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Postmodernidad

Pareciera ser que el pensamiento postmoderno es un movimiento intelectual aparecido de algunas décadas hacia acá. Lo podemos comparar con un jóven árbol que, sin embargo, hunde sus raíces y extiende su ramaje a todo lo largo y ancho de nuestro planeta, especialmente en el hemisferio cultural de occidente.

Es plurifructífero, siendo uno de sus frutos más apetecidos hoy día por buena parte de la humanidad, inducida a ello por sus abonadores y regadores, el menosprecio por la verdad objetiva y el encarecimiento de la verdad relativa -relativismo-, que es tanto como decir la negación de la verdad misma o subjetivismo personal.

Por tanto, dicha corriente intelectual y práctica, niega la existencia de la verdad absoluta, da la espalda a la filosofía clásica y promueve el abuso del libre albedrío. En ella, nada es sólido, todo es líquido y por consiguiente fluye según la moda social.

Tal fruto es sabroso para específicos paladares filosóficos y políticos. Por ejemplo, “auspicia conformar nuestra propia y personalizada jerarquía de valores y principios, en lugar de hacer nuestros y automáticamente los valores y creencias que la sociedad nos ha transmitido”.

Como se lee, los valores y creencias que tradicionalmente habían sido la sustancia de una cultura dos veces milenaria son desconocidos por corrientes ideológicas desestabilizadoras y aventureras del orden social y familiar que se busca destruir y reemplazar, en los dominios de la educación, en la política, en la acción social y en las costumbres.

Su arma de batalla intelectual y práctica, es utilizada desde la posición dominante de los gobiernos civiles proclives a las modas pasajeras y a la imagen de postmodernidad con que quieren posar, coreados por los políticos semi-gentiles interesados en voltear patas arriba la naturaleza humana y los usos sociales.

Entre nosotros, el momento más memorable del acceso de esta corriente de pensamiento, lo podemos situar en la sentencia de la Corte Constitucional, en la que pretexta la defensa de los derechos fundamentales con “el libre desarrollo de la personalidad”.

Conviene denunciar el eufemismo que se esconde al respecto, porque aparentemente aboga por la libertad individual, pero realmente de lo que se trata es de crear una identidad distinta: una sociedad manipulable a la que se le ofrecen horizontes liberales, aunque verdaderamente lo que busca es construir un sistema de sumisión humana en el que los valores del espíritu del hombre y mujer quedan subordinados a las concupiscencias materiales y sensibles.

¿Quiénes son los beneficiarios de tal ideología? Naturalmente los que la viven, y sus facilitadores, que pretenden rebajar la condición humana. La trampa está adornada con alabanzas y fementidas defensas de los derechos humanos fundamentales, cuando de lo que se trata realmente es de su desconocimiento y vulneración de los mismos. Por allí corre la ideología de género, y compañías.

NOTA: si visitas a Pueblo Bello notarás que allí tu mente piensa mejor.

 

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Rodrigo_Lopez_Barros.: