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La corrupción, ¿causa o consecuencia?

La corrupción es la que algunos definen como “el uso ilegal del oficio público para el beneficio personal”. Muchos conceptos están asociados a la corrupción tales como fraude, información privilegiada, soborno, extorsión, malversación, prevaricación, cooptación, caciquismo, tráfico de influencias,  compadrazgo, nepotismo, impunidad, y despotismo.

El paramilitarismo catalizó estas prácticas por la vía del nockout. También el narcotráfico y el anhelo de una vida muelle, son factores intervinientes y carburantes que, como encimas, ayudaron a la degradación de los valores. Hoy todos hablan de la corrupción y la presentan como la causa de todos los males de una sociedad; esto es como tomar la causa por el efecto. Este efecto está causando estragos tanto a la institucionalidad como a la sociedad civil, es una pandemia apocalíptica. Pero la corrupción no es en sí una causa, es la consecuencia de una pseudo democracia, montada para el usufructo de unas minorías, y podría ser la etapa superior de un sistema de gobierno mal concebido; es un proceso de podredumbre en su fase escatológica. La corrupción, como una manifestación de nuestra institucionalidad, no es nueva en Colombia. La pérdida de Panamá y otros territorios constituyeron, en su momento, actos de lesa corrupción, amén de deslealtad patriótica de una estirpe que con el tiempo ha lavado sus pecados y sigue gobernando al país.

El caso reciente frente a Nicaragua, así lo confirma. En el ejercicio de la negociada diplomacia colombiana ha prevalecido el caciquismo, el compadrazgo y el nepotismo de una élite santafereña. La protesta ciudadana ha sido acallada con la amenaza y la extorsión; las elecciones se ganan con fraude y dineros sucios; la trampa y el dejar pasar se convirtieron en paradigmas. Parece que estuviéramos en un punto de no retorno. Por fortuna, un boomerang hay que saberlo tirar; los cerebros centenarios de la corrupción están entrando en crisis, todos están untados con el dinero tóxico; por eso es hora de soltar las banderillas y entrar a matar; la política es como una corrida de toros donde algunos ofrecen la vida, unos hacen el espectáculo y otros se quedan con la taquilla.

Quedarse con el discurso de la corrupción es distraer al país; esto es como hablar de la fiebre del paciente sin pensar qué diablos la produce; toda fiebre tiene una causa y es en esta dónde debe concentrarse el médico para hacer la fórmula eficaz. Mientras no se definan bien las causas de un problema, la formulación de sus soluciones será errada. Hoy la corrupción sí es un problema pero derivado, no autónomo, y la única forma de combatirla es sofocando sus causas. Pero mientras los corruptos se queden con el 5 % del PIB/año, será difícil. Y no es con marchas que la detendremos, sus organizadores suelen ser los mismos corruptos; esta es una comparsa con disfraces; hay que combatirla sin tomarla como bandera política. Entonces, ¿qué formular? Una reingeniería al Estado en sus pilares básicos pero esto solo será posible con una Constituyente. Así de sencillo.

nadarpe@gmail.com

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