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Siempre pobres

La política está muy movida por estos días. El tema de las reformas del gobierno está que arde. Ya se hundió la reforma política y la de la salud nos recuerda al mismísimo Titanic. El gobierno se muestra desesperado, estoy seguro de que nunca pensó que gobernar fuera tan complicado. 

Se entrenó siempre como opositor y cuando se le apareció la virgen o mejor dicho, cuando Rodolfo les sirvió en bandeja la presidencia, se sorprendieron.

Ahora presionan con todo el poder del ejecutivo para que los debates en el Congreso de la República, durante los que se delibera para aprobar o no sus iniciativas legislativas, se realicen a altas horas de la noche; mientras Colombia duerme. Y a esas horas, bien tarde, aparece la primera dama Verónica Alcocer para ofrecer dádivas y cubrir con borbotones de mermelada, de múltiples sabores, los panes de senadores y representantes. La noche favorece las fechorías, la oscuridad es cómplice de los delitos. El delincuente se aprovecha de ella.

Recordemos el video de Petro recibiendo y guardando fajos de billetes entre sobres de manila; el video era bien oscuro, la oscuridad parece ser su aliada. En la noche también salía a los balcones del Palacio Liévano, el mismo que alberga la Alcaldía de Bogotá, para despotricar de las decisiones que el entonces procurador Alejandro Ordóñez tomaba en su contra, luego de que el alcalde pusiera en riesgo la salubridad de todos en la capital. Ahí arengaba y con argumentos típicos de los corruptos, de quienes sólo son inteligentes para delinquir, afirmaba estar siendo perseguido por la derecha, por el statu quo, cuando su único perseguidor era su propia incapacidad para gobernar. Igualito a lo que padece hoy padece todo el país.

Recordamos las épocas en las que Horacio Serpa, con su famoso computador, se ubicaba en las últimas curules del salón elíptico en tiempos del nefasto y también corrupto gobierno de Ernesto Samper, para girar los famosos auxilios parlamentarios a quienes, ávidos de platica, aprobaban proyectos espurios y enfocados en cubrir la verdad de lo sucedido durante el proceso 8000. Serpa, quien era ministro del interior, era el mismo personaje que en la campaña del 94 repartía los dineros calientes del narcotráfico en las regiones, dineros empacados en cajas cubiertas con papel regalo dorado y fucsia. 

Eran también madrugadas largas, de mucha transacción financiera a favor de los congresistas y en contra de las arcas del estado colombiano. Gracias a ese computador y a esos giros, Samper fue presidente inmerecidamente por 4 años. ¡Cuánto daño hizo!

Recientemente vimos y escuchamos unas declaraciones del hoy presidente en las que afirmaba que “…cuando los pobres dejan de ser pobres y tienen, entonces se vuelven de derecha”. En pocas palabras, que para que los intereses de la izquierda se perpetúen lo que se requiere es permanecer en la pobreza; entre más pobres, más izquierda. Entre menos movilidad y crecimiento socioeconómico, más pobreza, más izquierda. Con eso lo entendí todo, con esa frase comprendí la historia de la Revolución Cubana, entendí la aparición del Muro de Berlín, recordé las terribles decisiones y manejos de Stalin, de Khrushchev y de Brezhnev en la U.R.S.S., de Mao; recordé a las FARC, al ELN, al EPL, al M-19, a la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, traje a mi memoria a todos aquellos que han oprimido al pobre y que han tomado las armas para perpetuar el dolor y la miseria en millones de personas a lo largo de la historia. Y a uno de esos personajes Colombia lo eligió Presidente. A uno que secuestró, que hizo parte de la intelectualidad que organizó la toma del Palacio de Justicia, la toma de la Embajada de la República Dominicana, a un personaje que estuvo preso, que robó las armas del Cantón Norte, a un cretino que tiene a Colombia contra las cuerdas, producto de sus ideales y de la misión que tiene en la vida: fabricar pobreza y destrucción, esa es la huella maldita que nos dejó en Bogotá.

Esta noche es larga y oscura como le gusta a los delincuentes. Empezó el 7 de agosto pasado, ¡que termine pronto!

Por Jorge Eduardo Ávila

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