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Las tamboras de Chimichagua ya no llevan ‘candela viva’

Heriberto Preter Medina. CORTESÍA

El domingo 14 de agosto de 1988 murió en Chimichagua, Cesar, el compositor Heriberto Pretel Medina y como paradoja de la vida el sacerdote Guillermo Ramírez Gómez, no dejó que sonaran las tamboras porque el difunto debía descansar en paz.

Hace 31 años esa decisión no cayó bien porque ‘El viejo Heribe’, quien contaba con 89 años, siempre fue alegre y le sacaba canciones a los aspectos cotidianos que pasaban en su entorno.

Muchas de esas canciones las grabó el primer Rey Vallenato Alejo Durán, sin darle el crédito. Ante ese hecho, el mismo Heriberto Pretel tenía la respuesta. “El compadre Alejo las grabó y es de mucha emoción escucharlas y que se dieran a conocer lejos de esta tierra”.

De esa manera el artífice de canciones en aire de tambora como ‘La candela viva’, ‘La perra’, ‘Mi compadre se cayó’, ‘La palomita’, ‘Dime por quién lloras’ y ‘Vuela pajarito’, nunca recibió ni para un tinto, y menos la gloria que merecía.

Ya lo decía su hija Julia Pretel. “Las canciones de mi papá fueron grabadas por Alejo Durán, Diomedes Díaz y Jorge Celedón con Toto La Momposina, entre otros, pero por acá solamente llegó la música que nunca se ha dejado de bailar”.

Historia de ‘La candela viva’

La canción más sonada de Heriberto Pretel es ‘La Candela viva’ y corresponde a un hecho real sucedido en Chimichagua hace 96 años.

Cuando Heriberto Pretel Medina compuso ‘La candela viva’, Alejo Durán Díaz, tenía exactamente cuatro años y cinco días de haber nacido en El Paso, Magdalena, (9 de febrero de 1919), y el incendio sucedió el 14 de febrero de 1923, en la casa de Luis Roberto León. Era un miércoles de ceniza, y el lugar donde se originó la candela está ubicado actualmente en la calle seis con carrera cuarta, esquina.

La historia del hecho que dio pie a la canción comenzó cuando Ana María Flórez asaba panochas, galletas y almojábanas en un horno de barro. De repente la brisa provocó que salieran varias chispas que llegaron hasta el techo de palma y comenzó la conflagración que acabó con la mayoría de casas del pequeño pueblo. A raíz del hecho se inspiró Heriberto Pretel y compuso ‘La candela viva’, un aire de tambora que es un baile cantao y que Alejo Durán grabara en el año 1955.

Cabe anotar que Alejo Durán, conocía esa y otras canciones debido a que su señora madre Juana Francisca Díaz Villarreal, era una reconocida cantadora de tambora.

La candela viva
que allá viene la candela,
la candela viva.
Fuego, que me quemo,
la candela viva.
Que se quema Chimichagua,
la candela viva.

Respecto a la canción el folclorista, docente e investigador Hernán Martínez Argüelles señala que “esta es una obra que identifica a Chimichagua, como también ‘La Piragua’ de José Barros y varias canciones de Camilo Namén. De generación en generación se ha conocido que la canción es del benemérito compositor Heriberto Pretel Medina, no podía ser de Alejo Durán, pero se le abona haberla grabado y eso vale mucho. Tuvo la delicadeza de expandirla a través de un disco”. De igual manera, hace seis años el cantante Jorge Celedón junto a ‘Toto La Momposina’, grabaron esta obra con nuevo ropaje musical que se convirtió en gran éxito por su autenticidad folclórica.

El viejo Heriberto, negro bonachón y alegre, era un compositor innato que vivió gran parte de su vida en el actual corregimiento de Plata Perdía, y fue gran devoto de la Virgen de la Pastorita, a la cual le celebraba su fiesta el 15 de agosto de cada año.

En sus últimos años se la pasaba con diversas molestias de salud y viendo pasar el tiempo en su casa ubicada en la calle de Las Palmas. Su mayor alegría era cuando muchos se acercaban a ser cómplices de sus relatos donde las mujeres con sus polleras bailaban irremediablemente en su memoria y eso le hacía brillar los ojos.

También revivía sin cansarse aquellos sucesos que por arte de magia lo transportaban a su mundo musical empírico. De inmediato se concluía que esas canciones bajaban directo de su cerebro al pentagrama de su corazón.

Aquellos tiempos de la Chimichagua del ayer, la de la Inmaculada Concepción, donde las historias tenían varios capítulos que se escribían con el lapicero del alma, que se alumbraban con velas y mechones, que giraban alrededor de una vieja tambora y unas voces gastadas por el paso de los años.

Entre relato y relato al viejo Heriberto Pretel le gustaba comer panela que le ponían en un plato de peltre. “Eso da fuerzas y levanta el ánimo”, era su comentario.

Frecuentemente en la escena también aparecían Julia Pretel, hija del maestro, quien le cantaba sus canciones y María Catalina Peñaloza, conocida en la región como ‘La mirla del Cesar’. Ambas se encargaban de alegrarle la vida al viejo que hizo posible que los cantos de tambora tuvieran gran repercusión en esa zona del Magdalena Grande y después le dieran la vuelta al mundo.

El adiós para siempre al legendario compositor que le puso letra y música a un incendio de varias casas fue en silencio, y se volvió a recordar que una vez también fijó su vista para ver volar los pajaritos por los jardines de la vida. “Volá, volá pajarito”. Y él estaba volando camino al cielo.

Ese día, hace 31 años, la candela viva del dolor se extendió por los corazones tristes de los chimichagueros y la pregunta que Heriberto Pretel hizo en una de sus canciones tuvo respuesta inmediata: ¿Dime por quién lloras y te diré por qué?

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Categories: Crónica
Periodista: