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Dolis Montero y la multiplicación de peces

Con las manos abiertas, así como recibe a todos sus clientes, la mujer agradece a Dios por lo próspero de su negocio familiar.

Mientras la mayoría de la ciudad duerme, los comerciantes ingresan de a poco a la plaza mercado que les brinda fuente de trabajo; organizan sus puestos, reciben los productos que venderán en su jornada y entre risas y uno que otro apretón de mano inician su labor.

La bulla de los mercaderes y los olores desagradables se entremezclan con el particular aroma que expele uno de los pabellones más visitados durante la época de Cuaresma en el sector del Mercado Público de Valledupar. Quien ingresa al Pabellón del Pescado, puede considerarse un aventurero que se enfrenta con un indescifrable río de especies traídas de diferentes regiones del país y del exterior.

Es allí en la parte trasera del antiguo Idema, donde en medio de aproximadamente 200 vendedores, Dolis Montero, la protagonista de esta historia, ha pasado casi 40 años de su vida entre ese inconfundible olor, el ruido de los cuchillos afilados, que se emplean para descamar el pescado, y personas que poco a poco se han convertido en su segunda familia.

Ya iniciaron los días de Cuaresma, y es que por estos días, así como el olor a incienso impera en las calles, en las iglesias se celebran constantemente conmemoraciones eucarísticas y los fieles asisten a las procesiones, en el preámbulo de la Semana Santa, también es tradicional el alto consumo de pescado en platos especiales para deleitar a familiares y visitantes.

Los que guardan la tradición católica eliminan la carne roja de sus mesas y le dan paso al pescado en todas sus presentaciones: frito, asado, en viuda y guisado; platos que suelen darse con mayor frecuencia desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Resurrección y fecha en la que Doris disfruta de unas altas ventas.

En su puesto de venta, doña Doris preparará con más ahínco, junto con sus tres hijos, los peces que ofrecerá a sus clientes, desde las 4:00 de la madrugada hasta las 9:00 de la mañana.

Los precios varían un poco por la temporada. La mojarra está en $14.000 el kilo cuando antes estaba a $10.000. El bagre sin cabeza se consigue a $18.000 y antes estaba a $16.000; el bagre con cabeza está en $16.000, precio que sigue igual; el bagre seco está a $24.000 y antes costaba $20.000.

Entre todos el Bocachico está más caro, desde $5.000 hasta $20.000 pesos la unidad, dependiendo el tamaño; le sigue la cachama a $6.000 el kilo.

“A mí, gracias a Dios, me ha ido muy bien, he levantado a mis hijos con el producto del pescado, tengo mi casa propia y considero que ser una fiel devota de la iglesia católica y creyente en la virgen me ha ayudado a ser una persona próspera”, contó la comerciante.

Así como el médico no trabaja sin su impecable bata y su estetoscopio, esta mujer de baja estatura, con ojos verdes y sonrisa amplia, diariamente luce un delantal blanco, un gorro protector en su cabeza y el raspador; herramientas infaltables en su día a día para además administrar un negocio con la habilidad propia de quien tiene cuatro décadas de experiencia.

Anteriormente, las condiciones bajo las que Doris vendía el producto no eran las mejores; chasas de madera y zinc, rodeadas de barro húmedo, era el panorama para la mujer y su esposo, pero fue ahí desde ese precario lugar donde consiguieron tener un crédito con el que pagaron su puesto en el Pabellón del Pescado.
“Yo empecé trabajando alrededor del estadio de fútbol, las condiciones no eran las mejores, en ese entonces el pescado no costaba nada, tan solo de 100 a 200 pesos, ahora afortunadamente el pescado se ha valorizado”, contó Doris.
Del puesto de pescado, ubicado a las afuera de la plaza, hoy vive ella y tres de sus siete hijos. Un trabajo nada fácil para esta mujer cabeza de hogar, pero el que le ha dejado muchos amigos y felicidad.

“A mí me encanta mi trabajo, uno acá se ríe mucho con los compañeros, conoce personas de toda clase, gana bien, aunque anteriormente se ganaba más, y solo trabajamos una jornada, qué más podemos pedir”, relató.
Quien se encuentra igualmente agradecida por los años de trabajo es Jenny Barraza. Esta mujer de cabello rubio y de hablar pausado ha laborado en la plaza durante más de 10 años. Para ella, lo mejor de dicho sector es que le ha dado mayor tiempo, con el que no contaba como impulsadora, y también disfruta trabajar en familia.

Volviendo a Doris, la forma en que ella cuenta su vida, hace pensar que los problemas y las circunstancias difíciles nunca han hecho parte de ella, pero la realidad es otra, como muchos vallenatos, Doris también ha sido víctima de la delincuencia y otras vicisitudes.
“En repetidas ocasiones he sido víctima de atracos, una madrugada, esperaron que abriera la puerta de mi casa a las 4:00 de la mañana y varios hombres nos encerraron, fue horrible porque además de robarnos, nos golpearon por todos lados, pero gracias a Dios no atentaron contra la vida de mis seres queridos”, recordó.

Con la autoridad que le dan los años de experiencia, esta afable mujer asegura que el negocio del pescado ha cambiado, los problemas climáticos han incidido en la disminución de las ventas, pero se ha mantenido gracias al apetecido alimento que ofrece, gracias a su fe y a la de miles de católicos que aún mantienen la dieta de la Cuaresma.

Los que guardan la tradición católica eliminan la carne roja de sus mesas y le dan paso al pescado en todas sus presentaciones: frito, asado, en viuda y guisado; platos que suelen darse con mayor frecuencia desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Resurrección.

Por Jennifer Polo / EL PILÓN

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