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El Presidente en su laberinto

Los cien días del presidente Duque no le dan una buena partida; este referente universal se puede homologar con el adagio que dice: “por el desayuno se conoce el almuerzo”. Quien aspire a un cargo ejecutivo de elección popular, al menos un año antes, debe tener claro que es lo que va a hacer como gobernante para no improvisar durante el ejercicio del primer año; un periodo no da para dar bandazos. Al ejercer la Presidencia de la República es poco el tiempo que queda libre, los problemas de un Estado son demasiados y complicados, en especial, en países como Colombia, sometida a una permanente inestabilidad política, económica y social, donde cada día está lleno de incertidumbres y reclamos; cada minuto es oro y se debe pensar en cómo resolver estas contingencias. Obsérvese que los presidentes entran jóvenes y salen con canas. El hecho de que a Duque le sobre tiempo para reunirse con la farándula significa que está en el lugar equivocado o que recibió un país boyante.

Y no es que la farándula no tenga su importancia relativa pero es, quizás, la que menos problemas tenga. No hay que exagerar el futuro de la economía naranja matizándola con los procesos culturales, diferentes a los económicos. ¿A cuánto ascendería el aporte que esta le haría al PIB y al empleo, incluyendo la farándula? Realmente, este no es el problema fundamental del país; el presidente debería estar preocupado por la desfinanciación de la educación pública y la ausencia de un modelo eficaz para conducirla; los estudiantes y profesores están en las calles pidiendo soluciones y el presidente no los ha querido recibir, porque no quiere ver de frente esta situación y prefiere ausentarse para evadirla y hacer pronunciamientos inanes allende las fronteras. Garantizar los acuerdos de paz debe ser otra preocupación del gobierno. No es razonable que, por pertenecer a un partido guerrerista, deje que el pan se le queme en la boca del horno, las oportunidades son calvas. Ya los del ELN le midieron la falta de sinceridad en los diálogos, las arremetidas contra la JEP, quizás, han hecho reflexionar a esta organización guerrillera que no quiere repetir el conejo pegado a las FARC. Lo que acaba de suceder en el Cesar y lo que permanentemente ocurre en el Catatumbo, nos auguran cien años más de soledad.

Lo malo de esta reactivación de la guerra es que no la sufren sus promotores sino los que están en el camino buscando un mejor vivir; el ojo y el diente que venga el ELN son de otras personas. La criminalidad se dispara, las amenazas y muertes a líderes sociales van en ascenso, los atracos rompen las estadísticas, más, todo quién no comparta las políticas gubernamentales es amenazado; esto significa que el gobierno podría utilizar todas las formas de lucha y tener grupos ilegales que lo defiendan, que pueden estar, como decía Otto Morales (q.e.p.d.), por dentro y por fuera del gobierno; el paramilitarismo aún subsiste, es una verdad de acuño. Aparentemente, el presidente Duque está solo en su laberinto, su partido de gobierno dispara perdigones en la oscuridad como cualquier opositor; su accionar deja sospechas que podrían ser fórmulas distractoras. La distracción, según Noah Chomsky, es una estrategia de alienación. Ahora que el Chapulín ya murió, ¿quién podrá rescatarnos?

Por Luis Napoleón de Armas P.

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