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El Cesar: riqueza en la diversidad y dificultad para construir un proyecto común

Juan David Ruiz, con la potencia del lenguaje del arte, nos comparte esta ilustración.

Las voces del Cesar resuenan a través de los cantos de sus pueblos campesinos, indígenas y descendientes de esclavos africanos, que se unieron con el acordeón europeo para darle un sonido único a la región y al país. Es difícil pensar en un departamento de Colombia donde confluya más diversidad natural y cultural que en el Cesar. Irónicamente, es precisamente esta diversidad transformada en diferencia, lo que define muchas de las desigualdades que ha vivido y vive hoy el departamento.  

La historia del Cesar es una historia de voces y culturas diversas pero segregadas, que, si bien se unieron en el vallenato, no han logrado unirse para construir un proyecto común en el departamento. Como lo señala Mily Pardo, productora audiovisual, experta en feminismos negros y diáspora palenquera, “para entender las desigualdades es importante remitirnos a una perspectiva muy atrás…  sobre todo, pensando en cómo se organizó la sociedad a partir de la empresa colonial, que definió quién sí y quién no era digno de ser ciudadano, y quién tenía derecho siquiera a tener un nombre”. El resultado de esta y otras dinámicas históricas, ha sido la conformación de un departamento fragmentado y desigual. Desigual en el acceso a recursos y oportunidades, y desigual en aspectos tan básicos como visibilizar, reconocer y engrandecer a sus raíces negras, indígenas y campesinas. 

La geografía del Cesar es también reveladora de su desarticulación. Cada región del departamento enfrenta sus propias luchas y desafíos. En el norte, la vida se entrelaza con La Guajira y Venezuela a través de la majestuosa Serranía del Perijá. En el sur, vinculado con el Sur de Bolívar y Santander, sobresale la presencia afrocolombiana. Estas fronteras demarcan no solo límites geográficos, sino también históricas batallas por la tierra y el agua. 

En el Cesar, como ocurre también en otros departamentos del Caribe y de Colombia, el agua, esa fuente de vida tan esencial, se convierte en el centro de un conflicto. Un conflicto que enfrenta los intereses de grandes cultivos, ávidos por acaparar este recurso, con los pequeños productores que luchan por acceder a él. Este desequilibrio refleja un problema mayor, epicentro de las desigualdades y conflictos en el Cesar: la tierra. Como lo recuerda Juan David Ruiz, artista, muralista y gestor cultural de Valledupar, “las tierras, las oportunidades y la seguridad alimentaria del departamento está en pocas manos, y en manos que no siempre están interesadas en el desarrollo, si no es en su propio beneficio”. Vemos pues cómo alrededor de la disputa por el control, acceso y uso de la tierra, se ha engendrado una realidad donde el paramilitarismo ha echado raíces, y donde los desplazamientos forzados de comunidades han sido una dolorosa constante.

En este contexto se ha dado la historia de resistencia de comunidades negras, raizales y palenqueras, y la lucha por la protección de ecosistemas vitales en el Cesar, como La Zapatosa. Más allá de reconocer estas luchas, ¿cómo podemos transformarlas en posibilidades de cambio para la construcción de un futuro menos desigual?

CONSTRUIR OTRAS REALIDADES

¿Cómo sería un Cesar donde las decisiones se tomen pensando en el bienestar de todos sus habitantes, donde el progreso sea medido no sólo en términos económicos sino también en términos de equidad y sostenibilidad?

Pensando en la respuesta a estas preguntas, nos damos cuenta de la importancia de que las soluciones partan de una visión compartida, de un proyecto común. Un primer paso para ello es reconocer y valorar la diversidad del Cesar como un pilar para su desarrollo. Esto implica no solo celebrar su riqueza musical, cultural y natural, sino también integrar activamente esta diversidad en la planificación y en la toma de decisiones económicas y sociales. Ejemplo de esto es implementar la reforma rural por subregiones, entendiendo las particularidades de cada contexto y comunidad.  

Destacamos también la importancia de fortalecer la participación ciudadana en el ordenamiento territorial y en la definición de políticas públicas. Esto significa crear espacios genuinos de diálogo y colaboración donde todas las voces, especialmente para que aquellas históricamente silenciadas, sean escuchadas y tenidas en cuenta. Un contexto donde esto es particularmente relevante es en la planeación de la actividad minera en el departamento, la cual ofrece oportunidades para avanzar en el reto global de la transición energética justa. Pero, como nos lo pregunta Andrés Álvarez, economista e investigador de la Universidad de Los Andes “¿qué es una transición energética justa? Para empezar, y como ya se ha reconocido ampliamente a nivel internacional, una transición energética justa es una que escucha a las comunidades, y no solo a los intereses de las compañías”. Volvemos así a la idea de construir proyectos colectivos de desarrollo, que escuchen, que unan.  

Y para oírnos y unirnos, necesitamos confianza. De ahí surge otra necesidad profunda en este y tantos otros departamentos del país: educarnos para la confianza y para paz. Como lo señala Lucía Meneses, antropóloga e investigadora de la Universidad Nacional Sede La Paz (Cesar) “en este departamento históricamente violento, necesitamos educarnos para la paz, no alrededor de los acuerdos de paz, sino desde la casa, desde cada uno de nosotros, desde las comunidades… esta debe ser una formación para todos, no solo para los niños”. 

Con procesos como este podemos imaginar un Cesar donde cada comunidad tenga voz en el diseño de su futuro, donde la educación refleje y respete esta diversidad, y donde el arte y la cultura sean reconocidos como elementos esenciales para el tejido social. En el Cesar, y Colombia en general, necesitamos construir un proyecto de desarrollo común que trascienda las diferencias y aproveche nuestra diversidad como una fortaleza. 

Por: Diálogos Territoriales sobre Desigualdad.

Categories: Especial
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