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Mitología vallenata II

La parranda es la esencia del vallenato.

El Festival Vallenato nació justo en medio de dos grandes bonanzas económicas de la región: la algodonera y la marimbera. La música de acordeones se nutrió de ambas. Si con los algodoneros comenzó su difusión, con los marimberos comenzó su degradación pues muchos compositores se prestaron para exaltarlos, convirtiéndose en mercenarios del vallenato. Lo que quizás nadie alcanzó a percibir entonces fue que una fiesta tan sencilla como criolla se convirtiera con los años en el evento social más importante de Colombia, a lo cual ayudó el carácter hospitalario de los vallenatos. En este punto hay que precisar que no solo sus directivos lograron hacer del Festival lo que hoy es. Que quede claro y lo enfatizo: el Festival no solo existe por el impulso de Gabo, de López, de Escalona y de Consuelo. Todos ellos tienen su mérito, pero no es un mérito mayor al del pueblo y sus músicos. Sin ellos, no habría Festival. Puede sonar a obviedad, pero es una verdad de a puño que pocas veces se recuerda.

Todo el pueblo participó en la construcción de este evento. En sus inicios, por ejemplo, la gente -no solo la de clase alta- abría las puertas de sus casas para hospedar a desconocidos, lo que llevó a afirmar a la antropóloga Gloria Triana, “Además de acordeones, los vallenatos son expertos en relaciones públicas: es gente agradable, hábil con la palabra y muy hospitalaria que realmente disfruta atendiendo al visitante”. Esto lo saben tan bien los políticos que desde la creación del Festival prácticamente todos los candidatos presidenciales adelantan su campaña en la ciudad durante las festividades. Y no lo hacen simplemente por asistir a ellas. “El Festival ofrece a los políticos el espacio propicio para buscar los votos, pues en apenas un par de días reúne a intelectuales, folcloristas, académicos, empresarios y, por supuesto, a más de cuarenta mil personas que se congregan en la Plaza los tres días de Festival”. Las palabras son de Carlos Quintero Romero, uno de los periodistas más reconocidos de la región, director del programa Maravilla Estéreo. O como aquella frase lapidaria que dijo hace algunos años Antonio Caballero en una parranda en la ciudad y que quizás él mismo no recuerda: “El Festival es una fiesta organizada por los vallenatos para descrestar a los cachacos”. Tal vez por todo esto fue que David Sánchez Juliao dijo hace unos años que el vallenato pone más ministros que el porro.

Publicidad para los políticos, oportunidad para que la élite local converse fácilmente con el poder nacional, perfecta ocasión para que ellos mismos se acerquen a exitosos empresarios o a personajes de la farándula, escenario ideal para que los lagartos se aproximen a su presa, o simplemente la fiesta folclórica más importante de Colombia. En el Festival de la Leyenda Vallenata las relaciones públicas se nutren de alcohol, de chivo en todas sus variedades gastronómicas y del gusto por la música de acordeones. Lo cierto también es que allí se deciden asuntos de interés nacional que el país no sospecha. Los nombres de muchos de los magistrados de las altas cortes, por ejemplo, se han decidido bajo un palo de mango y al calor de un sancocho de chivo.

Otro punto de este mismo aspecto que merecería una extensión mayor y aún su propia investigación es el de la proliferación de festivales vallenatos en el país. Alguien me dijo en estos días que hay 330, es decir, el 25% de los 1.400 municipios de Colombia tiene su propio festival de acordeones. No sé si sea cierto, pero no me extrañaría.
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Sobre el conflicto entre la tradición y la innovación, dice Daniel Samper Pizano en Cien años de vallenato: “Es imposible ocultar ciertas miserias del vallenato de los noventa. El género cuenta con extraordinarios acordeoneros y buenos cantantes, pero hace años no surge un compositor importante y, sobre todo, un letrista que rompa el unánime molde cursi de los “rancheratos”. Casi todos los grandes compositores tienen más de cincuenta años de edad. En contraste con autores que crean poco, pero cada canto es una joya, el vallenato comercial y sentimentaloide produce mucho, pero de ello casi nada es rescatable”. A esta crítica, el columnista Rodolfo Quintero contestó: “No exijamos a los nuevos acordeoneros que toquen como nuestros viejos juglares, ni a los compositores que compongan como Escalona. Si lo hicieran, el vallenato sería un anacronismo y nuestros jóvenes solo escucharían reggaeton. Los que hoy nos escandalizan mañana serán clásicos. Daniel, el muerto que matas goza de buena salud. ¡Larga vida al vallenato, creativo e innovador!”. Quintero también afirma: “El vallenato no se ha fosilizado, como la guabina, el bambuco y el mismo porro”.

