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Un soplo del cielo

San Anselmo, en su argumento ontológico, afirma que Dios es “el Ser después del cual no puede ser pensado un ser superior”. No se trata para nada de una definición, puesto que la afirmación misma implica que a Dios no se le puede definir por estar inmensamente lejos de nuestra capacidad de entendimiento y raciocinio. Dios es aquél que está más allá, aquél a quien no podemos entender ni enmarcar en nuestras categorías mentales, Dios es el Ser que excede infinitamente a todos los seres. Esto no quiere decir que no podamos conocer a Dios. Comúnmente se entiende el conocimiento como un proceso en el cual se abarca racionalmente al ser conocido, pero no es este el concepto bíblico de conocimiento. En las Sagradas Escrituras, conocer no significa comprender, ni entender, ni mucho menos abarcar. En las Sagradas Escrituras conocer significa entrar en contacto, tener una experiencia de intimidad con el ser conocido.

Podemos conocer a Dios. Pero la razón por la que este contacto de intimidad con Dios puede realizarse no es nuestra capacidad de llegar a él. Hemos dicho ya que Dios está infinitamente lejos de nuestro alcance. Así pues, estando nosotros incapacitados para alcanzar a Dios, ha decidido él alcanzarnos, puesto que su mismo ser es el amor y no existe amor sin encuentro. A través de la historia el Eterno se ha hecho manifiesto en las limitaciones de nuestro tiempo y se nos ha mostrado como comunidad: el Padre que lo ha creado todo de la nada, el Hijo que todo lo ha redimido con su muerte en la cruz y el Espíritu Santo soplo de vida que todo lo alienta.

En numerosas ocasiones hemos afirmado que no se trata de tres dioses, sino de tres personas distintas que son un solo Dios. Esta no es una afirmación temeraria, sino el resultado del estudio y la meditación de las Sagradas Escrituras, las cuales consideramos inspiradas por el mismo Dios. “En el principio el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas”, leemos en el Génesis. El Santo Espíritu no encontraba reposo, un ‘lugar’ en el que descansar para prodigar su amor, consuelo, ternura, inspiración, etc. Entonces el Padre, a través de su Palabra, por quien, y para quien fueron hechas todas las cosas, sacó del caos la perfección. La más grande de ellas el ser humano. Este último no estaría destinado simplemente a nacer, crecer, reproducirse y morir, sino a vivir una vida eterna en comunión con la Santa Trinidad.

La incorrecta utilización de la libertad por parte del hombre, le condujo a tomar la decisión de apartarse de su Creador y, lejos de quien es la Vida misma, sólo encontró la muerte. Dios, sin embargo, no se desentendió de aquél a quien había creado para ser feliz y, viéndolo consumido por el sufrimiento, decidió enviar su Palabra al mundo para revelarnos su esencia y restaurar la nuestra. El Hijo murió en la cruz y envió desde el cielo el Soplo divino que testifica en nuestro interior que la vida se extiende más allá del tan temido sepulcro, que aquello que nuestro corazón desea (a veces sin saberlo) es la eternidad para la que fuimos creados, y que nuestra patria está más allá del tiempo y del espacio. Allí nos fundiremos en un eterno abrazo con el Uno y seremos para siempre aquello que nunca debimos dejar de ser. Feliz día de Pentecostés.

Por Marlon Domínguez

 

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