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La verdad

“Tú amas la verdad en lo íntimo y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría”. Salmos 51,6. 

La verdad es la propiedad que tiene algo o alguien de mantenerse siempre sin mutación alguna, es la cualidad de veraz y verdadero. También es la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente. De allí la importancia de saber distinguir entre lo falso y lo verdadero, lo que es y lo que aparenta ser. 

De cara a la realidad de la vida existen dos maneras de vivir: por conocimiento del bien y del mal o por confianza y obediencia. Por fe o por sentimientos. Los pilotos bien entrenados navegan siempre por instrumentos, no por vista o simples percepciones de la realidad del vuelo. También pueden existir verdades parciales y relativas; pero la verdad absoluta solo está contenida en la revelación de la Palabra de Dios, depende de cada uno decidir si vive conforme con esa verdad en su interior. 

En el texto del epígrafe, David sufrió mucho cuando mintió y ocultó la verdad; pero, cuando por fin reconoció la verdad, encontró la libertad y escribió: “Bienaventurado el hombre a quien Dios no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño”. ¡Debemos desechar toda falsedad y hablar la verdad en amor! 

Las personas sanas y equilibradas son aquellas que estando en contacto con la realidad viven libre de ansiedad, porque renuncian al engaño y abrazan la verdad. 

Queridos amigos: el engaño es la más sutil de todas las fortalezas destructoras del sano juicio y la vida triunfante. Cuando nos acostumbramos a mentir a nosotros mismos y a los demás estamos abriendo puertas a la injusticia e iniquidad. Mentir es una mala práctica, patrocinada por el padre de mentiras. Las personas esclavizadas a la mentira terminan agotadas en las tinieblas; se rechazan a sí mismas y detestan andar acechando, mintiendo y cubriéndose las espaldas. “Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en él. Debemos andar en luz como él está en luz”

El primer paso en la escalera del éxito es dejar de mentirnos y de mentir a otros. Es dejar de justificar o negar y encarar la verdad, aunque esta sea dolorosa. La verdad siempre será nuestra amiga y siempre será liberadora. Cuando la verdad prevalece se dispersa la angustia de vivir en hipocresía y sobreviene una gran libertad. Optar por vivir la verdad, puede ser difícil al principio, sobre todo si se ha estado viviendo en falsedad durante muchos años. Resultará difícil desarraigar ese sistema de defensas del que se dependió para sobrevivir.  

En favor nuestro debo decir que necesitamos una sola defensa real: ¡Jesucristo de Nazaret! Saber que podemos conocer y experimentar el amor de Dios y que hemos sido perdonados y aceptados como hijos de Dios le infunde un carácter de destino a nuestra existencia que no tiene precio. Se puede experimentar por gracia, mediante la fe. Aunque para nosotros es sin costo, a Dios le costó todo. Su más grande demostración de aceptación fue precisamente la Cruz de Cristo. ¡Allí, la justicia, la verdad y la paz se besaron! 

Seremos libres cuando ante la realidad de la vida afrontemos con valor la adversidad y circunstancias y escojamos la verdad. Hoy propongo que optemos por la verdad renunciando a todo engaño hacia nosotros mismos y a toda justificación que hemos dado de nuestras malas actitudes y conductas y asumamos con valor el decirnos y decir siempre la verdad. 

Un abrazo verdadero en Cristo…

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