X

Conversión de lo operativo en temático

Si algo nos da valor agregado como personas, ese algo para el caso, lo es la educación. El asunto de fondo es que no todo lo que aparenta educación es tal, al punto que mucho de lo que se tramita y vive en los espacios institucionales donde transcurre la llamada educación formal, es paradójicamente alienante, es decir, como que en vez de educar, des-educa; empezando por el hecho de que muchos de los protagonistas del acto de enseñar -sin saberlo!-, operan como piezas de un intricado engranaje que los subsume y que están lejos, intelectualmente, de comprender.

Precisemos: En estricto sentido, la educación efectivamente afirma su ser, su consistir, sólo en tanto hace, permite, abona, para que el sujeto educando piense por sí mismo, y se arriesgue, interviniendo en su propio devenir. Si esta dimensión no se va realizando, educación no se da. Más, puede que sí haya amaestramiento, y que opere aun eficientemente la instrucción.

De otra manera, a más de comprender y aplicar desarrolladoramente lo propio de los saberes disciplinares, el aprendiente ha de observar en su proceder y actuar social, que se está transformando en un ser de razón, en sujeto que ejerce su mayoría de edad. Por tanto que puede abordarse así mismo, cuestionándose parcelas de su discurso y práctica.

En consecuencia puede des-aprender. Desmontar esquemas, estereotipos. Y esta especial cualidad o competencia lo torna un sujeto que interroga y, al hacerlo (referido al mundillo de sus propias nociones y comportamientos como a las cosas que antes sencillamente le estaban dadas), amplía su campo u horizonte temático, reduciendo los predios de lo puramente operativo, aquello que escapa a sus dominios intelectuales.

El impacto es sencillamente desmesurado. Y es lo que puede ocurrir -y explica-, que culturalmente se operen procesos de transformaciones significativas en los individuos: Que el machismo empiece a ceder, dando lugar a posturas flexibles, dialogantes, en esta sensible cuestión. E igualmente en otras áreas. Pero ello, claro, demanda maestría, imaginación, creatividad, consistencia formativa, y un universo inagotable de lecturas, asumidas como trabajo y fuente de fruición intelectual por parte de quienes tienen la delicada responsabilidad de acompañar la educación de los otros, educándose al tiempo. El educador, inscrito en tal proceso, visualizándose en él, debe explícitamente hacer un canje: Disminuir el componente punitivo, coercitivo y disciplinarista; autoritario. Y aumentar su capacidad de argumentar, de demostrar. Ganar ascendencia cultural sobre sus discípulos, y eso solo se logra con riqueza y sustancialidad a través de la palabra, con pedagogía.

El educador está obligado a que su currículo expreso e intencional no sea objeto de conspiración por su currículo oculto. Es decir, por el mundo de baratijas ideológicas que han estado en el fondo de su crianza y de su “educación”.

Categories: Columnista
admin: