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Así cantó Gabo

Hay ironías excepcionales que el destino y el tiempo —si es que no son lo mismo— a veces nos permiten apreciar. Gabriel García Márquez, cuando ese nombre aún no significaba nada, fracasó como vendedor de libros en las desoladas y ardientes poblaciones del Magdalena Grande. Años después se convertiría en uno de los escritores de mayor éxito en ventas en el mundo.

Valledupar fue una de esas poblaciones donde Gabo intentó ganarse la vida vendiendo libros a plazos, y a ella siempre volvió, pues su cultura y cotidianidad estaban —y lo están aún— mediadas, ciento por ciento, por la música vallenata, o sea, por literatura cantada, la que él difundió y homenajeó en Cien años de soledad.

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El carácter narrativo y poético del vallenato cautivó a Gabo desde que era un niño y un joven en Aracataca y en pueblos de la Costa, aquellos que él recorrió como fueron también recorridos por los juglares que cantaban noticias al son de un acordeón.

El canto vallenato de antaño es la obra del hombre que ama el sol que despunta por los amaneceres y que encuentra placer en el aleteo de las aves, el bramido de los toros y la lluvia sorpresiva que, en los extensos pastizales, atenúa el calor e inunda de melancolía el corazón. De ahí que le gustara tanto esta música, de ahí lo que escribió en una de sus columnas: “No sé qué tiene el acordeón que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento”.

En esa región se le vio en parrandas y como jurado en los festivales de 1983, seis meses después de haber ganado el Premio Nobel de Literatura, y en 1992, una ocasión llena de anécdotas. En aquel entonces el Festival de la Leyenda Vallenata cumplía 25 años de fundado.

Por ser una fecha especial, su presidenta, Consuelo Araújo Noguera, la Cacica, para la final de acordeoneros profesionales convocó a un jurado de quilates: Gabo, Juan Gossaín, el juglar Luis Enrique Martínez, Enrique Santos Calderón y el rey vallenato de ese momento, Julián Rojas.

Durante el festival, en Valledupar se percibe gran entusiasmo, mezcla de canto, nostalgia y whisky –lo que allá es lo mismo–. Gabo llegó sin hacer mucho ruido a esta ciudad de parrandas infinitas y la Cacica le dijo al verlo que debía ponerse una camisa guayabera para la final del certamen, ¡que cómo era posible que no!, pero el premio Nobel no había llevado ninguna. Sencillo: mandaron a buscar a la modista Maritza Cabas.

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“Yo no sabía a qué iba, y cuando veo es a García Márquez. Recuerdo que dijo: ‘Esta es la única mujer que me ha tomado las medidas a mí’. Fue una camisa blanca, mangas largas, talla M y con bordado manual, de calado, en tela olán de hilo. Me la pidió holgadita. Yo creo que esa camisa pudo haber costado veinte mil pesos. Después le hice otras cuatro. Sinceramente no recuerdo que me las hubieran pagado (risas). Pero yo quedé muy contenta, porque en la vida no todo es plata. Dondequiera llego la gente dice: ‘Ve, la que le hizo la camisa a Gabo’. Gracias a esa camisa me llegaron muchas más”, dice la modista.

Con su guayabera nueva, el escritor llegó a la tarima Francisco el Hombre, en la plaza Alfonso López, a calificar a los tres finalistas: Jesualdo Bolaños, Gabriel Julio y Álvaro López.

Juan Gossaín recuerda de aquella noche una sentencia del Nobel: “Cuando estaban los concursantes interpretando la puya vallenata, que es el más rápido de los cuatro sones, Gabo se volvió hacia nosotros, los demás jurados, y nos dijo con una voz de tristeza: ‘La puya se está muriendo. Ahora la tocan con una velocidad tan frenética, que parece un ataque de epilepsia’”.

Quienes compartieron con él aquella vez, recuerdan que se tomó en serio su labor de jurado, pues al calificar las presentaciones explicó cómo debía tocarse el verdadero vallenato, con una clara cadencia y marcando bien la nota.

Gabo estaba muy concentrado, como en una ceremonia especial viendo tocar a la materia prima del vallenato. Tomó muchos apuntes, como si fuera a escribir algo. En la exposición que hizo ante los otros jurados, iba mirando lo que había escrito. Al fin y al cabo periodista”, recuerda Juan Rincón Vanegas, jefe de prensa del festival.

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A las 4:00 de la tarde de aquel 2 de mayo el acordeonero Álvaro López estaba practicando en una casa al lado de la plaza cuando le dijeron que entre el jurado estaría García Márquez.

Supe ahí que el festival nos la estaba poniendo difícil, porque ante un jurado de esa talla había que hacer una muy buena presentación. Con esos personajes nos echaron la soga al cuello”, dice Alvarito, como se le conoce, 25 años después.

