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Calixto Ochoa le ponía música a sus amores cercanos y lejanos

El Rey Vallenato Calixto Ochoa, siempre llevó a canciones los hechos que sucedieron en su entorno

La vida del juglar Calixto Antonio Ochoa Campo estuvo rodeada de canciones, en las que el corazón fluctuaba unido a su acordeón para con frases sencillas enmarcar su pensamiento en los amores que le regalaron alegrías y ciertas decepciones. En esa instancia muchas veces meditaba en la mujer que al llegar las horas de la tarde le removía el sentimiento, provocándole regresar al lugar donde la había conocido.

También se fijó en un lirio rojo bien adornado con una rosita blanca muy aparente, pero en un descuido llegó el verano y lo marchitó, no habiendo fórmula para regresarlo a su estado natural. Eso lo hacía llorar por su mala suerte, pero como buen agricultor volvía a sembrar el amor en terreno fértil.

Analizando sobre el ajedrez de la vida, donde se debe tener concentración de lo contrario se pierde la dama, optó por ser realista y no echarse mentiras. Es así como dijo: “Si la vida fuera estable todo el tiempo, yo no bebería ni malgastaría la plata, pero me doy cuenta que la vida es un sueño, y antes de morir es mejor aprovecharla”.

En algunas oportunidades la sequía del amor lo azotó llegando enmarcada en forma de penas teñidas de desencantos. Para driblarlas buscó la opción que nunca le fallaba, su acordeón a la que al sonar le añadía versos acompañados de lamentos. Si, esos lamentos que le atormentaban el pensamiento, pero seguía empecinado en que amar es un deber para no estar penando en vida.

El hijo de Valencia de Jesús, querido por el pueblo del Cesar, siempre fue considerado un hombre virtuoso que engalanó el folclor vallenato con cientos de canciones, siendo su mejor carta de presentación, incluso al tomarlas Diomedes Díaz para grabarlas, parecían que fueran de su autoría, caso ‘Mi biografía’: “Como no la tengo escrita les voy a contar señores. A contar mi biografía desde niño hasta esta parte. Soy hijo de gente pobre, honrada y trabajadora y así luchando la vida me levantaron mis padres. Después salí a rodar tierra sin fin, dejando sola mi tierra natal. No tengo plata pero menos mal, que ya cambió mi modo de vivir”.

De igual manera, Calixto Ochoa no solamente tenía la virtud de penetrar a través de sus canciones por los oídos de la mujer pretendida, sino que se escondía en sus pupilas para que ella viera un mundo diferente lleno de las cosas más divinas que regala el amor, subido a la máxima escala del sentimiento.

DULSAIDE, LO AMÓ HASTA EL FINAL

Entre esos detalles de ‘El Negro Cali’, fijó su mirada en Dulsaide Bermúdez Díaz, con quien vivió el amor en dos etapas. Primero en 1971, volviéndola a encontrar 19 años después, para estar con ella hasta el final de sus días.

Dulsaide o ‘Dulsa’, como la llamaba el maestro Calixto, a pesar de cumplir ocho años de su muerte (18 de noviembre de 2015), nunca ha dejado de amarlo y contar interesantes historias que permanecen intactas en su memoria. Esta mujer nacida en Villanueva, La Guajira, le conocía los horarios de su corazón siendo su guía y apoyo constante. Ellos fueron como como dos tortolitos en un mismo nido.

Al pedirle su concepto sobre el hombre que la enamoró con detalles, expresó: “el maestro, era el hombre de lengua activa que ablandaba cualquier corazón, el del ingenio popular, el compositor versátil que supo darle el toque preciso a su sincero amor al folclor vallenato”. Además, ‘el maestro’, como lo llamaba, le grabaron más de mil obras sin repetir letra, ni melodía. “En la casa quedó una caja llena de casete con canciones iniciadas y casi al terminar. Chiflaba y grababa porque se le podía escapar la melodía”, aseveró.

Calixto Ochoa y su fiel compañera Dulsaide Bermúdez, quien estuvo siempre a su lado.

El recuerdo galopaba en su memoria y entonces contó: “al maestro lo conocí en el Festival Vallenato del año 1970 cuando se coronó Rey Vallenato. Lo observé tocando en un kiosco y me llamó la atención porque mucha gente tenía que ver con él por su manera de tocar el acordeón. Esa vez no pasó nada en cuestiones del amor. Todo comenzó un año después y al poco tiempo como por arte de magia cada uno tomó su camino, hasta que nos volvimos a encontrar en 1990”.

Se notó en su rostro la tristeza, pero en sus palabras ese toque de magia por el juglar que tuvo el gusto preciso para enamorarla, decirle las frases justas y las notas de su acordeón para que adornaran su corazón.

Con la sinceridad deambulando por su pensamiento confesó: “Para mí el estar al lado de maestro era demasiado, era lo más grande que yo pude conocer. Estoy muy agradecida con él por permitirme pasar a su lado 25 gratos años. Si, esos años en los que me enseñó que lo mejor del mundo era la pureza del alma y el amor a tiempo”. Calló un instante y se respetó su silencio porque era como estar en contacto directo con el alma.

MARCÓ LA HISTORIA MUSICAL

El rápido repaso por la vida de Calixto Ochoa, el hijo de Cesar Salomón Ochoa López y María Jesús Campo Pertuz, hizo declarar a los expertos ser la estampa del hombre campesino que supo en el momento justo dedicarse a tocar su acordeón y componer canciones que marcaron los mejores tiempos del vallenato.

La música vallenata tradicional continúa su andar lento o rápido de acuerdo a como el acordeón regale la melodía, pero se siguen escuchando esos gloriosos cantos de Calixto Ochoa, donde aparece hasta su sonrisa y las palabras: “Yo no soy grande, el grande es Dios que todo lo puede”. Amén.

Enseguida, como si fuera una historia salida del alma de Macondo, donde aplaude Gabriel García Márquez, se escucha: “Mientras yo viva te estoy queriendo con frenesí, y un testamento yo estoy haciendo hacia tu favor. Cuando yo muera estás amparada siempre por mí, para que sepas que yo si soy de buen corazón”.

No contento con lo anterior le añadió que todo lo que trabajara era para ella, la única que tenía derecho, a la que guardaba en su pecho, sin poderla olvidar ni un minuto. Calixto Ochoa, Grande.

POR JUAN RINCÓN VANEGAS/ESPECIAL PARA EL PILÓN

Categories: Crónica
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