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Orgullo y prejuicio «Prefiero, con mucho, leer un libro»

Tres son los temas considerados ‘grandes’ en la historia de la literatura universal: el amor (el imposible, el prohibido, el contrariado…), la soledad y la muerte. Son, si se quiere, los mayores; pero hay otros de igual o análoga relevancia: la codicia, el honor, la vanidad… Y estos dos que nos propone la novelista inglesa Jane Austen (1775 – 1817): orgullo y prejuicio. Es más, Austen establece linderos: «Una cosa es la vanidad y otra el orgullo… El orgullo arranca de la opinión que tenemos de nosotros mismos; la vanidad mira hacia la opinión que quisiéramos que tuviesen de nosotros los demás».

En la vida breve (42 años) de Jane Austen hubo orgullo, que se tradujo en ser consecuente con su modo de pensar y vivir; en cambio, la sociedad que le tocó en suerte halló razón de ser en el prejuicio. Hacia esa sociedad, en donde la apariencia y el disimulo “eran una moda”, apuntaron los dardos de su ironía, rasgo de estilo dominante en la novela.

El marco histórico de esta y las otras novelas son los últimos años del siglo XVIII y los primeros dieciséis del siglo XIX. ‘Orgullo y prejuicio’, su novela más famosa, fue publicada en 1813, después de varios años de reelaboraciones y búsqueda de un editor.

Ese desprecio social a la mujer escritora marcó la vida de Jane Austen, y fue ironizado en la novela como el último de los oficios: «Mis hermanas sí que podrían escribirme, porque no tenían otra cosa que hacer». Jane decidió no ‘multiplicar la especie’, y prefirió “seguir soltera a compartir su vida con un imbécil”. Los libros y una tenaz disciplina lectora representaron para ella el «cuarto propio», que vindicó para la mujer escritora su compatriota Virginia Wolf, quien la saluda con este lauro: “Es la mayor escritora […] no intenta escribir como un hombre”.

Hace unos días, en noticias de televisión, en el espacio sobre salud, se revelaba un estudio del Ministerio de salud y protección social, que identifica “la depresión” como una patología en rápido crecimiento en Colombia. Pues bien, la narradora y personajes de la novela, van dejando pistas del poder liberador y de sanación que se puede hallar en los libros. He aquí algunas:

«Cuando tenía un libro en las manos se olvidaba del tiempo». El tiempo, esa estación que para la persona deprimida es un elemento agobiante, monótono, insondable…
«No existe placer como el de la lectura. Cualquier cosa hastía antes que un libro. Sufriré mucho si, cuando tenga una casa mía, no poseo una buena biblioteca». Sugiero que, en esa biblioteca, apreciado lector, no te falten Orgullo y prejuicio, Emma, Sentido y sensibilidad, Persuasión… de Jane Austen.
«–La señorita Isabel desprecia el juego. Es una gran aficionada a leer y no encuentra gusto en ninguna otra cosa». ¿No será, generoso lector, que la esquiva felicidad está más cerca de lo que piensas? Y mucho se sorprende nuestra narradora, cuando con extrañeza manifiesta: «–No comprendo que haya personas que no presten atención en estos tiempos a la biblioteca de la familia». Que no se extrañe tanto, porque hoy hay padres o madres con una buena biblioteca, que para los hijos es como si no existiera. Pero eso va a cambiar, seamos optimistas.

Por Donaldo Mendoza

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