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Congreso actual, un fracaso misional

En Colombia los tres poderes que sostienen la democracia, son como un triciclo con una rueda grande, el ejecutivo que jalona,  y dos pequeñas conducidas y sin capacidad de generar cambios; nuestra democracia es única. 

La justicia es proclive a la venta de fallos y muchos congresistas son lobistas y alcahuetes del ejecutivo; a pocos les interesa utilizar su peso político para ayudar a sus regiones. En los primeros años de la fundación del Cesar y antes de esta, los congresistas tenían mística y sentido de pertenencia, su “vallenatía” era su estandarte. Esos años dorados ya pasaron, ya nadie arria las banderas del Cesar, la voracidad personal se impuso sobre el civismo. 

Aquí, esta conducta crece hiperbólicamente tal que a uno no debería importarle si tiene o no representación parlamentaria. ¿Para qué? La carta de presentación de quiénes aspiran a repetir curules tiene dos ítems: el número de proyectos de ley presentados y las partidas regionales conseguidas. Si es lo primero, esto no justifica su presencia en el Congreso de la República; leyes tenemos en exceso y la mayoría son inocuas o inconvenientes para muchos; además, con las que hay sobran, tenemos más leyes que soluciones; Suiza es manejada con 30 y los mandamientos de la iglesia católica son diez. 

Si es por las partidas conseguidas, habría que probarlo. Desde su fundación, la economía del Cesar es estática, nada ha cambiado en lo socio-económico, algunos indicadores son regresivos. Hemos crecido demográficamente, los que más. Desde 1985, la tendencia del PIB se mantiene como una línea horizontal, casi siempre por debajo del 2% respecto al país, incluyendo las bonanzas del algodón y de la minería; esta ha sido una curva sin dolientes. 

Tres sectores nos han dado respiración: agropecuario, minero y comercio, que producen alrededor del 50% del PIB departamental pero el único que ha crecido es el minero, el menos intensivo en generación de empleo. 

Un estudio de elasticidades que hice indica que por cada incremento de 1% en el PIB minero, el empleo apenas crece 0.09% mientras que en la agricultura y la ganadería el empleo crece 2.76%. Este es el sector más dinámico pero ninguno de nuestros parlamentarios vigentes y otros atrás, han presentado una propuesta sostenible de redención económica para el Cesar en el Congreso de la República. 

Otro indicador para mirar cómo estamos es la pobreza monetaria; entre 2002 y 2019 (18 años) solo varió 10.2 puntos al pasar de 61.9 a 51.7%; hoy, el Cesar es el 5° más pobre del país. Para ver la gravedad de esto, si seguimos bajando a este ritmo tardaríamos 88 años para alcanzar la pobreza de Cundinamarca tasada en 20.4% en el 2019, la mejor del país. 

En salud, los indicadores vitales nos desfavorecen; la tasa de mortalidad infantil, entre 2005 y 2018 (14 años), solo descendió 3 puntos porcentuales al pasar de 16.45 a 13.45 por mil nacidos vivos. Las tasas de mortalidad materna y por desnutrición de la niñez, aumentaron; la 1ª pasó del 34.28 al 66.14 por cien mil, la más alta del país; mientras tanto, la segunda pasó del 24.75 al 34.28 por mil niños nacidos vivos. 

En el 2021 tuvimos la 3ª más alta tasa de fecundidad específica del país en menores de 10 a 19 años; esto indica que la trampa de la pobreza crece más aquí que en muchas otras regiones. La pobreza multidimensional en 2019 fue la 4ª más alta del país y el analfabetismo el 6° más alto. 

En 2018 la tasa de muertes por infección respiratoria aguda, IRA, fue la 3ª más alta. Esta muestra nos indica que somos una región fallida. A ningún aspirante convencional al Congreso de la República le preocupan estas calamidades públicas; quizás las ignoren o quizás sean poco rentables para ellos, en términos electorales. El Congreso requiere un cambio.

Por Luis Napoleón de Armas P.

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