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O nos ajuiciamos o nos acaba el covid-19

A poco más de un año de haberse declarado la pandemia universal ocasionada por el virus del covid-19, seguimos expectantes, desesperados, angustiados y confundidos por lo que podría ser el futuro de la humanidad que día tras día llora, lamenta y sigue enterrando a sus difuntos llenos de tristeza y pesar como si se tratara de una maldición ineludible.

Ya lo había dicho Albert Camus en 1947 en su libro La Peste: “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras, y pese a ello, las pestes y las guerras siguen pillando a todo el mundo por sorpresa”. En esa obra narra todas las consecuencias del aislamiento de una ciudad por la epidemia que deja al descubierto lo mejor y lo peor de la especie humana, sus odios, sus rencores, sus miedos y traiciones, sus frustraciones y su individualismo.
Pero al mismo tiempo la peste les permite mostrar su coraje, rebeldía, espíritu solidario y su capacidad para levantarse erguidos y fuertes, con coraje y verraquera para salir adelante. Setenta y cuatro años después de su magistral obra, las pestes y las guerras nos siguen pillando por sorpresa, y a pesar de todos los avances científicos y tecnológicos existentes, la pandemia nos ha demostrado una vez más lo vulnerables y débiles que somos, habitando un mundo al cual se le invierte cualquier cantidad de recursos para construir las mejores y más potentes armas de destrucción masiva, las cuales presentan las superpotencias en pomposos y multimillonarios desfiles anualmente para presumir e intimidar a los demás.

Mientras tanto, la gente más pobre del mundo los observa en la distancia con hambre, desnudez, miseria y enfermedad. El virus llegó para decirnos que no somos nada, solo carne y hueso que él hará convertir en polvos y cenizas si los gobiernos y los millonarios del mundo no asumen una posición seria y solidaria en la investigación científica al servicio de la gente y no de la guerra.

Todavía existen dudas sobre el verdadero origen y la finalidad con la que se liberó este virus, los chinos tienen muchas preguntas cuyas respuestas no darán jamás, por su propia conveniencia y seguramente nos las quedarán debiendo.

El próximo mes de mayo hará un año de haber tenido reporte del último contagiado por este mortal virus, ahora las noticias chinas solo son de la economía más fuerte, muchos empresarios chinos ya aparecen en la revista Forbes entre los más millonarios del mundo, exportando tapabocas, ventiladores, ultra congeladores, vacunas, y equipos biomédicos. ¿Casualidad o negocio premeditado? Quien sabe, pero a las personas de manera individual nos asiste el deber y la obligación existencial de por lo menos “coger juicio”, como decían nuestros abuelos y dejar tanto desorden, tanta parranda y aglomeración, debido a que no son tiempos para celebrar, ni de balnearios, ni playas, ni siquiera para el abrazo y el besuqueo; solo es tiempo para tomar conciencia y actuar con responsabilidad, es tiempo para el análisis y la reflexión espiritual sobre el futuro de la humanidad debido al comportamiento incierto del virus, cuyas mutaciones cada día son más frecuentes y letales.

Si a esto le agregamos un programa de vacunación en pañales debido a la lentitud con que están llegando las vacunas (tampoco nos garantizan una inmunidad del cien por ciento ni de por vida), el panorama pinta tétrico, desolador y preocupante con tanta fiesta y celebración que observamos a diario en los medios de comunicación y en nuestros pueblos.

Llegó la hora de ponernos serios y juiciosos, porque el virus llegó para hacer su trabajo con mucha seriedad y ya ha matado a más de sesenta y cinco mil personas en Colombia y el mundo se está acercando a los tres millones de fallecidos. Las vacunas solamente harán una parte, pero la parte más importante la tenemos que hacer nosotros sin necesidad de que el gobierno y las autoridades andén detrás nuestro con un fajón correteándonos de fiesta en fiesta. Llegó la hora de asumir una actitud seria y responsable si queremos seguir disfrutando de esos amaneceres llenos de encantos y ensoñaciones que nos brinda la vida.

Por: Gabriel Darío Serna Gómez

Categories: Columnista
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