Y agrega: “Tratándose de ellos, tuve claro que iban a calificar el vallenato puro, y que dada su talla, no se dejarían manipular por nada ni por nadie. Fue una tarde linda, parecía que Dios estaba más cerca de mí porque hacía fresco”.

Y así fue. Alvarito interpretó la puya El pájaro de mi abuela, el son Pueblo vallenato, el merengue Rosita y el paseo La Loma. “Antes de empezar a tocar, sonaron unos fuegos artificiales y García Márquez se asustó, creo que pensó que podía tratarse de un atentado. Se paró de la silla y se quedó mirando desconcertado, como quien dice: ‘Mierda, ¿qué pasó? La tirotera’. Yo también me asusté (risas)”, dice el músico.

Terminadas las presentaciones, el jurado bajó al sótano de la tarima a deliberar a puerta cerrada. Ahí, Gabo le preguntó a Gossaín cuál era el vallenato que más le gustaba, a lo que este respondió que eran “muchos, muchísimos”.

El Nobel insistió en que le mencionara uno. “Le dije que la Elegía por Jaime Molina, de Rafael Escalona. ‘¿Por qué escoges ese?’, volvió a preguntarme. ‘Porque me estremece el alma oír a un hombre que se ofrece a morir en lugar de su amigo. Y porque es un son perfecto: lento, desgarrador, nostálgico’. Entonces nos miró a todos los demás y dijo: ‘Ese es mi canto favorito’. Y le pidió a Julián Rojas que trajera su acordeón, que estaba sobre un escritorio, al lado nuestro. Julián empezó a tocar. Y se arranca Gabo: ‘Recuerdo que Jaime Molina, cuando estaba borracho…’. Qué voz tan bella tenía, una voz profunda, pausada, amorosa. El maestro Luis Enrique Martínez le hizo coro. Malhaya no haber tenido ahí una grabadora. Veinte años después, en Cartagena, nos encontramos en una fiesta. Apenas me vio, Gabo le pidió a una señora guitarrista que tocara aquella canción. Y la cantamos en coro. Tengo en mi casa una foto de ese momento”, recuerda Gossaín.

Es verdad que tenía buena voz, considera Cecilia ‘la Polla’ Monsalvo, expresidenta del festival. “Fue una gran sorpresa para los que estábamos ahí, porque nunca lo habíamos oído cantar; conocíamos su obra literaria, mas no su voz cadenciosa. Sin ser cantante, sabía manejar la voz. La imagen que tengo de él esa noche, es la de una persona con mucha sabiduría, la sabiduría de la gente de pueblo”.

Julián Rojas, otro de los jurados, lo corrobora: “También cantó El Testamento, y lo de la buena voz era lógico, porque él, como escritor vinculado a nuestro folclor, entendía muy bien la armonía del vallenato”.

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Alvarito López fue coronado esa noche Rey Vallenato. ¿Y por qué ganó? Porque tocó con pausa, con fortaleza y le dio mucha melodía a los cuatro aires. Era claro que al jurado no le gustaba el vallenato acelerado. El rey, perteneciente a la respetada dinastía López, comprendió bien la situación, se la jugó y ganó.

“¡Que a uno le nombren a un Premio Nobel de Literatura como jurado, lo engrandece a uno y engrandece a nuestro folclor! Eso es inolvidable. ¿Qué más puedo pedir? Solo salud”.

Gabo hizo, en muchas páginas de sus más reconocidas novelas, descripciones fascinantes y construyó diálogos de tanta riqueza oral que, tanto estos como aquellas bien pudieron ser el argumento de canciones vallenatas.

Es la música de su sangre, de sus ancestros, de su tierra –afirma Gossaín–. Yo siempre he dicho, y discutido, que el vallenato es más un género literario que un género musical. Daniel Samper Pizano lo dijo mejor que yo: ‘Para llegar a García Márquez, hay que pasar primero por Escalona’. El vallenato es la cuna en que se meció Macondo. En 1972, cuando el boom mundial de su novela estaba en el apogeo, le hice a Gabo una entrevista en Barranquilla, que fue publicada en El Espectador, y le pedí que me diera una definición de su propio libro. Se quedó pensando. Me dijo: ‘Cien años de soledad no es más que un vallenato de 350 páginas’”.

La modista Maritza Cabas, con ese marcado acento valduparense tan cercano al canto, y como parafraseando un vallenato en esta tierra donde hasta las modistas parecen ser artistas, dice: Ya no coso con el afán de antes; la vida va cambiando, los años le van cayendo a uno”.

Y lanza un por si acaso, una pintura caribeña que a Gabo le hubiera arrancado una sonrisa por jocosa y espontánea: “En esa época yo tenía muchas necesidades… bueno, todavía las tengo, así que si me pagaran ahora aquellas camisas que me quedaron debiendo, caería muy bien (risas)”.

Por Carlos Marín Calderín / Cronista y editor

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