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La historia detrás de la arepa de huevo en Luruaco, Atlántico

Hubo dos hechos determinantes en la historia de la arepa de huevo, como producto culinario que se convirtió en identidad cultural de Luruaco, Atlántico, la construcción de la carretera denominada La Cordialidad que comunica a Barranquilla con Cartagena, y el descubrimiento de la forma de hacer este producto alimenticio.

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La historia de La Cordialidad está ligada a la iniciativa de un grupo de jóvenes residentes en Barranquilla, encabezados por Agustín Núñez Zubiría, que partieron de esta ciudad, por tierra, rumbo a Cartagena, un día cualquiera del mes de junio de 1912. En su aventura pasaron por las poblaciones de Galapa, Baranoa, Sabanalarga, Colombia, Arroyo de Piedras, Luruaco, Santa Catalina, Bayunca y Caimán (caserío que luego fue absorbido por el barrio Olaya Herrera) (Porto. 2013).  

Desde entonces se empezó a utilizar ese camino para ir entre ambos lugares y también se comenzó hablar de la construcción de una carretera entre ambas ciudades.  El inicio de las obras de la carretera debió esperar hasta 1936 cuando la dinámica comercial de Cartagena exigió una nueva infraestructura de transporte. Al terminarlas, en 1940, se intensificó el tráfico automotor por esa vía, lo que dinamizó y articuló la economía de Luruaco, convirtiéndolo en centro de abastecimiento de víveres y comestibles de las demás poblaciones de la región (Porto. 2013).

Con el tráfico de automotores por la carretera algunas mujeres vieron en ese hecho la oportunidad para contribuir con la economía doméstica instalando a la vera de esta, mesas para producir y vender fritos. Las orillas donde se ubicaron fueron las confluencias de dos vías públicas que llamaron ‘Las cuatro esquinas’.

Las cuatro esquinas, no ese centro comercial que conocemos actualmente”, dice el abogado e historiador Carlos Llanos Torrenegra, “se trata del cruce que hacen la calle Barranquilla con lo que hoy es la carrera 24. Fue después de 1940 cuando las hacedoras de fritos se mudaron para donde permanecen, las esquinas de la calle 18 con carrera 20, debido a la modificación que en su trazado tuvo La Cordialidad”.

Cuenta el historiador luruaquero, Tomás Cervantes, que el proceso de hechura y venta de fritos a la vera de la carretera principió cuando Pabla Melgarejo Manotas, a instancias de su marido Joaquín Montero, se instaló en las antiguas ‘Las cuatro esquinas’. Esta, según el informante, lo hizo impulsada por los resultados económicos que había obtenido tras haber instalado una fritanga de arepas de sal y de azúcar frente a la vivienda del dirigente cívico local Pablo Beltrán, quien festejó por dos o tres días continuos el pago de una manda a un santo.

Afirma, además, que, terminada la fiesta, esta creyó necesario continuar con el negocio y fue su marido el que consideró que ‘Las cuatro esquinas’ eran el lugar para ubicar el negocio, lo hizo frente a la casa de su mama, Genoveva Manotas. Ella, después, terminó rodeadas de otras mujeres, algunas de su familia, que se dedicaron a la misma labor culinaria.

Fue en ese lugar donde, según Tomás Cervantes, descendió de un vehículo una viajera que pidió una arepa de huevo. Pabla y las otras mujeres cocineras dijeron desconocer cómo se hacía, entonces la pasajera pidió un huevo de gallina y las enseñó a hacerla.

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Otra cosa dice la tradicional hacedora de arepa de huevo, Guadalupe Muñoz Solano, refiriéndose a la manera cómo principio la fabricación y venta de este producto en Luruaco.

Vea, eso no existía acá, yo oigo decir que comenzaron a hacerla después de que unas señoras de aquí iban a Cartagena en burro, la trajeron. Una de las que se dio cuenta de cómo la hacían allá fue Máxima Manotas, y comenzó a fritarla acá. Ella gritaba en la calle del ramal, que es la que viene derecho para abajo, arepita de dulce y esas ‘maricadas’. De ahí se copió la señora Pablita, que es quien dicen que la invento. Eso de que fue Pablita es mentira porque esos cuentos nos los refería mi abuelo antes de morir”.

Del número de personas que iniciaron la fabricación y venta de este producto en esta localidad, decía quien fue una de las tradicionales participantes en este proceso, Rosa Amelia Montero, conocida como ‘Chiquita’ Montero: “Cuando comenzó la venta en la calle ancha solo existían seis puestos de fritos, donde las personas, que se transportaban en carro o chivas llegaban de paso a comer unos fritos que se vendían a centavos, después seguían su camino hacia sus destinos”.

Además de la construcción de la carretera y del descubrimiento de la forma de hacer este tipo de arepa, dos hechos, la tradicionalidad y la productividad, contribuyeron a que esta se convirtiera en referente, en el contexto nacional, culinario y cultural de Luruaco.

Una frase de la fritanguera María Jacinta Anaya Santoyo puntualiza en qué consiste la tradicionalidad: “Uno va aprendiendo con la mamá, mientras ella va haciendo uno va viendo los cuidados cómo ella la fábrica. La forma como aprendí a hacerla con mi mamá yo se la enseñé a una hija que también hace arepas”. De la productividad, dice Mileidis Coronado Redondo, “se puede decir, que aquí en Luruaco en casi todas las casas hay una hacedora de arepas”

La forma inicial de hacer este producto ha ido variando: la costumbre de verter sal sobre el huevo depositado en un pocillo fue sustituida por la de echársela a la masa para evitar que el producto se tornara negro. Sin embargo, la modificación más importante al producto original fue la aparición de la arepa con huevo y carne. De esta innovación existen dos versiones, la que ofrece María Jacinta Anaya y la que da Edith Solano, quien era conocida como ‘Calío’. 

La primera dice que fue un invento de Gerardo Valencia, quien tenía un restaurante a la orilla de la carretera de La Cordialidad. ‘Calío’, por su parte, señala que fue un señor, cuyo nombre ya no recuerda, quien la indujo a hacer ese tipo de arepa. Este le explicó que para hacerla necesitaba carne de res, ella optó por la del pecho, la que antes de moler ponía a cocinar con trozos de cebolla, ají, ajo, zanahoria, pimienta de olor, comino y una vez la carne estaba cocida, vertía sobre ella trozos pequeños de tomate.

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La actividad de hacer este producto alimenticio y otros fritos ha traído conflicto entre fritangueras, vendedoras y con personas ajenas a estas dos actividades. Uno de esos hechos lo recuerda Guadalupe Muñoz: “Todo surgió cuando la señora Ubaldina Ripoll y su hermana, fueron agredidas por un hombre al que llamaban ‘Tabaquito’, que era el propietario del lugar en cuyo frente estas gritaban vendiendo arepas”.

Además, recuerda que: “Ellas, las hermanas, eran mujeres violentas, de esas que no se dejaban echar vainas de nadie, no se dejaron ‘perratear’, se le cuadraron, pero ‘Tabaquito’ le pegó a una de ellas y vino la otra y lo clavó, y cuando ya se vio ardido cogió y les patio las mesas”.

En reacción a la agresión a las hermanas Ripoll, las demás vendedoras y hacedoras de fritos se tomaron la carretera bloqueándola con las mesas donde expendían sus productos culinarios. Se ubicaron, además, en un puente de acceso a la localidad y bloquearon la carretera con cuatro llantas de tractor.

Se armó la de Troya”, dice Guadalupe, “entonces ese fue el pelotón grande, había palo, había piedra, de todo. Aquí casi no había policía, lo que existía era una oficinita ahí, toda mediocre. Entonces cuando se formó la huelga, ‘el candelazo’, salió el inspector y nos aquietó, entonces ya se acabó todo. Quedaron presos un señor que le decían ‘Plancha la ropa’ y otro señor Heriberto Ramos, que le decían ‘Caso suelto’, es que ellos fueron los que enfrentaron el corte de la pelotera y con nosotras no se metió la Policía. Yo tiré mis cuatro piedras y arrancaba a correr, no iba esperar al enemigo. Le tiraba las piedras al que cogiera”.

La producción de arepas de huevo y demás fritos ha estado en manos de mujeres. La historia de la tradición de hacer arepas solo registra el caso de un hombre que tuvo como actividad diaria la de amasar la harina y freírla.

A los hombres no se les veía intervenir en este proceso ni cuando las hacedoras de fritos se dividían la producción en tres turnos al día, ni siquiera en el de la madrugada. Actualmente algunos hombres fritan sus productos, que traen de sus viviendas, en los fogones dispuestos en las mesas de cualquier mujer, pero lo hacen para venderlos en los buses. No obstante, la renuncia a participar en las tareas de amasar y freír, la venta, en buses y demás automotores, de toda la producción diaria ha estado en manos de los hombres.

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La importancia del producto culinario ha llevado a las vendedoras y fritangueras, a organizarse en una asociación para defender sus derechos y buscar el mejoramiento de su calidad de vida. A través de esta asociación organizaron un grupo de danza que llamaron ‘Las arepas alegres’, conformada por treinta de ellas, de todas las edades, que bailan música folclórica, excluyendo la cumbia, en los carnavales y en festivales nacionales y locales como el Festival de la Arepa de Huevo que se festeja desde los años ochenta.

Las danzantes visten con faldas de bolitas amarilla y fondo blanco. Usan, además, blusas de color amarillo y portan un delantal y cubren la cabeza con un turbante.

En sus presentaciones cantan el coro: ‘La arepa huevo, la arepa alegre’, y mientras lo hacen, desarrollan su coreografía consistente en moler el maíz, echar la maza al caldero, utilizar tablitas para imitar la elaboración de arepas de huevo y freírlas.

Por Álvaro Rojano Osorio

Categories: Cultura
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