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El profeta de la literatura latino americana: Mario Vargas Llosa

Hace un par de días encontré el texto del discurso de Mario Vargas Llosa pronunciado al recibir el Premio Rómulo Gallego otorgado en Caracas – Venezuela, el 11 de agosto de 1967. 

El escrito se titula ‘La literatura es fuego’, inicia esclareciendo la injusticia social que ha vivido Latinoamérica con sus escritores, trayendo de la penumbra del exilio y del misterio de su urna, el fantasma de su compatriota Carlos Oquendo de Amat, como el brujo de las palabras vivió de su vocación sin un solo centavo. La censura, la escasez de lectura y el desconocimiento de la identidad Latina, hacia que el trabajo del escritor fuera en palabras de Llosa: “una diaria y furiosa inmolación”. 

Aclara que la regla general era la indiferencia, la burla y el ridículo; y solo existían algunas excepciones. Advierte con un optimismo rupestre y casi como un hechicero que lee el futuro, el porvenir inmediato que rectificará la injusticia que ha pesado sobre el escritor latinoamericano.  

La injusticia social en los escritores hispano, es pretérito. El porvenir que anunciaba Mario Vargas se convirtió en el Boom Latino Americano, famoso en el mundo por obras memorables como ‘Rayuela’, ‘La ciudad y los perros’, ‘Cien años de soledad’ y ‘La región más transparente’, y sus ilustres autores: Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Los cuales forjaron sus plumas con el rigor de los que dieron su vida por su vocación literaria y fueron exiliados, ninguneados, ignorados y ridiculizados. 

Tenemos una gran deuda con la literatura. En el siglo pasado las obras literarias hacían más justicia social y aportaban más a la memoria histórica que la inmovilidad de algunos estados. Es irónico pero cierto, pensar que la realidad se reflejaba mejor en la ficción que en los titulares de la prensa local. 

Por esto, libros como ‘El Señor Presidente’, de Miguel Ángel Asturias,  ‘La Fiesta del Chivo’, de Mario Vargas Llosa, ‘Confieso que he vivido’, de Pablo Neruda, y entre otros libros  que muestran la otra cara de la moneda de la inhóspita atmosfera que se vivía en la época de los dictadores de peroratas en la américa hispana. 

En nuestra patria, Jorge Eliecer Gaitán denunció en el Congreso la masacre de las bananeras y García Márquez la inmortalizó en Cien años de soledad. José Eustasio Rivera entre líneas visualiza la inclemente esclavitud que existió en el Amazonas y otras regiones con la fiebre del caucho, en su obra ‘La vorágine’. ‘La rebelión de las ratas’, de Fernando Soto Aparicio, nos muestra en un espejo la inhumanidad del capitalismo desmedido. Probablemente, si los relatos de la comisión de la verdad se hubiesen contado hace diez años, se convertirían en una intachable obra maestra del nivel de las anteriormente mencionadas; ‘Río muerto’, de Ricardo Silva Romero, fue uno de los primeros anticipos a las desgarradoras historias contadas por la JEP. 

Sin duda alguna, rectifico que la literatura es fuego, y los escritores serán los eternos aguafiestas de la desmesura; los perpetuos inconformes con la crueldad, la sin razón y la tiranía. La deuda que tenemos con los invisibles literatos de los siglos pasados, debemos pagarla leyendo literatura, literatura que despierte el fuego necesario para entusiasmar nuestro afán de progreso, y nos enseñe a no volver a cometer los mismos errores inhumanos que solo debieron existir en las páginas.

Por Pablo Daniel Hernández Iguarán

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