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Francisquillo, el vallenato.


Por: RODOLFO QUINTERO ROMERO  @rodoquinteromer

 

En días pasados, mientras leía la columna de Aníbal Martínez Zuleta sobre Perigallo, el famoso cacique tupe que gobernó a Valledupar durante cuatro años en el siglo XVII, volví a toparme con Francisquillo.

El doctor Martínez recordaba en su artículo, la historia legendaria de un indio educado por los españoles en Santa Marta, quien a la edad de quince años huye de sus captores después de haber aprendido la lengua, costumbres y artes de la guerra a la usanza española.

El mencionado Francisquillo, apodado, como veremos más adelante, “El vallenato”, por ser oriundo de estas comarcas, al regresar a su tribu se convirtió en un guerrero invencible que enfrentó y derrotó a los conquistadores en numerosas batallas.

La más célebre de sus hazañas ocurrió después de haberse infiltrado entre los prisioneros del sanguinario conquistador alemán Ambrosio Alfínger, famoso tanto por su crueldad y crímenes contra los indígenas como por haber ahorcado a nuestro admirado cacique Upar, por allá por 1532.

Francisquillo decidió vengar la muerte del Cacique y camuflado en la caravana que organizó Alfínger para que le cargaran el oro saqueado a los uparis, llegó con el Alemán hasta la región de Chinácota, donde con una lanza, unos dicen que con una flecha y otros que con un puñal, atravesó la garganta del susodicho Ambrosio y lo mandó directo a los profundos infiernos.

Pero resulta que algunos estudiosos ponen en duda su existencia y, por supuesto, que haya matado a Alfínger. Por ejemplo, el respetado historiador Hugues Sánchez Mejía, en el ensayo: “Haciendas y mano de obra en la provincia de Valledupar (1790-1880), publicado por el Observatorio del Caribe en 2006, afirma que no existió y que todo es un invento del escritor cienaguero Daniel Demetrio Henríquez.

Sostiene Hugues, que Alfínger murió gracias a los indios chitareros cerca de Pamplona. Mientras que Henríquez en su libro “Pergaminos heroicos”, de 1945, atribuye la muerte del teutón a Francisquillo; el mismo a quien nuestro historiador Pedro Castro Trespalacios, en su libro de 1966, “Culturas aborígenes cesarenses…”, puso el remoquete de “El vallenato”.

La supuesta versión apócrifa la reprodujo Álvaro Castro Socarrás en varios de sus trabajos históricos; lo mismo Tomás Darío Gutiérrez y muchos más, hasta convertirla en una leyenda popular.

Lo curioso es que no sólo nuestros historiadores criollos mencionan a Francisquillo. Lo hace también Fernández de Piedrahíta, en 1881, y, William Ospina en su novela “Ursúa”. Cuentan que tenía por costumbre enviar alimentos a los españoles, antes de entrar en combate con ellos, para que no fueran a sacar excusas cuando los derrotara. Sin embargo, no lo relacionan con la garganta de Alfínger.

Los historiadores locales tienen la palabra. Esperamos que Rafael Villazón, Palencia Caratt, Pepe Castro, Araújo Cotes, Martínez Zuleta, Gutiérrez Hinojosa, Álvaro Castro y Pompilio Socarrás, entre otros, defiendan la memoria de nuestro paisano.

En caso de que Francisquillo no hubiese eliminado a Ambrosio y tampoco fuese vallenato, habría que felicitar a Henríquez  y a Castro Trespalacios por haber inventado quizás la más bella gesta provinciana y habernos regalado el relato mítico de un guerrero caballeroso con más méritos que Hernando de Santana para tener una estatua en Valledupar.

Para mí, Francisquillo  mató a Alfínger. ¿Quién puede dudarlo? Sólo que lo hizo después de muerto. ¡Es nuestro Cid Campeador!

 

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