15 millones de personas-, pero esto no ha evitado el aumento de los contagios, poniendo al sistema hospitalario chileno casi al límite del colapso.

LAS VACUNAS NO SON MILAGROSAS

Sin embargo, según los expertos que veo todos los días en la televisión chilena, no hay contradicción entre el aumento de los casos y las vacunas. Las vacunas no actúan de inmediato, no son milagrosas, y en Chile no se ha llegado a un porcentaje de vacunados -como mínimo el 70 % de la población- para alcanzar la inmunidad colectiva o de rebaño. Estamos aún muy lejos de eso.

También hay otros factores que han colocado a Chile en el peor momento de la pandemia. Por un lado, se observa que un porcentaje de la población vacunada no ha tomado en consideración que se necesitan al menos dos semanas después de la segunda dosis para que las vacunas hagan su efecto. Se ha caído en un exceso de confianza en el proceso de inmunización y en un relajamiento de las medidas de prevención y autocuidado, como mantener el distanciamiento físico o evitar lugares concurridos.

Más de la mitad de la población está en cuarentena.

Además, hay que tener en cuenta que en Chile se está poniendo mayoritariamente la vacuna Sinovac, que es menos eficaz en términos de prevenir el contagio en comparación con otras, como la de Pfizer. No obstante, los especialistas afirman que la vacuna china puede prevenir la hospitalización y muerte casi igual que las otras.

También se evidencia una peligrosa pérdida de temor especialmente entre la gente joven, que aún no ha sido vacunada. Los que nos mantenemos confinados, respetando las medidas del “Plan Paso a Paso” del Gobierno de Chile, no entendemos cómo la movilidad de las personas en las urbes chilenas no decae con la cuarentena y, por el contrario, se usa cualquier pretexto para pedir permisos y salvoconductos para circulación temporal.

EL VERANO Y SU IMPACTO EN EL ALZA DE LOS CONTAGIOS

El levantamiento de las restricciones por las vacaciones de verano, en que el Gobierno autorizó permisos para que casi cinco millones de personas se movilizaran a distintas zonas que hoy están con crisis sanitaria, así como las reuniones familiares, fiestas clandestinas y aglomeraciones de distinta índole, explican también el alza de los contagios.

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Precisamente, el ministro de Salud, Enrique París, admitió que “desgraciadamente los contagios aumentaron con la vacunación masiva” que se inició el 3 de febrero. Y escuché a otro destacado médico chileno afirmar que la vacunación sin cuarentena provoca una tremenda ola de contagios. Ese es el escenario de la pandemia hoy en Chile. Eso es lo que estamos viviendo.

En estos días de descanso y recogimiento espiritual para el mundo cristiano, seguí con detenimiento los reportes de los canales de televisión nacional, en que los temas centrales fueron las cifras del covid, calificadas como catastróficas, así como la alarma que generó la gran afluencia de público en icónicos mercados para comprar pescados y mariscos, como La Vega Central de Santiago o la Caleta Portales en Valparaíso, donde se registraron peligrosas aglomeraciones que son un seguro foco de contagio.

¿Quién entiende esto? La cifra más alta de contagios de coronavirus desde que se inició la pandemia y las pescaderías llenas porque en Viernes Santo no pueden dejar de comprar productos del mar. Y aunque los compradores consultados decían estar conscientes de la situación, ahí estaban, haciendo largas filas, amontonados, para acceder a estos centros de abastecimiento.

Lo claro es que en la medida que no disminuya efectivamente la movilidad de las personas, no bajarán los contagios, aunque tengamos una de las más exitosas campañas de vacunación en el mundo.

Mal de muchos…

Aunque suene consuelo de tontos, lo que estamos viendo ahora en Chile es una situación que se dio en Europa a la vuelta de las vacaciones de verano.  Cabe aclarar que la temporada primavera-verano por estas latitudes tiene lugar cuando en el hemisferio norte es otoño-invierno. En este país nunca se logró un control efectivo de la pandemia, como se ha visto en Australia y otros países asiáticos, y tan solo nos estabilizamos en lo que denominan los expertos una endemia alta, es decir un número persistente de casos que nunca bajó.

A esto debemos sumar que el aumento de casos coincide justo cuando a nivel global también hay un repunte de los contagios por la aparición de nuevas cepas del SARS-CoV-2 y la relajación de las normas de autocuidado, según alertó la OMS.

Otra historia es que después de un año, la fragilidad económica y social de una parte de la población del país no resiste una pandemia de tan largo aliento, por lo que muchas personas salen a trabajar a pesar de las restricciones a la movilidad. No las respetan porque hay que subsistir.

A pesar de todo, la buena noticia es que si bien las cifras de contagios son alarmantes, el ministro París aseguró que “nunca faltará una cama crítica o un ventilador mecánico, nunca hemos llegado ni vamos a llegar a ese punto”. Es cierto, en Chile no ha muerto nadie por falta de atención hospitalaria como se ha visto en otros países de la región.

Lo que sí es delicado es que el personal sanitario presenta una gran fatiga pandémica y, para hacer frente a la nueva ola de contagios y al histórico déficit de profesionales de la salud, el Gobierno estableció medidas extraordinarias para reforzar el personal UCI durante las próximas semanas, tales como la contratación de médicos extranjeros sin el exigente examen Eunacom que les certifica para ejercer en el sistema público de salud chileno.  

Por eso, tanto las autoridades y los especialistas se preguntan cómo hacer entender a la gente que deben tener la paciencia de la última milla frente a esta pandemia. Sin duda, la comunicación de riesgo ha fallado.

Por mi parte, el martes 30 de marzo acudí a recibir la segunda dosis de Sinovac y estoy completando cuatro semanas de confinamiento casi total, trabajando online, mucho antes de que se declarase en cuarentena a Providencia, comuna donde resido en Santiago de Chile. Está claro que la vacunación no sustituye a la prevención en la lucha contra este flagelo. En un alto porcentaje, las personas que hemos seguido las medidas de autocuidado y distanciamiento, evitando al máximo las salidas, hemos logrado mantener a raya el riesgo de contraer el covid-19.

Colombia Ramírez Ocampo

Periodista en Santiago de Chile

Categories: Análisis
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