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El discurso de odio se tomó el país

La sociedad colombiana ha llegado a extremos de agresión debido a enfrentamientos políticos, lo que no es más que un discurso extremo y enfermizo de odio que ha superado cualquier límite y demuestra una total ausencia de humanidad. Ante todo, revela que muchos padecen una enfermedad incurable en su corazón. Situaciones que van desde el matoneo, persecución, patanería, hasta desearle o alegrarse por la muerte de alguien que no era de su orilla política o que por algún motivo cometió algún error y tratan de cobrársela por pura venganza física, ignorancia o falta de tolerancia.


Las víctimas son los personajes públicos, desde políticos, periodistas, empresarios y todo aquel que tenga alguna exposición mediática, que son asaltados por transeúntes. Estos aprovechan la ocasión para agredirlos y acosarlos, como le ocurrió esta semana a la primera dama Verónica Alcocer, que paseaba en un parque de Disney junto a su hija Antonella y fue perseguida y acosada por una mujer intolerante de la extrema derecha. Esta, al verla, la grabó con su celular, sin importarle que se trataba de una menor de edad, y comenzó a increparla. Estas personas creen que cuando ven a una personalidad, tienen que montársela para hacerse viral, y lo único que dejan ver es que son personas llenas de complejos y rabia.
También le pasó al expresidente Iván Duque en un parque de Washington, cuando iba con sus hijos, un intolerante de izquierda lo agredió verbalmente. Lo mismo al expresidente Santos, cuando otro intolerante ahora de derecha, en un avión lo acusaba de haber entregado el país a la guerrilla.

Recientemente, le pasó al exalcalde Daniel Quintero y ni hablar de Álvaro Uribe Vélez, y hasta a mí, que, sin ser ninguna personalidad, y que solo expongo mis opiniones públicas y críticas, me tocó lidiar con una agresión verbal en Valledupar, en una fiesta de Bavaria en el Festival Vallenato por parte de la señora Piedad Martínez, quien se desaforó simplemente porque en alguna ocasión le hice críticas a la pobre gestión de su hijo Daniel Palacios frente al Ministerio del Interior. Seguro que su padre, Aníbal Martínez Zuleta, quien era un señor, al verla escupiendo odio en ese estado, se hubiese avergonzado.


Pero no solo eso, también he sido víctima de las peores calumnias en redes por parte de esos detractores pertenecientes a la mafia política, narca, paramilitar y guerrillera que he denunciado con nombre propio, y que hasta llegaron a inventar que me había ido del país por amenazas. ¡Qué tal! Pero de todas estas situaciones, aunque engorrosas, aprendí a ser más fuerte y a entender que lo que proviene de afuera y con veneno no me puede ni desestabilizar, ni afectar mi labor de control político y social para seguir denunciando toda esta podredumbre desde el periodismo y la opinión.


Pero este aguacero de odio no solo es para los vivos, también se meten con los muertos. Desde la izquierda dispararon sus cañones contra Lucas Gnecco, de quien después de muerto se dijeron las peores cosas, sin pensar en el dolor de sus familiares. Lo mismo pasó con Enilce López “la Gata”, sin el menor asomo de humanidad, y ahora, por último, contra Piedad Córdoba, a quien tampoco dejan descansar en paz. Hasta un senador como JP Hernández grabó un video que dio asco, por todo el odio expuesto y la ignorancia e inhumanidad con la que habló. A los muertos hay que respetarlos, independientemente de los errores que hayan cometido o la simpatía que se tenga. Desear o alegrarse por la muerte de otro ser humano es el reflejo más bajo de la inmundicia que alberga el alma de algunas personas. Dan lástima.
Esta semana, en un grupo de WhatsApp, escuché a un amigo del colegio deseándole la muerte al presidente Petro. Me dio tanto pesar que ni siquiera me rebajé a responderle, porque entendí que se da de lo que hay en el corazón. Se nota que ese señor está muerto de odio y con su corazón enfermo. La reflexión es que hay muchas personas que no son capaces de controlar sus emociones, y por eso terminan metidas en problemas, como le ocurrió a la señora que insultó con términos racistas a la vicepresidenta Francia Márquez, lo que terminó en problemas judiciales.


Esto demuestra que muchos, pero muchos colombianos, padecen la frustración de su alma, escupiéndola en redes o de forma personal en otros. Hay que diferenciar una crítica o protesta, que puede ser legítima y que tiene su rigor, de estos procedimientos cavernícolas en los que hemos llegado. Ojalá algunos entiendan que después de este matoneo, nada queda, solo acrecientan el resentimiento. El único consejo es que busquen ayuda, porque de verdad están mal.

Jacobo Solano

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