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“Mis relatos llevan la agonía de la raza vencida”: Rodolfo Ortega 

Rodolfo Ortega Montero haciendo la presentación de la obra 'Croniquillas'.

Mis afanes en escribir datan de años lejanos cuando apenas mi inteligencia podía captar las peregrinas bellezas de un poema. Los poetas y escritores –se me antojaba pensar– eran hombres distintos a todos los demás, sabedores de arcanos maravillosos e inalcanzables. 

Y como uno de los primeros libros que devoré fue de un autor anticlerical en sus convicciones, como José María Vargas Vila, su fama de hereje acrecía mi estupor infantil por ese hombre que paseaba su irreligiosidad con desenfreno bárbaro, pero más que el fondo de sus palabras escritas, me llenaba la manera grácil de escribirlas. Pudo mucho en mí su ateísmo escandaloso, mezcla de filosofía y de humorismo.

EL CONCEPTO DE ESCRITOR

Bien sé que el título de escritor o poeta es precario, casi, casi vacío, en una sociedad con voracidad de consumo. Un novelista, un cronista, un cuentista nada significan para los intereses de la economía de las urbes y de los Estados. Pero la historia nos demuestra en un coeficiente constante de espiritualidad, que no son precisamente los talentos hechos para la vida práctica y los intereses personales, si no los talentos consagrados al arte, al bien y la belleza, los que perduran con relieves definidos en la posteridad y salvan, con alas más ligeras, el trance oscuro de la tumba.

Un pobre mendigo ciego sobrevivió con la Odisea y con la Ilíada, a todos los ricos varones de la Grecia antigua, a cuyas puertas de sus palacios, en pos de una limosna llegaba roto, desarrapado e implorante. 

También, pese al desdén de los poderosos de su tiempo que hoy yacen en el polvo, dormidos, en una muerte sin rescate, el nombre de Miguel Cervantes, menguado cobrador de alcabalas, dicen más para España que todos sus príncipes, sus políticos, sus generales, sus financistas y sus reyes.

Ceremonia de presentación de la obra ‘Croniquillas’, de Rodolfo Ortega Montero.

Después de Vargas Vila me fui a escuchar a Santos Chocano en su eterno canto panamericanista: “Soy el cantor de América, autóctono y salvaje”. Tanta fue su influencia en mí con su canción desesperada, que me di a escribir unas crónicas que reproducía el Espectador en su Magazín Dominical para la década de los ochenta, tales como: “Lágrimas de Cóndor, “Cuando quisimos ser Yankees”, “Crónica de la Desesperanza” y otras más publicadas en uno de mis primeros libros titulado: Temario Cultural Hispanocaribe.

MUCHOS RELATOS

No podía faltar en mis relatos la vena genética de los caudillos rústicos, conquistadores de la tierra y exploradores de selvas cuyos fantásticos hechos bien conoce la historia. De ese pasado, cuyas colinas memoriosas vigilan la ruta de la incomparable aventura, arrancan los caminos por donde galopan veloces los conquistadores de Castilla, Extremadura, Aragón y Navarra, fieros caudillos fundadores de pueblos, verdugos de tribus, destructores de dioses, violadores de indias, infatigables adalides de la historia de América. 

Por eso en mis crónicas hay episodios de piratas con sus asaltos para ahitarse de robo; de galeones repujados de riquezas hundidas por los resoplos de Hurakán, el dios terrible de los taínos; hay pasajes de la locura de Ponce de León prendido de la fiebre de los pantanos en sus rutas vagabundas de la Florida buscando la fuente de la eterna juventud; de oidores arbitrarios, zurdos y trepadores; de duelos a muerte de acero en disputa por los favores de una hembra en una calle empedrada de Ocaña. Por eso escribí “La Travesía del Teutón”, “Los Cofres de la Idelfonsa”, “Un oidor caído en deshonor”, y otras más.

“LA RAZA VENCIDA”

También mis relatos llevan la agonía de la raza vencida, y en las líneas que he escrito, se escucha desde los montes el carrizo que llora la derrota con su eco de fatalidad que pregona el final de la raza, el final de la estirpe. Por eso los relatos que trazo nos dicen algo de la grandeza de los Zipas en sus bohíos ateridos de frío en los repelones bermejos de la serranía; de Sugamuxi, el templo de Sué, el padre sol, repleto de múcuras y muñecos de oro quemados por el descuido de un infante español; de la cacica Gaitana cuando vengó con crueldad el asesinato de su hijo, sacándole los ojos a Pedro de Añasco en los parajes del Huila. 

