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La fe bíblica

“Es, pues, la fe, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Hebreos 11,1

De las tres gracias que permanecen: La fe, la esperanza y el amor; hoy quiero referirme a la fe que produce esperanza; no como una expresión de deseos sino como la certeza actual de un futuro promisorio y especial.

Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que, lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. La fe bíblica no es una preferencia de lo que nos gustaría ver, sino el convencimiento de la realidad de lo invisible. 

La fe bíblica nos capacita para ver la realidad del mundo espiritual y su influencia manifiesta en el mundo material. El mundo invisible es más real que el mundo visible, la realidad final y eterna es espiritual, no física. 

Dios es espíritu y se mueve en el mundo de lo espiritual; así que, cada elemento físico que vemos o palpamos es solamente temporal y perecedero, lo único eterno e imperecedero es Dios y su Palabra. 

Esto da origen a dos escuelas de pensamiento, inspirados en el relato del Evangelio de Juan sobre la resurrección de Jesús y sus manifestaciones a los discípulos: Cuando Jesús se apareció, después de su resurrección, a los asustados discípulos, les mostró las marcas y señales de sus heridas en la Cruz. Luego, los discípulos informaron a Tomás, el Dídimo, quien no estuvo presente cuando Jesús vino. Pero este respondió: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos y metiere mi mano en su costado, no creeré”. Lo único real para Tomás era lo que podía ver y palpar.

Ocho días después, Jesús volvió a aparecer, estando Tomás presente, y le dijo: “Pon aquí tu dedo y mira mis manos; y acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Ante esa abrumadora realidad, la única respuesta de Tomás fue caer de rodillas exclamando: “¡Señor mío y Dios mío!”. 

Entonces Jesús bendijo a los que creyeron sin ver: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron”. La escuela de pensamiento tomasino se fundamenta en la realidad del mundo visible, lo que se puede ver y palpar. La otra escuela, la de los bienaventurados, es aquella que se fundamente en la realidad de la fe y la esperanza de lo por venir. 

Queridos amigos lectores, el objeto de nuestra fe no es la realidad tangible de este mundo físico. El objeto de nuestra fe es el mundo invisible en el cual Dios se mueve y se manifiesta por su palabra revelada, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. Mi invitación cordial es a aceptar esa realidad decisiva y a evaluar todo lo que somos y tenemos a la luz de la temporalidad de lo visible frente a la eternidad de lo invisible. 

Depositemos en Dios nuestra confianza y vivamos en consonancia con las promesas de su palabra eterna, para así poder disfrutar no solo de las victorias del presente, sino también de la esperanza de la eternidad. ¡No seamos incrédulos sino creyentes! ¡Bienaventurados los que no vieron y creyeron!  Mis oraciones contigo…

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