Felix Carrillo Hinojosa, impulsor de la categoría vallenato en el Grammy Latino, me dijo hace poco algo parecido: “Este es el momento más alto del vallenato, pero hay que proteger las raíces. Dicen que hay una nueva generación que está acabando con él, eso no es cierto, ellos están construyendo nuevos idearios. La dinámica de la vida es la evolución”.

García Márquez también participó de este debate. En una amplia entrevista con Ernesto McCausland afirmó: “Todo género tiene su edad. La novela de hoy no es la misma novela de hace un siglo o hace dos o tres. Lo mismo ocurre con el vallenato, con el bolero y con todo. Si hacemos historia del vallenato su origen es estrictamente narrativo.

Eran los juglares que iban de pueblo en pueblo cantando un acontecimiento. Eso ha evolucionado por la misma evolución del país. Que ahora sea romántico, que ahora esté pisándole los terrenos al bolero, que ha sido el emperador del romanticismo en el Caribe durante años, ha sido una consecuencia de los tiempos. De manera que es tan aceptable el vallenato romántico hoy como era aceptable cuando era narrativo y como será después cuando quién sabe cómo será”. (El debate no se circunscribe solo a este género musical. En una de sus cuatro conferencias sobre el tango, es solo un ejemplo, Borges también hace referencia a los cambios en la música al hablar de “tangos llorones” poniendo como ejemplo Caminito). Sin embargo, al perder autenticidad el vallenato perdió también la oportunidad de consagrarse, en los límites de su tradición, en escenarios internacionales; perdió la oportunidad que tuvieron el jazz y el tango, que nacieron en “casas malas” y aun así penetraron en la alcurnia sin perder nunca su bagaje.

Lo cierto es que la realidad ha cambiado y los temas, por tanto, también. No se pueden seguir componiendo historias bucólicas cuando nuestras ciudades son cada vez más urbanas y globalizadas. Más allá de esta verdad, es claro que las composiciones de hoy han perdido poesía y calidad, y así como falta un compositor con el talento de

Escalona o de Leandro que le cante a la cultura urbana antes de que al vallenato se lo lleve también por delante el reggaetón, falta también un cantante que le hable de una manera más cercana a esta nueva generación. Es decir, estamos a la espera de que aparezca nuestro Juan Luis Guerra.

Con esto quiero decir que la innovación, per sé, no es mala. No podemos oponernos a ella. Por el contrario, hay que ayudarla a abrirse paso. El acordeón, recordemos, ha sufrido también su propia evolución. Antes era de cuatro bajos, tónicos y dominantes. Al ensancharse las posibilidades melódicas aparecen también nuevos ritmos, tal cual sucedió cuando Luis Enrique Martínez dio el salto al acordeón de tres hileras, lo que le permitió hacer arreglos novedosos y enriquecer melódicamente el vallenato. No olvidemos que es el acordeonero cuya escuela musical tiene más seguidores y ha dejado una huella más profunda en nuestro folclor. De tal manera que oponerse a los cambios que trae la modernidad es como negar la tecnología.

Lo que sí entristece, y mucho, es que cada vez más la música vallenata deja atrás su tradición literaria y se centra tan solo en el sonido del acordeón, al punto de que hoy a toda la música en la que suene de fondo este instrumento se le llama “vallenato”. Esta generación antes que letra, pide ritmo. Tal parece que poco le interesa la narrativa y solo busca bailar y divertirse.

Cuando hace dos años la UNESCO incluyó el vallenato en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial en Necesidad de Salvaguardia Urgente, el Director de Patrimonio del Ministerio de Cultura, Alberto Escovar White afirmó: “Este reconocimiento representa una oportunidad para que el mundo promueva el aporte del vallenato al fortalecimiento del diálogo intergeneracional y el respeto por las matrices melódicas de una música que se construye a partir de la realidad y la cotidianidad, y para que apoye las acciones para hacer frente a las amenazas que aquejan la música del vallenato tradicional”. Pero sucede que la Fundación recibe, mas no acata. A pesar de que el Ministerio de Cultura la apoya a través del Programa de Concertación, parece haber un divorcio con la

Dirección de Patrimonio y hoy día, dos años después de aquel reconocimiento en el que la mayoría ha dado más importancia al hecho de haber sido incluido en la Lista de Patrimonio que al llamado urgente de salvaguarda, Escovar White no se muestra igual de optimista y responde con diplomacia: “Hay que alinear mejor las actividades de la Fundación con el propósito del Ministerio de salvaguardar y proteger el vallenato tradicional”.

Hace un par de semanas, cuando el Festival anunció que el homenajeado el año entrante será Carlos Vives, la cantante de vallenatos Lucy Vidal se preguntó en una entrevista para El Heraldo: “¿Cuál es el mensaje que envían los directivos de la Fundación? El punto no es si estamos de acuerdo o no con que Vives sea homenajeado sino analizar hacia dónde llevan el Festival”. Hay que repetir que no se desconocen los méritos de Vives para ser galardonado en este y otros muchos festivales, y también hay que recordar que una reflexión crítica (o alterna) en torno al Festival no implica un “odio” por la Fundación, por sus directivos o por la música vallenata.

Lucy Vidal no fue la única que hizo un llamado de atención sobre el mensaje que la Fundación envía a través de este homenaje. De inmediato surgió en Valledupar la polémica en torno a quién merecería esa distinción y aparecieron nombres como el de Alberto Fernández Mindiola, quien hoy tiene 86 años y fue, al lado de Bovea, uno de los músicos que más aportó para que el vallenato sea hoy lo que es. En igual sentido se pronunció el abogado Evelio Daza, quien en el pasado llevó a la Fundación a los tribunales. Dijo: “No me extraña. A los dirigentes de la Fundación lo que menos les importa es exaltar el folclor. El folclor no es una expresión universal, no, el folclor hace parte de la diversidad sociocultural de un pueblo”.

Alfredo Gutiérrez, uno de los mejores acordeoneros de todos los tiempos y quien nunca ha sido homenajeado por esta Fiesta, se pronunció en igual sentido: “Pueden hacer lo que les parezca, pues finalmente es su negocio. Pueden llevar a un reguetonero si quieren. Están en su derecho así vaya contra la filosofía del reglamento. El pueblo sabe que con esto se pierde la esencia”. Otro que se sumó al debate fue Rodolfo Quintero: “El homenaje a Vives confirma que a paso lento y seguro, poco a poco, el Festival vallenato se ha convertido en una caricatura de sí mismo”. ¿Por qué la Fundación se empeña en la exclusión cuando bien puede adelantar un homenaje doble: a un músico que en el pasado ayudó a construir lo que el vallenato es hoy y al tiempo a uno de los modernos?

Lo resaltable de toda esta polémica es la cantidad de voces, bien hayan sido mayoría o minoría, que muestran su preocupación por el mensaje pero también por lo que está sucediendo con el vallenato. Y es interesante porque son cada vez más las personas que saben y se preocupan por el camino que debe seguir una música que hace parte de su identidad. Pero también porque hace mucho tiempo el vallenato dejó de ser la música de una región para convertirse en la música de la Nación (lo que sí nunca ha sido es una música de las élites).

Dije atrás que el Festival pudo ser la catedral del vallenato. Por eso, tanto desde las altas esferas de la cultura como del ciudadano común se esperaba que la Fundación fuera el ente encargado de asumir el trabajo de velar por la salvaguardia del vallenato tradicional. Sin embargo, el mensaje que envía con estos homenajes no es tanto que como empresa privada son solo ellos quienes deciden, sin consultar al pueblo, lo que más les conviene como negocio. No. El mensaje que envía es que aparentemente no le interesa la salvaguardia del vallenato tradicional.

De ser esto cierto la Fundación está en todo su derecho y el error está en nosotros, los interesados por el devenir del viejo vallenato, al exigirle al ente equivocado lo que ella considera que no es su función.

¿Qué hacer entonces? La música vallenata tradicional tiene dolientes (muchos, muchísimos), pero no tiene quien la ampare y la proteja desde instancias con dientes. La Gobernación y la Alcaldía no la tienen en cuenta, salvo para llenarse la boca y buscar votos. No existe una política cultural al respecto por la sencilla razón de que no hay voluntad política: lo que en el patio aprecian, en la oficina menosprecian. El tema desde arriba se maneja con banalidad mientras que los secretarios de cultura son solo nómina. O, mejor, son una de esas “corbatas” que cobran y no hacen nada. ¡Y nada es nada! Y es irónico: una ciudad que presume de su cultura, que vive de ella (sus músicos, en general, han sido más pujantes que sus empresarios), no ha hecho ni siquiera un mapeo de sus cultores. De modo que, parafraseando al Chapulín Colorado, ¿y ahora quién podrá defender el vallenato tradicional?

Por Alonso Sánchez Baute*

 

 

 

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