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La preparación

“Hasta que todos lleguemos… a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Ef 4,13
En nuestro imaginario, es fácil pensar que algún día llegaremos a un estado donde estaremos completamente listos para realizar todo aquello que deba ser hecho. Todos sabemos que la preparación no se produce de manera instantánea; de hecho, es un proceso que debe continuar de manera ininterrumpida.
Es peligroso estancarnos en nuestro crecimiento y en nuestro nivel actual de experiencia. La vida de fe y la vida misma exigen preparación y más preparación. En el momento en que dejemos de crecer y de aprender, perderemos la capacidad y la autoridad para enseñar y modelar.
En condiciones normales, los creyentes somos atraídos y seducidos por el sentido del sacrificio, por eso Jesucristo y su causa nos atrae, porque generan en nuestro interior una conciencia de lo heroico. Pero el sólo sentido heroico del sacrificio no es suficientemente bueno, porque se interpone nuestra naturaleza saturada de vacíos e inconsistencias que no puede ser útil en las manos de Dios. De allí la importancia de sujetar y someter nuestras vidas al escrutinio constante de Dios y su palabra sin nunca pasar por alto una convicción que provenga del Espíritu Santo.
Para crecer hasta su estatura, Jesucristo debe ser nuestro Señor y Maestro, que no es lo mismo que ser simplemente dominado y enseñado. Tener un Señor y Maestro significa que hay alguien que nos conoce mejor que nosotros mismo, que es más íntimo que un amigo o familiar. Alguien que entiende las más remotas profundidades de nuestro corazón y puede satisfacerlas completamente. Alguien que ha escudriñado con su luz los más oscuros sitios de nuestra alma, y nos ha amado y perdonado. Alguien que conociéndonos, no se ha ido ni claudicado en su propósito de gracia con nosotros. Alguien que nos ha dado seguridad y ha resuelto todas nuestras dudas, incertidumbres y problemas. Esto es tener un Señor y Maestro, nada menos…
El Señor nunca nos obligará a crecer y prepararnos, nunca tomará medidas para forzarnos a hacer su voluntad. En ciertas oportunidades quisiéramos que Dios nos dominara y obligara a hacer lo que él quiere, pero por respeto a nuestro libre albedrío, no lo hace. Y en otras, quisiéramos que nos dejara tranquilos y no nos mortificara, pero tampoco lo hace.
Amor y aceptación son las únicas palabras que describen la experiencia de crecer y prepararnos en una relación de sujeción, una relación en donde todo lo que debemos saber es que somos suyos, que le pertenecemos, y que hemos sido creados y redimidos para obedecerlo.
La idea principal en el ámbito de la relación con Dios es mantener los ojos puestos en Jesús, no en la gente o en las circunstancias. Afirmar que no nos pertenecemos es haber alcanzado un punto alto en la preparación de nuestra estatura espiritual. La verdadera naturaleza de la vida, en medio de la confusión diaria actual, es rendirnos deliberadamente a Jesucristo.
El secreto de la preparación es ser capaz de decir: ¡somos suyos, y él está llevando a cabo su obra y sus propósitos por medio de nosotros!
Amados amigos lectores: ¡seamos capaces de aceptar que somos enteramente de Dios!
Abrazos y muchas bendiciones…

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