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Creo en el Espíritu Santo

Uno de los pilares de la fe católica es la certeza de que Dios no es un ser solitario. Aun siendo uno y único, creemos que el Todopoderoso es familia, comunidad. Mientras nuestro corazón bombee sangre oxigenada a nuestros miembros y nuestras conexiones neuronales sigan haciendo posible llamarnos seres vivos, este misterio escapará al entendimiento. Sólo al contemplar cara a cara, ya sin velos, a quien es la eterna sabiduría podremos comprender lo que ahora atisbamos a lo lejos. Dios es trinidad de personas y, aunque nos devanemos el cerebro intentando comprenderlo, sólo habremos logrado asomarnos a la infinitud de lo que, siendo divino, intentamos encajar en nuestras limitadas y finitas categorías humanas.

En una interesante conversación hace algunos años una adolescente llena de curiosidad ante la vida y sus misterios, exclamó: “¡Hay tantas cosas que no entiendo! ¡Cómo quisiera tener en frente a Dios para acribillarlo a preguntas!” Su desconcierto fue peor cuando le dije que algún día tendría la posibilidad de mirar directamente a los ojos del Creador, pero que entonces ya no tendría preguntas por hacer, porque fundida con la Sabiduría misma no habrá ya lugar para la ignorancia, pero ni siquiera eso será importante. Lo sabremos todo, pero ¿qué importa saberlo todo cuando, además, lo seremos todo?

El Dios familia en quien creemos, a quien no entendemos, pero a quien intentamos amar, se nos ha manifestado a lo largo de la historia de diversas maneras y, en medio de la inestabilidad de las realidades humanas, nos ha permitido asomarnos a la realidad inmutable. “En el principio, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” y el Padre, a través de su Palabra, creó todas las cosas. El Santo Espíritu inspiró, impulsó y sostuvo a los jueces, los reyes y profetas del pueblo de Israel, al tiempo que actuaba también en la conciencia de todos los hombres y mujeres de todos los pueblos. El Santo Espíritu descendió sobre la doncella de Nazaret e hizo posible la encarnación del Verbo de Dios, guió su actuar y le sostuvo cuando fue tentado por el demonio y mantuvo viva la esperanza en el corazón de sus seguidores, cuando todo parecía destinado al fracaso.

El Espíritu de Dios vino sobre los temerosos apóstoles y los convirtió en valientes misioneros. La Iglesia nació el día en el que Pedro, el curtido pescador de Galilea, levantó la voz para anunciar a los cuatro vientos la resurrección del crucificado. ¿Quién hizo posible tal cosa? El soplo de Dios.

Dios ha querido vivir en el mundo creado por sus manos, pero más aún, ha decidido habitar en el corazón de cada ser humano para tener con él citas solitarias de amor. El Espíritu Santo ha querido hacer su templo en la humana conciencia, sin distingo de pueblo, raza o religión, e inspirar por doquier obras de amor y misericordia. El Espíritu Santo ha suscitado héroes y heroínas en todas las etapas de la historia, hombres y mujeres que han vivido conforme al plan de Dios y han sido verdaderos faros en medio de un mundo en el que la oscuridad parece dominar. El Espíritu Santo hace posible la vida cristiana y, con ello, que de nuestros labios brote hacia el cielo la súplica confiada de un hijo a su papá: “Abbá”.

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