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La frivolización a Vargas Llosa 

Este afamado escritor peruano, de vuelo universal,  tiene, entre su vasta composición escrita, un libro, magnífico, como todos los suyos,  ‘La Civilización del Espectáculo’, de la que, pásmese él, él viene a ser  víctima de su propio invento?–. Ahora,  con motivo de su  separación de la segunda cónyuge y regreso a la  primera–. Realmente, esa civilización no es invento suyo, sino un acucioso ensayo de su autoría .

Civilización de la que  formamos parte ahora mismo. De la que lo principal y  primordial de la vida, es el divertimento: alguien que lo procura y hace gozar a otros, no como tal, sino como valor supremo;  civilización contra–cultural,  desculturiza toda lo  que hasta ayer era cultura.

El autor aborda, con pluma crítica, cómo los diferentes aspectos humanos de la cultura–en el pasado moderno, contrastado con la posmodernidad disolvente– eran avocados con la mayor severidad; donde la idea prevalecía sobre la imagen, lo serio sobre lo trivial, el rigor sobre el espectáculo, lo justo sobre lo injusto, la moral sobre lo inmoral, lo bello sobre lo feo, el arte sobre la bagatela, el libro injundioso sobre el best seller,  lo noble sobre lo bueno, la política sobre la politiquería, el gobierno sobre el desgobierno , la ética sobre el periodismo amarillo .

Precisamente, Vargas Llosa se pregunta en su obra: ¿de qué manera ha influido el periodismo en la civilización del espectáculo y está en aquel? Antes de responder. Periodismo es también: afiches, pancartas, vallas, cine, teatro, televisión, redes sociales (vaya! vaya! con la televisión y las redes sociales). Pobre Vargas Llosa y sus mujeres y familias, cuando inmisericordemente están siendo víctimas de la agresividad, escrita y fotográfica, por el trance humano, muy humano y muy respetable, pero irrespetado, privada y públicamente, por el que ahora están pasando. ¡Misericordia Señor, para ellos! ¡Ojalá en lo sucesivo puedas liberarlos de esta civilización del espectáculo!

Pues bien, la misma víctima hoy, premonitoriamente había escrito que la frontera que separaba al periodismo serio del escandaloso y amarillo había ido perdiendo nitidez, a tal punto que ya casi no es fácil diferenciarlos. 

Pobre Vargas Llosa, la vida le ha jugado un claro–oscuro, sin dudas no querido. De cuya técnica había hecho gala el famoso pintor español Velásquez. Al alimón con ese barullo de periodismo amarillo, del que el escritor es víctima, nada menos que la Academia de la  Lengua Francesa lo ha hecho académico de número. Pero había escupido para arriba y le cayó. Sabiendo muy bien que no hay mejor forma para entretener y divertir que alimentando lo que llamamos bajas pasiones de la psicología humana. El prójimo se divierte mucho con las revelaciones de las intimidades de sus congéneres, y, sobre todo, si estos son personalidades públicas, no importa del orden que estos sean, con excepción de los pobres, claro: no los presentarían, ¡ni la televisión Hola! ni la revista Hola! Es de las pocas discriminaciones plausibles que existen! Desde los montes de Pueblo Bello. rodrigolopezbarros@hotmail.com 

Por Rodrigo López Barros 

Categories: Columnista
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