El director de EL PILÓN, Juan Carlos Quintero, en su intervención durante el acto de presentación de la obra ‘Croniquillas’.

De este género escribí relatos como la Leyenda de El Milagro, la Rebelión de Brazo Seco; Dioses y Teogonías de América.

Cuando leí los versos de Jorge Artel y Candelario Obeso, no pude sustraerme de escribir crónicas sobre el humillante tráfico negrero. En las cuartillas sobre esta temática pormenorizo sobre la tragedia de la raza perseguida y como ninguna atormentada. En galeras de martirio llegaron a las playas de América, y con sudor de sus sienes y gotas de su sangre, se regaron por los flancos de la geografía patria, y cada piedra de nuestros puentes, cada ojiva de palacios y casonas, cada adobe de nuestros muros viejos, bautizados están con el llanto de sus pupilas extranjeras. Carne de fusiles fueron los abuelos negros en nuestras guerras de hermanos, pasto de comicios han sido en nuestras riñas electorales y madero de trabajo siempre para el provecho de otros. 

Por eso ellos conocen toda la escala cromática de la pesadumbre. Por cada azote del amo ellos devolvieron un cantar, un ritmo nuevo, una copla nostálgica de amor a la vida, y cuando la patria los entropó como bestias de combate, a la trinchera fueron defender un suelo que no era suyo, porque en él no habían nacido los abuelos de azabache.

Como un homenaje a ellos entre mis escritos de crónicas están: “San Basilio de Palenque”, “La Historia y el Mito”, “La Nueva Tierra Prometida”, “Un Grito en la Noche”.

“NUESTRA IDENTIDAD”

Escribir en América sobre América es escribir sobre las tres arterias que nos dan identidad racial y cultural, porque como dice Vasconcelos el pensador mejicano, somos el retazo de todas las razas del mundo, jirones de todos los pueblos del orbe, de todas las bastardías que aquí en el Caribe se dieron cita hace trescientos años, para formar al hombre cósmico.

Muy concurrida estuvo la ceremonia de presentación de la obra ‘Croniquillas’.

Aquí entre el telón vibrátil de la selva, los pliegues de las serranías y las aguas azules del océano, se fundieron en un solo enredo vital todas las sangres del mundo, porque somos eso, retorcidos flecos de todas las culturas del orbe. Diminutamente tenemos de visigodos y chimilas, de celtas y bantúes, de vándalos y caribes, de romanos y zulúes, de íberos y carabalíes, de árabes y tupes. Nuestra cultura lleva el atavismo de todas las civilizaciones y barbaries porque estamos a medio camino de la choza y del castillo; del tótem y de la cruz; del timbal y de la castañuela; del incienso y de la bija; del clarín y de la caracola; del penacho de plumas del cacique y del morrión del soldado castellano; de la muralla medieval, y del palenque empalizado del negro cimarrón.

Por eso nuestra cultura, como nuestra raza en formación, está predestinada un día venidero a ser cósmica, universal, al decir del pensador Vasconcelos.

A NUESTROS ANCESTROS

Por último, quiero hacer una invocación, en esta hora y en este acto, como expresión final de estas reflexiones, a todas las deidades de los ancestros nuestros, blancos, negros e indígenas. A Kakaserankua, el dios mayor de las cuatro tribus que habitan entre los dorsos arrugados del paisaje nevadino, quien con las ráfagas de las lumbres del arco iris hizo el prodigio de crear el mundo en el vientre de un caracol. Quiero invocar a Maruta y a Marayaina, dioses de la teogonía aborigen de Tupes y Chimilas en las explanadas ardientes de Euparí, el último de los cuales le insuflo la razón a los hombres con las alas de un colibrí. Quiero pedir auxilio a Changó y Cazanga, los dioses de betún que se quedaron allá en los matorrales de África, quienes con sus conjuros torcían a su antojo el rumbo de las tormentas y el destino de los hombres. Quiero elevar mi grito de súplica al Cristo blanco que trajeron en sus pendones de guerra y en el amuleto de sus escapularios los soldados castellanos. A todas esas divinidades invoco para que extiendan su mano de amparo a esta su gente que nosotros somos, a la maravilla de sus sierras heladas y a las llanadas de sofoco, a sus villas dolientes, a la alegría vital de sus acordeones para que lleguen más allá de todos los ecos y todas las distancias, y para que ellas, en fin, dioses y diosas de nuestros ancestros sean propicios al entendimiento entre los hombres, como barro del mismo barro, y nos den por fin y siempre, el milagro supremo de la paz.

Redacción /EL PILÓN

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