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¡Vamos de prisa, ya somos 50 millones!

Siempre he querido ser un columnista serio, admirado, querido, criticado, informado, culto, consultado, lo que se dice, un ejemplo a seguir, pero en este país es casi imposible. Nunca dejan los temas. Recuerdo a un viejo amigo de radio que hace algunos años tomó la decisión de no beber más licor, porque estaba incumpliendo varias tareas, tanto laborales como de las otras, pero un jueves de abril pasó por “Las Cumbres”, vieja tienda Cañaguatera, y encontró a un noble colega de colegio, el tendero destapaba cervezas al punto de congelación y ese humito que sale por las checas daba indicios de que la vida es bella, con amigos y canciones.

De manera que aplazó la cosa para después. Recuerdo le di un abrazo por su causa, pero no sé si en adelante cumplió su misión. Igual pasa con ciertos columnistas, hay temas, polémicos, actuales, necesarios, útiles, importantes, pero otras cositas contrarias, cambian el camino. Veamos:

Qué carajo importa que Cayo Bemba, cajero de Peter Manjarres, se cambie después de 20 años para donde Churo Díaz, y qué diablos importa que Peter le tire indirectas a Churo, porque hace poco también el bajista Hugues Martínez Jr., también dejo de ser caballero y se fue del grupo.

Qué cominos importa que Juancho De La Espriella, después de 10 años, regrese a donde Silvestre, qué diablillos importa que la niña del presidente cumpla años y el avión presidencial las lleve a la fiesta, y, lo mejor, que dos periodistas de alto turmequé, Vicky y Hassan, sean la noticia por sacarse los trapos sucios con sabor a poder.

Qué bledos puede importar que Thiago, un niño argentino, saque sus ahorros para que su mamá que está enferma conozca a Ricky Martin, y dónde ahorró ese niño con tan poca edad. Para qué malanga es necesaria la renuncia irrevocable de Ponchito Campo, si hace apenas dos meses estaba peleando como gato amarra’o cuatro añitos más en el cargo, ni para qué contar las jornadas de limpieza de los nuevos mandatarios con fotos en todas partes, si hace poquísimos días era la carga de la tropa de comunicadores que los siguen enviaban, hasta llenar las memorias de nuestros débiles móviles antiguos.

Posiblemente cuando esta columna, -que tuvo la intención de ser seria-, sea publicada, ya los bomberos tengan su chico solucionado y los amigos del Idreec estén en colas cobrando sus mesadas atrasadas sin trabajarlas porque esa vaina anda mal hace rato, pero ley es ley: si usted va a nada, igual deben pagarle. Dura es la ley y toca aceptar esos pagos.

No habían anunciado el nuevo tramo de la Ruta del Sol cuando Avianca aseguraba el cierre de dos vuelos en horarios que no daban resultados, y, lo peor, los quejosos son los que nunca han viajado en avión. ¡Qué cosa!

Vamos tan de prisa que el Dane anunció que desde las 7:00 a.m., de ayer miércoles somos 50 millones de colombianos, incluso si algún compatriota estaba infectado de coronavirus ya es historia, porque la Organización Mundial de la Salud, OMS, decidió bautizarlo hace pocas horas como Codid19, suena más chévere; hace poco la gripe porcina la cambiaron por H1N1 y hasta ahí llego la vaina, para que mencionar al boldenona si ya Farah está a salvo de sanciones.

La verdad, tengo asuntos culturales, históricos, anecdóticos, jurídicos, literarios, musicales y ecológicos que me gustaría tratar, pero, mientras aparezcan temas posiblemente de más interés como los actuales, será imposible. Insistimos en ponernos serios, si nos dejan.

PD. Vuelve a tomar actualidad la biblioteca de la Casa de la Cultura, que tantos recuerdos de infancia me traen. Dos señoritas atendían el salón, una feíta y amable, otra bonita, presumida y grosera. La bonita hoy cuida un parqueadero y yo paso a saludarla y a recordarle.

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