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La Swinglea, un mal en Pueblo Bello

Aunque este mal lo refiero aquí a Pueblo Bello, se sabe que no es solo de esta tierra, sino, también,  de otras de  clima benigno semejante, por ejemplo Manaure, El Balcón del Cesar. 

Este mal es un azote gravísimo porque ya  ha logrado exterminar a casi todos los cultivos de cítricos, siendo inmisericorde con los naranjos y mandarinos. La mandarina es la reina del reino de ĺos cítricos. 

El mal está extendido por todo el perímetro urbano de Pueblo Bello, y el área rural, en cuyos casas es costumbre dedicar un espacio  llamado patio para la siembra de naranjos, mandarinos, pomelos y limones, entre otros  cultivos. Pero también hemos plantado la  Swinglea, inocentes de que estábamos sembrando una enemiga de aquellos. Parece ser  que inicialmente no éramos conscientes de ello, más bien solíamos elogiar sus beneficios, pues dicha planta es frondosa, crece pareja y esbelta hasta dónde se lo permita la poda, y su  intenso color  verde, es una tentación pecaminosa para consentirla y mimarla, y, sobre todo  para los utilitaristas, tiene el beneficio de ahorrar el coste del cerco perimetral, función a la que se suele dedicar. 

Pero ocurre que lo que teníamos por bueno es malo, como suele ocurrir en tantas cosas humanas, para perturbación de los hombres, en cualesquiera asuntos y los interesados en esta planta no sabíamos lo que la fitopatología si sabe, que  la Swinglea y  los cultivos de los cítricos son incompatibles entre sí, y las autoridades sanitarias agronómicas no nos lo habían dado a conocer, por lo que al Ica le cabe una responsabilidad grave al respecto, la que se acentúan si no obrase inmediatamente para contrarrestar el mal, ayudando a sanarlo, y evitando que continúe expandiéndose, que ya es irremediable para los que tontamente  lo hemos padecido. 

Quizá al Ica le quepa un enjuiciamiento por su manifiesta incuria sobre este particular, pues no sería comprensible el desconocimiento de este mal agrario cuando siempre ha ejercido vigilancia en razón de su oficio público sobre esta zona del Cesar,  en la que ya no hay ni naranjas,  ni mandarinas,  ni limones, ni pomarrosas,  porque los cultivos se extinguieron. 

Increíble que este azote maléfico lo haya padecido,  igualmente, la granja– finca de la Federación Nacional de Cafeteros, antigua escuela agronómica, en la que hace unos cinco años se cometió la torpeza de talar todo el hermoso bosque de pinos, con graves consecuencias para el ecosistema inmediato. 

Por otra parte,  no le corresponde responsabilidad sobre este grave asunto a las autoridades municipales respectivas, comenzando por el señor alcalde y ¿qué tal la de los concejeros municipales y el personero? Estoy seguro que no ignoran su obligación oficial al respecto de las cuestiones que interesan a la comunidad de todo el municipio, tanto urbanas como rurales.

Está claro en la interpretación correcta de la normativa municipal que las autoridades aludidas aquí están obligadas a cumplir las funciones que la ciudadanía les ha encomendado por votación popular, creando una balanza entre derechos y obligaciones y viceversa, pues si no fuere así,  ¿cómo podríamos entender el  ejercicio de sus encargos?  Sus deberes son insoslayables. La democracia, es un sistema de gobierno liberal,  en el que los ciudadanos están obligados a elegir y a nombrar a los mejores entre ellos, a los más inteligentes, a los más honrados, a los más prudentes, a los más conocedores de las problemáticas públicas,  para que con su esfuerzo y sabiduría se consagren al servicio de todos.  ¿O para qué otra cosa?

A veces pareciera que no hubiera al respecto suficiente claridad y conciencia, ni de parte de los electores, ni de los elegidos y nombrados. Frecuentemente, ni siquiera concurren a sus despachos públicos estos gestores, que es donde deberían permanecer ordinariamente. Los ciudadanos llegan a sus despachos a demandar y solicitar algún servicio o  a presentar alguna solicitud y lo que encuentran es la silla vacía y un secretario o secretaria o varios de ellos que no saben donde se encuentra el titular o saben y no lo dicen.  Es un secreto de Estado.

Ahora bien, el asunto de administración pública como el que acabo de exponer, o el que advertí en una columna pasada, referida  a las casetas, a los parques y canchas de fútbol y basquetbol, situados al ingreso del perímetro urbano, de Pueblo Bello, pareciera ser, hasta el momento, que no le son dignos de atención. ¿Podrá prosperar realmente una comunidad donde los ciudadanos exponen y solicitan  y las autoridades hacen mutis por el foro? Creo que una comunidad así no tiene las condiciones anímicas ni políticas para prosperar, porque, en definitiva, lo que allí hay no es más que un bullicio de sordos, y unos empleados algarete. Desde los montes de Pueblo Bello. 

Por Rodrigo López Barros.

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