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En Colombia, los caminos de la paz pasan por el agro

Por Gustavo Cotes Medina

El profesor emérito Albert Berry de la Universidad de Toronto confirma lo que ya sabemos: En Colombia, la pequeña agricultura, en su papel histórico de generador de empleo, necesita un cambio y un fuerte timonazo. Es necesario el apoyo estatal adecuado para incentivar los grupos familiares con el fin de alcanzar una alta productividad de la tierra por el uso intensivo de la mano de obra, por la necesidad implícita de ganarse la vida y porque disminuye la inseguridad económica y alimentaria de los pequeños agricultores.

Está claro que el dinamismo y el avance de la productividad agrícola depende en gran parte de las investigaciones, la difusión tecnológica y la inversión del sector público. Nuestra larga, inútil y triste historia de conflictos y de injusticias en el campo, han dejado un gran número de familias desplazadas en humillantes condiciones de pobreza y con un rosario de angustias, que han sido impulsadas, en contra de su voluntad, a las grandes ciudades donde no consiguen un lugar para sus naturales habilidades.

Es así como la gran minería y los otros sectores no agrícolas están mostrando su incapacidad de generar empleos suficientes para cubrir las necesidades del país. En los países en desarrollo la pequeña agricultura y las microempresas, las pequeñas y medianas empresas no agrícolas, son los sectores que más generan empleos con un 65 por ciento del empleo total.

Colombia necesita políticas serias a favor de la pequeña agricultura familiar y se deben canalizar hacia el campo una buena parte de los recursos de la explotación minera, para responder así al desafío de la generación de empleo formal y decente.

El Gobierno Santos tiene clara la necesidad de un plan de choque con la idea de impulsar el crecimiento económico y la competitividad del país, para lo cual discute con los gremios los distintos aspectos que amenazan al sector como la revaluación, los TLC, mejoramiento de la infraestructura, el contrabando, aspectos laborales, fiscales y de financiamiento. La búsqueda de la paz es el potenciador y el acelerador de la nueva estrategia de la Casa de Nariño que necesariamente pasa por un “revolcón en tierras”.

En nuestro país es impensable un acuerdo de paz que no tenga soluciones de fondo al problema eterno de tenencia de la tierra. Contamos con 114 millones de hectáreas, de los cuales 38 son destinados a ganadería y 5 a agricultura. Según el líder indiscutible de los ganaderos, el guajiro José Félix Lafaurie, “las tierras deben ser un factor de bienestar social y no un elemento de control territorial y militar, como pretenden las Farc”.

Es muy preocupante la afirmación que Colombia tiene uno de los índices de concentración de propiedad de la tierra más altos de América Latina y del mundo. Por lo tanto, cualquier esfuerzo para solucionar los problemas agrícolas pasa por el camino de redistribución de la riqueza que implica una reestructuración del Estado. ¡No podemos seguir arrastrando a nuestro país con la problemática sin fin de tenencia de la tierra!

Compartimos plenamente la afirmación del experto Indalecio Dangond, columnista de El Pilón, en el sentido que “es necesario eliminar las ineficiencias en los agro negocios para no depender de la caída de los precios internacionales de los productos y del bajo precio del dólar. Se necesitan soluciones de verdad que sean perdurables en el tiempo”.

No permitamos que se agote la esperanza. Todos somos parte de la solución y debemos estar comprometidos a pasar esta página terrible y feroz de nuestra historia manchada con una violencia irracional que solo ha dejado muerte, viudas, huérfanos, desolación y ríos de sangre estéril. ¡Debemos reemplazar la locura de la guerra por la locura de la vida!

El mensaje de Luther King es sabio y muy claro: “No se construye un país diferente con gente indiferente; o aprendemos a vivir juntos como hermanos o vamos a morir juntos como estúpidos”.

 

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