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Cuando quisimos ser “yankees” 

A propósito del triunfo de un candidato a la presidencia de Estados Unidos de América, muchas personas han acudido al diccionario para desentrañar el vocablo xenofobia, palabra de raíces griegas que significa en su literalidad “odio a los extranjeros”.

Un ingrediente de la derrota de los demócratas de allá, fue el dormido sentimiento de repulsa que los asentados de antes en ese país mantienen para los asentados de ahora, pues el discurso del candidato ganador siempre predicó la expulsión de ocho millones de inmigrantes, la construcción de un muro que los separe de México; así como también recibió, sin rechazar, el ofrecimiento de apoyo del clandestino Ku Kux Klan, esa terrorista organización de sureños blancos que nació después de la guerra civil de Secesión, para quemar las casas y linchar a la gente de piel negra que gozaba de su reciente condición de esclavos liberados.

Ese país fue formado en su pasado por gente llegada de toda Europa que como una avalancha de langostas voraces lo cubrió todo hasta el lejano Oeste y con sus rifles acabaron los millones de bisontes de las praderas para vender sus pieles, y masacrar y robar las tierras de los americanos genuinos, es decir, las tribus de los pieles rojas, condenándolos por hambre y violencia al  desplome de su historia y al final de su estirpe. Ahora resulta que esos recogidos de todo el mundo le cierran las puertas a quienes, como ellos en el pasado, necesitan buscar allá mejores aires de vida.

Pero esa postura del rechazo de ahora, no ha sido novedad para Colombia. En una ocasión tuvimos la desvergüenza de querer ser americanos de allá y no de aquí. Ocurrió por el año de 1858 cuando éramos federalistas y nos llamábamos Confederación Granadina. En ese entonces el Procurador de la Nación, don Florentino González, propuso la incorporación de nuestro país a los Estados Unidos. Argüía en tal propuesta “que los territorios nuestros se hallarían en la misma condición que Pensilvania o Nueva York, gozando de la protección que en el exterior podría darle el poder de ese gran pueblo; y conservarían su gobierno propio y los medios de mejorar su condición interior”.

Parece que Inglaterra tomó muy enserio la propuesta del procurador González, porque la prensa “The London Time” hizo comentarios sobre el tema: “La absorción de las débiles repúblicas de Centro y Suramérica por los Estados Unidos es un hecho que no tardará en consumarse. México y Nueva Granada están próximas a caer por que se mueven a renunciar su nacionalidad. Así el señor González, Procurador General en Bogotá, ha recomendado a su Congreso en un documento oficial, la inmediata solicitud de ser admitida la Nueva Granada en la Unión Americana. Esta proposición no fue recibida con desaliento ni hostilidad por ellos, lo que prueba que si una vez se ha tratado de eso no tardarán en ejecutarlo o hacer otra cosa peor”.

De otro lado el periódico “Herald”, de Nueva York, quiso dar un bofetón como punto final a las aspiraciones de los integracionistas latinos que así quisieron borrar fronteras con los anglosajones racistas del Norte. Comentaba el Herald: “Los más ardientes abolicionistas no consentirán que nuestras salas del Congreso estuvieran adornadas con representantes y senadores tostados por el sol de Nueva Granada, y que mestizos y descendientes de africanos asistieran a hacer leyes para el pueblo blanco de los Estados Unidos. Se dice que el Presidente actual de los neogranadinos es un hombre de color tan negro que le sería imposible viajar por nuestros Estados sin carta de libertad. Podemos asegurar al señor González que si el pueblo de su país aceptara su propuesta, sería ciertamente rechazado por el nuestro”.

Los comentarios de estos párrafos sobran, sólo lamentamos nuestra indignidad por la rodilla doblada ante el desdén engreído del Tío Sam.

Por Carlos Rodolfo Ortega Montero

 

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