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Futuro plástico

Solo habíamos ordenado platos para cuatro puestos. Eso era todo, una vajilla blanca sencilla, sin diseño alguno, la más barata de todo el catálogo de Amazon. Simples enseres de combate cuya misión sería quebrarse sistemáticamente antes de que llegara el verano. Una verdadera ganga por tan solo 20 dólares. Y allí estábamos ante la colosal caja de cartón que ocupaba fácilmente media sala, como un ataúd reciclable, tan grande para esconderme en él en posición fetal cual polizón de aeropuerto. Con una buena excusa para que Rohan desenfundara su navaja de recuerdo tras el paso por la armada singapurense, empezamos nuestro trabajo arqueológico entre los tres.

Media hora después, una montaña de papel Kraft, burbujas plásticas e icopor se alzaba imponente ante la insignificancia de los pocos platos que escondía en su interior. “Parece que hubiésemos comprado una cantidad absurda de cartón y los pocillos vinieran de regalo”, dijo Nitish midiendo cómo la cima del montículo le llegaba a la cadera. Aquel monumento a la basura me abrió los ojos frente al grave problema de desperdicios del que adolecen los Estados Unidos. Una tendencia de excesos que está tan incrustada en el alma de los gringos, como el mismísimo libre mercado.

“Gracias por la doble bolsa” le escuché decir a la anciana que pagaba delante de mí en la fila del Supermercado Asociado, una costumbre mercantil tan extendida en el comercio local como perjudicial para el planeta, y la cual tiene mucho menos sentido si es para dos latas de atún como las que estaba comprando la señora. “Quién pide bolsa para una caja de chicles?”, le respondí preguntando a Doug luego de que me sugiriera empacar mi compra en CVS, “Lo sé, pero algunos se ponen bravos si no se las ofrezco”. Tal vez sea parte de esa cultura acumuladora a la que tanto nos tienen acostumbrados, esa necesidad imperiosa de tener más solo por el placer de arrumar objetos de la misma categoría.

Tras la expedición del decreto que prohibió las bolsas plásticas pequeñas en nuestro país aspectos cotidianos de mi vida se vieron ligeramente afectaron: Tuve que comprar bolsas de basura por separado (aprendiendo su dolorosa tabla de medidas), buscar un proveedor de bolsas para recoger lo del perro y empezar a cogerle afecto al bolso reutilizable de D1 aunque no existe forma cómoda de cargarlo. Aun así, con todo y estas molestias insignificantes, esa fue la decisión correcta y podemos estar orgullosos de los compromisos ambientales que estamos adquiriendo con el planeta.

De pequeño amaba organizar la bolsa con bolsas que escondíamos debajo del fregadero en Bucaramanga. Un ritual lúdico tras cada visita al Ley que terminó extinguiéndose por fuerza de la regulación posterior. Pensé que era una cosa de mi pasado, pero hoy viendo el costal de ellas, con su lema de doble moral “Recycle, Reduce, Reuse”, que hemos recolectado por todo Nueva York, siento que vuelvo atrás en el tiempo y que a la vez aquel será nuestro futuro, un futuro plástico para todos nosotros.

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Fuad Gonzalo Chacon: