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El taxista cachaquito 

El pasado 30 de noviembre en reunión preparativa para la conmemoración de los 45 años de la Promoción de Bachilleres del Colegio Nacional Loperena del año 1973 en la casa de nuestro compañero Leovedis Martínez y contando con la presencia también de Álvaro Yaguna, con el fin de darle los últimos “toques” a la celebración, y en un momento de descanso dedicado a comentarios personales, Leovedis me preguntó:
– Bueno Jorge, y si voy a Guacoche a visitarte, ¿cómo hago para llegar a tu casa?
A lo que le respondí:
– Hombe Leove, si el Guacoche de hoy es igual que el Valle de los años sesenta, que cuando nuestros padres tomaban un taxi, que eran esos Willis largos y alguno que otro automóvil Chevette Malibú, le decía al conductor que lo llevara donde fulanito de tal, y, a pesar de la ciudad contar con direcciones específicas, los taxistas y usuarios preferían este método práctico y coloquial.

Me vino a la memoria un caso parecido ocurrido en enero de 1976 cuando Álvaro Morón Cuello llegó al Aeropuerto El Dorado de Bogotá al regreso de las vacaciones decembrinas. ‘Varo’ llegó a la “nevera” con la nostalgia propia de haber dejado en Valledupar a sus familiares, amigos, parrandas, y sobre todo a las conquistas amorosas a quienes les había prometido escribirles cartas, las cuales él era consciente que nunca haría.

Acongojado por la nostalgia que le produjo un inusual mal genio, tomó el taxi que estaba en turno, y, queriendo desahogar su rabia con lo primero que encontrara, después de haber depositado en el baúl la maleta y las cajas con las encomiendas que Don Hernando, José Aponte y Mercy, Hilba y el cachaco Gonzalo Meza, Malvina, María Luisa, el Negro Morón y Gladys le habían preparado con todo el amor del mundo, repletas de almojábanas de La Paz, arepas de queso y dulces de donde Aminta Monsalvo, queso, pescao y carne salá, plátanos serranos, y todo lo que cupiera en las cajas, le dijo al conductor:
– Lléveme al apartamento de Álvaro Muñoz Peñaloza.

El taxista arrancó el vehículo y raudamente se dispuso a cumplir el encargo de su cliente ocasional, tomó la Avenida al Dorado (calle 26), luego cruzó por la oreja de la glorieta de la Avenida 68, subió por la calle 53 hasta  llegar a la carrera séptima donde estaba ubicado el Edificio El Doral.

‘Varo’ quedó perplejo, pues no podía comprender como un taxista cachaco de los más de un centenar que operaban en el Aeropuerto El Dorado, en una ciudad que para la época contaba con más de cuatro millones de habitantes, pudiera conocer con exactitud donde vivía un desconocido estudiante vallenato, sin embargo, era tanta la rabia contraída, que no le prestó atención por el momento al asunto.
Más tranquilo y después de saludar a todos los compañeros: su hermano Iván, José Maestre Aponte, Álvaro García Moscote, Álvaro Muñoz y a mí que habíamos llegado unos días antes a nuestra labor estudiantil, así como a nuestro colaborador, auxiliar, alcahueta, cómplice y compañero Álvaro Toncel, le comentó el caso a Muñoz.
Éste, con su tranquilidad y reflexión de siempre le preguntó:
– Tocayo, el taxista era un cachaquito bajito, de bigote, pelo liso y con canas, de unos 35 años.
– Ese era, – le respondió ‘Varo’-, y tú, ¿cómo lo sabes?
– Ese es el mismo que me trajo a mí antes de ayer- le respondió Muñoz.
– Resulta que cuando me subí al taxi que estaba en la cola, le puse conversación al cachaquito porque iba escuchando Radio Juventud y estaba sonando un vallenato programado por Carlos Melo. Me comentó que la música que más le gustaba era la vallenata y en especial la de Los Zuleta. Le dije que ellos eran mis amigos y que me enviaban saludos en algunas canciones.
– Y ¿cómo se llama usted?, me preguntó el cachaquito, incrédulo.
– Álvaro Muñoz Peñaloza, respondí.

El taxista cachaquito detuvo el carro en la acera para poder mirar con detenimiento al personaje que transportaba. Se tranzaron en una amena conversación donde el cachaquito quería que en la media hora que demoraba el viaje, Muñoz le contara toda la vida de los artistas de su predilección, con todas las anécdotas y lujos de detalles.

Al llegar a El Doral, y luego de cruzarse los números de teléfonos y con la promesa de Muñoz de llamarlo todas las veces que requiriera de sus servicios, el cahaquito le bajó todos los motetes hasta la puerta del ascensor y no le aceptó el pago por la carrera que para la época eran de unos treinta a cuarenta pesos.

‘Varo’ escuchó con atención el relato que le hacía su tocayo, y por muchos años se lamentó que por no ser por su nostalgia y su mal genio, le hubiera podido contar al taxista cachaquito que él era Álvaro Morón Cuello, el otro personaje nombrado por los Hermanos Zuleta y haberse ahorrado los cuarenta pesitos que para muchas cosas hubieran servido.

Jorge Luis Armenta Amaya 

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