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La incertidumbre del quizás

A veces está uno mejor en el lugar en donde no quiere estar que en el lugar donde quisiera, o cuando está uno donde quería se da cuenta de que no le gusta, que estaba mejor en el lugar en donde no quería estar.

Caso uno: José María volvió al lugar donde nació hace más de sesenta años, luego de vivir casi cuarenta años por fuera. Esperó reencontrar familiares cariñosos y amigos de infancia, pero fue lo contrario: los familiares nunca lo invitaron ni a almorzar (a pesar de que el viejo Jose se presentaba de vez en cuando con un mercadito); y en cuanto a los amigos pues… no era culpa de ellos pero- hay que decirlo- todos eran una partida de perdedores: uno esperando una herencia que tal vez nunca llegaría, otro viviendo el delirio de la soledad en el ocaso de los años, y el resto casi ni se acordaban de él, y hasta mejor así porque andaban todos desplatados, sin mujer, con hijos regados y mantenidos por quien sabe quién.

Caso dos: Jaider, antiguo mototaxista, actual vendedor de un almacén todo a cinco (en donde obviamente no todo es a cinco; es más, casi nada es a cinco, solo lo peor, mercancía defectuosa made in china que es vendida en containers como lavadero de dólares). Después de varias pasadas frente a un restaurante gourmet que recientemente una pareja de abrió en el centro del pueblo finalmente Jaider se atrevió a tocar a la puerta (tocó a la puerta de servicio, fuera de horario de atención al público. Menos mal esta parejita se encontraba haciendo el amor en el segundo piso y oyó los frenéticos golpes en la puerta de Jaider, queriendo averiguar cuánto costaba un coctelito con algo, pa’ invitar a una hembrita que nada que caía.

Jaider reservó para ese día a las ocho (llamó más de catorce veces al celular de la parejita que por estar nuevamente haciendo el amor no contestó las llamadas de Jaider sino después de dos horas. La muchacha del SAI de donde llamó Jaider le dijo al mancito, cuando devolvió las llamadas, que el que había llamado era un muchacho que atiende en el todo a cinco del centro).

Efectivamente era Jaider, para reservar esa noche una mesa para dos. Desafortunadamente esa noche llovió y, como en todo pueblo del subdesarrollo se fue la luz, así que la muchacha no pudo (no quiso) salir. En primer lugar porque sin luz no la dejaban y en segundo lugar porque el clima le arruinaba el pelo. Al día siguiente la muchacha tampoco pudo salir, dizque porque estaba enferma de una de esas virosis de temporada; entonces tuvo Jaider que cancelar la reserva y disculparse con la parejita dueña del restaurante por segunda vez por el incumplimiento. PD: se supone que todo iba a ser una sorpresa para ella, o sea que supuestamente la muchacha no se enteró de nada, (excepto de que el fastidioso de Jaider andaba otra vez insistiendo en que salieran).

Caso tres: Un mujer vive con su marido en un pueblo del sur de La Guajira. Ella vivió antes en el interior y allá estudió diseño de interiores- carrera imposible de desarrollar provechosamente en ese territorio; sin embargo es, hasta donde se percibe “feliz”, aunque en el fondo la frustre no desarrollar sus habilidades estéticas y en cambio tenga que, ante la falta de plata, aceptar un trabajo que no quería: auxiliar contable de una constructora.

Si estuviera en el interior seguramente trabajaría en su oficio favorito por un salario que escasamente le alcanzaría para pagar sus gastos y un extra mínimo para el placer, pero eso sí, con la posibilidad de conocer a un buen partido, que puede que llegue y puede que no, pero ajá.

A veces uno ni sabe lo que quiere o quiere algo que no le conviene y solo se entera cuando lo consigue. Pero eso no es lo peor, lo peor es quedarse uno sin saber si lo que quería iba a gustarle o no, y se queda viviendo en la incertidumbre del quizás.

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Jarol_Ferreira: