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Oswaldo Rojano, un aparato de voz potente

Oswaldo ‘El aparato’ Rojano.

Oswaldo Rojano conoció el éxito musical a través de la interpretación de ‘El aparato’, hecho que lo destacó, en los años ochenta, en el Caribe colombiano como un buen intérprete de música vallenata. Tema por el que lo llamaron como el título de la canción, y, tras su muerte, el 25 de noviembre de este año, le aseguró la inmortalidad.

Los inicios musicales de Oswaldo, como lo recuerda su amigo Álvaro Atencia, fueron queriendo ser acordeonero, por eso, después de irse a trabajar a Venezuela, adquirió uno que pudo interpretar, sin mucho éxito, con el apoyo de Amaury Sarabia.  Frustrado buscó en la tumbadora, el cencerro y la guacharaca, la manera de participar en los conjuntos vallenatos de los acordeoneros oriundos de Mahates: Benito Arrieta y Pablo Venera. Este último le dio la oportunidad de cantar, en reemplazo del cantante titular que se había emborrachado, y desde entonces fue exigido en las presentaciones musicales de esta agrupación.

SU PRIMERA CANCIÓN

Con Pablo Venera fue con quien grabó su primera canción, ‘Si la ven’, incluida en un disco de 45 revoluciones por minutos, cuyo respaldo, ‘Mi linda Marta’, la cantó Venera. 

Esto sucedió después de que se radicó en Barranquilla, para donde partió buscando mejores oportunidades laborales, pues, en Mahates, además de cantar en parrandas, era jornalero, pescador y cogedor de hicotea en el Canal del Dique.

Se fue para esa ciudad en unos carnavales, así lo aseguró en una entrevista concedida a Juan Rincón, donde, según cuenta su compadre y también músico Antonio Castillo, inicialmente hizo parte del conjunto del acordeonero Miguel Puerta, después de las agrupaciones de Los Hermanos Caraballo, y La Espuela de Oro, de Manuel Niebles González.

TAMBIÉN CON DOLCEY GUTIÉRREZ

Además, hizo parte del conjunto de Dolcey Gutiérrez, al que llegó después de ser recomendado por el acordeonero José Martínez. Reemplazó a Arturo Durán, quien cantaba las tandas de canciones vallenatas, asegura Dolcey: “Además de corista, era mi mano derecha en el conjunto, mi persona de confianza. Recuerdo que cuando volví a grabar, luego de dejar de hacerlo por problemas con las casas disqueras, él y Joe Arroyo me hicieron coros en el primer disco de larga duración que hice para Felito Récords, en Medellín”. Para entonces Osvaldo y Los Hermanos Sarmiento, estaban grabando el éxito No Llores Mujer.

CON VIRGILIO DE LA HOZ

Después llegó la unión musical con Virgilio De La Hoz, con quien se conoció en la calle 72, lugar donde Víctor Caicedo les cantó un verso de la canción que entonces se llamaba ‘El susto’, de Calixto Ochoa. 

Después de reírse de lo cantado, a manera de aprobación, Osvaldo y Virgilio le pidieron que les consiguiera la totalidad de la letra. Fue la casa disquera la que le cambió el nombre por el de ‘El aparato’.

Sin lugar a dudas, la picaresca de la letra, la melodía, un paseo con sabor sabanero, como lo identifica el acordeonero piñonero, y la forma alegre como la interpreta el aparato de voz potente, garantizaron el éxito. “Esta canción, que se escuchaba continuamente en las emisoras, nos llevó a presentarnos de pueblo en pueblo”, señala Virgilio.

CON LOS HERMANOS CARABALLO Y OTROS MÁS

Luego, volvió a unirse con Los Hermanos Caraballo, sus parientes, como lo indica el investigador Francisco Sarabia, familia de la que heredó su vena musical. Para entonces su canto era más maduro, sin dejar a un lado los tonos altos, sin desafinar, sin descansar, sin sufrir de disfonía o afonía, siempre afincado en su fortaleza física. Voz con la que interpretó, además de vallenatos, cumbias, rancheras y guarachas, la que le permitió grabar al lado del ‘Debe’ López, con José Carranza. Con la que se hizo el rey de las parrandas, admirado por Emilianito Zuleta, reconocido como un cipote cantante, como dijo José Carranza, Beto Zabaleta lo identificaba.

SU FINAL

Aquejado por quebrantos de salud y recluido en una clínica, sin poder articular palabras, quiso interpretar ‘El Aparato’. Y mientras lo hacía, seguro que, por su mente pasaban imágenes como si fuera una película, del tiempo en la que su fortaleza física le permitía cantar dos días seguidos sin desmayar. Y mientras escuchaba la música, cada vez que debía cantar lo intentaba y lo intentaba sin que en su rostro se dibujara una expresión distinta al de la esperanza de lograrlo, pese a saber que lo que quería ya no iba a ser posible.

Por Álvaro Rojano Osorio/Especial para EL PILÓN

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