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El fausto y la avaricia del gobernante

Durante este periodo nefasto para la humanidad, en donde hemos tenido que recurrir al confinamiento y al distanciamiento hasta de nuestros seres queridos, debo reconocer también que ha sido un espacio amplio para la reflexión, el análisis y el entendimiento de muchos temas que en condiciones normales suelen pasar desapercibidos y carentes de alguna significación. Esto me ha permitido leer y releer algunos libros bastante interesantes, entre ellos: ‘El Fausto’.

Después de releer meticulosamente la obra cumbre y magistral del escritor, poeta, dramaturgo y filósofo alemán Johann Wolfgang Goethe, entre líneas encontramos tal vez por casualidad o por azares del destino o por simple imaginación mía, cierta similitud con algunos gobernantes que han llegado al poder más bien guiados por la avaricia, la codicia y un apetito voraz y desmedido de enriquecimiento, que por mera aptitud altruista y generosa de servirle a su gente.

En esta historia épica, con contenido mítico-religioso, convertida en una hermosa compilación poética y filosófica, encontramos dos personajes de apariencia antagónica pero que terminan unidos por el placer y las banalidades de la vida fácil y una inagotable ambición. El doctor Fausto (siervo de Dios, con estudios en medicina, filosofía, jurisprudencia y teología), a pesar de todos sus estudios y las bondades que el señor le otorgaba, se sentía insatisfecho, nada le llenaba, nada lo hacía feliz: “Carezco de bienes y caudal, lo mismo que de honores y grandezas mundanas, de suerte que ni un perro quisiera soportar semejante vida”.

Mefistófeles (uno de los príncipes de las tinieblas, espíritu de negación, gran corruptor y destructor) era sabedor de tales debilidades y por ello le propuso a Dios una apuesta por el alma de su discípulo: “¿Qué apostáis? Aun le perderéis si me dais licencia para conducirle poco a poco en mi camino”. El señor, consciente de los riesgos que asumía, aceptó poner a prueba la invulnerabilidad espiritual de su siervo, el cual después de algún tiempo sucumbió ante las proposiciones, tentaciones y placeres que Mefistófeles le brindaba. Le ofreció todos los mundos y consumó su pacto escrito con sangre; lo condujo por parajes y lugares insospechados, lo complació otorgándole todos sus deseos y peticiones, pero aun así, nunca se satisfizo. Ni Dios, ni el diablo lograron saciar su apetito. Mefistófeles llegó a la conclusión de que: “Ningún deleite le satisface, ninguna dicha le llena, y así va sin cesar en pos de formas cambiantes”. Decepcionado y fastidiado de él, le quitó la vida, pero los ángeles se llevaron su alma desgraciada y maltrecha, dejándole únicamente su cuerpo indeseable.

Nos preguntamos entonces, ¿cuántos Faustos (algunos candidatos a alcaldes, gobernadores, presidentes, etc.), y cuántos Mefistófeles (algunos contratistas, inversionistas, financiadores de campañas o grupos ilegales), encontraríamos en nuestra historia republicana e inclusive en la universal? ¿Por qué personas provenientes del seno de familias respetables, hogares honorables sucumben ante las trivialidades de la corrupción y del dinero fácil?

Personas que después de tanto sacrificio que hacen sus padres para educarlos, lo desperdician todo y dejan una estela de dolor y sufrimiento que han terminado matando de pena moral a muchos padres o los someten al descrédito y a la indiferencia de una sociedad que antes los admiraba y respetaba con cariño y aprecio. Son muchos, los Mefistófeles de la política contemporánea que han utilizado sus dones y capacidades seductoras para persuadir almas y cuerpos vacíos e insaciables como el de Fausto para conseguir sus objetivos.

Personajes que les ofrecen todos los mundos y los llevan al poder para utilizarlos y obtener pingües ganancias y lucrarse del erario público y después, los dejan abandonados a una miserable suerte que quizás nunca imaginaron pero que el apetito voraz de ambiciones desmedidas y desproporcionadas, de manera irremediable los conducirán a perderlo todo; incluso la libertad o la vida.

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Gabriel Dario Serna Gomez: