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La atmósfera espiritual

“Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de tu pueblo”: Salmos 22,4.

Además de la definición puramente física de atmósfera, también se refiere al espacio al que se extienden las influencias de alguien o algo, o al ambiente que los rodea, al clima favorable o adverso a alguien o algo. En ese sentido, vivimos en dos atmósferas a la vez, una es física que podemos ver, oler, escuchar, tocar y probar; la otra es puramente espiritual, que no podemos verla con nuestros ojos o experimentarla con nuestros sentidos; pero, igual, también somos conscientes de ella.

Hay poder en la atmósfera. Un ambiente de alabanza, adoración, oración, amor y unidad atraen la presencia de Dios. Mientras que un ambiente de lujuria, ira y odios atrae los enemigos de la fe. Es allí, cuando somos tentados a entrar en un espacio de negativismo y duda, cuando estamos más expuestos al fracaso.

Dios responde a una atmósfera, Él está en todas partes, pero no en todas partes es manifiesta su presencia. Dios se manifiesta cuando la atmósfera es adecuada. Dios ama una celebración. A Él le encanta la atmósfera de alabanza y verdadera adoración de su pueblo. La falta de fe puede limitar la atmósfera donde Dios pueda moverse con señales y prodigios. Cuando Jesús ministraba en Nazaret, no pudo realizar allí mayores milagros debido a la incredulidad de ellos.

La visita del Papa Francisco ha creado una atmósfera de religiosidad, en el buen sentido del término, que se convierte en una oportunidad única de reconciliación y expectación, porque los milagros suceden cuando la atmósfera es adecuada. Así, cuando la gente comienza a responder a la presencia de Dios, Él le responde a la gente en una mayor medida.

Amados amigos lectores, ¿Qué tipo de atmósfera estamos cultivando? ¿Estamos atrayendo su presencia o alejándonos de ella? Una atmósfera espiritual sostenida crea un clima, este desarrolla unas fortalezas y a su vez las fortalezas definen la cultura de una sociedad. Cuando respondemos a las actividades espirituales se crea una atmósfera, que si la sostenemos durante un tiempo se creará un clima permanente por la reproducción de las actividades espirituales. Cuando sostenemos una atmósfera espiritual de alabanza y agradecimiento, se comienza a formar un clima de la presencia de Dios que hace posible las transformaciones y los milagros.

Mi exhortación de hoy apunta hacia el reconocimiento y la aceptación del momento justo y propicio para crear una atmósfera positiva de búsqueda de Dios. Apunta también hacia la concientización de que existen ambientes nocivos que atentan contra nuestra fe y contra nuestra capacidad para cambiarlos, porque Jesús nos ha dado el poder para hacerlo.

Sí mantenemos un espíritu de oración y adoración, crearemos una atmósfera positiva y correcta a nuestro alrededor. Es por eso por lo que ayunamos, oramos, alabamos, adoramos, intercedemos y nos paramos firmes para pelear la guerra en el plano espiritual, para crear el ambiente propicio donde su manifestación gloriosa se haga realidad.

Jesús cambiaba la atmósfera en los lugares donde iba. Nosotros tenemos el poder de cambiar la atmósfera y abrirle paso a la presencia y el poder de Dios en nuestra situación, en nuestras familias, nuestra iglesia y nuestra nación.

Más allá de las críticas políticas y económicas por la visita del Papa Francisco, tenemos una oportunidad histórica para crear una atmósfera espiritual de fe, esperanza y amor que haga posible la presencia del Resucitado en medio de nuestra cotidianidad y traiga las señales y maravillas prometidos. ¡No la desaprovechemos ni nos alejemos de ella! Un abrazo cariñoso y comprensivo en Cristo.

Por Valerio Mejía Araujo

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