15 agosto, 2020

Un acordeón para ‘Colacho’

La gesta de los hermanos Pavajeau y la historia de las amistosas confrontaciones de los primeros acordeoneros que se citaban en el Valledupar de la época en lid de indomables notas de acordeón.

En un clásico Willy: Darío Pavajeau, Hugues Martínez y 'Colacho' Mendoza.

FOTO/CORTESÍA.

El reloj marcaba las nueve y treinta de la mañana cuando le dejaron  caer el pesado aldabón de cobre sobre una de las hojas de la puerta elaborada en cedro. El viejo Roberto habló en voz alta para que la empleada abriera la puerta,  ella dejó el oficio y salió rauda a ver quién era.  El viejo con oído de tísico escuchó cuando preguntaron por él y con el mismo tono de voz le dijo: “Cunse,  déjalo entrar que ese es mi compadre Juan Muñoz”.

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Juan siempre visitaba a Roberto Pavajeau Monsalvo cuando venía a Valledupar a hacer alguna diligencia procedente de San Diego, lugar donde habitaba. Un hombre menudito, de tez morena, ojos negros saltones, cabello hirsuto del mismo color.

Juan era un avezado acordeonero que tenía fama por las regiones del Valle gracias a sus encuentros musicales con Fortunato Fernández,  su tío, acordeonero extraordinario  de quien Juan aprendió a ejecutar el aire de puya, ritmo al que pulió y dio verdaderos patrones musicales. 

 Autor de la puya la ‘Vieja Gabriela’, con la cual tuvo la oportunidad de derrotar al diablo cuando le salió una noche de parranda camino a su finca en la vereda El Rincón, corregimiento de Media Luna. 

 Juan  se volvió un hombre  célebre  trabajando en el  correo nacional de Colombia, llevando y trayendo buenas y malas noticias procedentes de los pueblos  entre Valledupar y    Fundación.  En ese trayecto, a orillas del Garupal, compuso el hermoso merengue ‘La Estrella’.

‘La Cacica’ Consuelo Araújo, Darío Pavajeau, ‘Poncho’ y ‘Emilianito’,’ Gabo’ y el maestro Escalona. FOTO/CORTESÍA.

Quiero aclarar que Juan Muñoz fue el único acordeonista que laboraba en el correo nacional de Colombia, a diferencia de los otros músicos que se desplazaban de pueblo en pueblo a lomo de burro animando las “velaciones” y fiestas patronales con el único afán de parrandear y engendrar hijos como Dios manda. 

En Valledupar eran famosos y frecuentes los encuentros entre acordeoneros de la región dando origen a grandes confrontaciones musicales y famosas piquerias. 

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Acudían Fermín y Luis Pitre de Fonseca;  Francisco ‘Chico’ Bolaños y su hermano Mauricio de El Molino, La Guajira;  Emiliano Zuleta Baquero y Toño Salas de El Plan;  Juan López y Carlos Noriega de La Paz; de San Diego, Juan Muñoz y Fortunato Fernández. 

Lorenzo Morales de Guacoche; Efraín Hernández y Chiche Guerra oriundos de Valledupar; Eusebio ‘Chevo’ Ayala de Camperucho, y Fulgencio Martínez de Valencia de Jesús; todos ellos y otros  respondían al llamado que hacían personajes y líderes de la sociedad vallenata con quienes armaban parrandas y piquerias interminables. 

Cada familia por lo general tenía un acordeonero de cabecera.  Lorenzo Morales, de Guacoche, su mecenazgo lo ejercía el magistrado Hernando Molina Maestre; la representación del acordeonero Juan Muñoz lo ejercía Roberto Pavajeau Monsalvo; ‘Chico’ y Mauricio Bolaños en casa de Eloy Quintero Baute; Fortunato Fernández  protegido de Ciro Pupo Martínez;  Fermín y Luis Pitre grandes amigos de Aníbal Guillermo y Juancho Castro Monsalvo; Francisco Valle, un parrandero a carta cabal, quien ejercía un compadrazgo con Chiche Guerra y Efraín Hernández y Chevo Ayala.     

Si bien es cierto que la música tradicional vallenata ejecutada en acordeón no tenía el beneplácito de otras expresiones  musicales, que en su momento ejecutaban todos los aires comerciales  que se escuchaban en la región, las familias vallenatas ejercieron un mecenazgomaravilloso, muchas veces descalificado por algunos escritores e investigadores que  tildaron de excluyentes a los miembros del Club Valledupar porque a través de una resolución no permitían el acceso de los conjuntos de música tradicional vallenata al centro social, porque su junta directiva en cabeza de Juancho Castro Monsalvo, presidente, había impuesto esta normatividad.   

Sé que una razón poderosa de las directivas del club para evitar el acceso de los conjuntos vallenatos al interior de su sede fue disciplinaria, para evitar que algunos socios indomables como ‘Alvarito’ Molina y ‘Poncho’ Castro birlaran las reglas.

Lo que no saben los contradictores es que ‘Juancho’ Castro Monsalvo fue un insigne parrandero, amigo incondicional del extraordinario acordeonero mariangolero Saúl Betín y ‘Juancito’ Granados, el ‘Gallo de Camperucho’. Juancho  murió en un accidente de tránsito cuando su Jeep se volcó cerca de Guaimaral cuando regresaba de sus fiestas patronales.

Una buena pregunta sería si en esa misma época en el Club Cartagena, en el Club San Fernando en Cali o en el  Club Unión de Medellín, permitieron el ingreso o animaban sus fiestas con grupos de gaitas folclóricas de las sabanas de Bolívar  o de grupos de música folclórica colombiana. No señores.

Los clubes sociales siempre utilizaron  orquestas o agrupaciones musicales tipo Banda Americana, orquestas como la de Lucho Bermúdez, Rufo Garrido, la Orquesta de Toño Fuentes, Pacho Galán, Pedro Laza y sus Pelayeros; Reyes Torres de Villanueva y Pello Torres de Sincelejo eran contratados por todos los clubes del país para animar sus noches de bailes.  La música folclórica colombiana jamás fue contratada para amenizar estos eventos, dado que su repertorio era muy escaso y no interpretaban la música comercial bailable del momento.

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Juan Muñoz y el viejo Roberto conversaban debajo de la troja que estaba ubicada en el centro del patio, saboreando un café con jengibre que les trajo la Cunse.  Hablaban de los últimos sucesos acaecidos en San Diego y de los adelantos realizados en su finca de El Rincón.

‘El Turco’ Pavajeau

En ese momento Juan lo interrumpió para decirle que venía al Valle en busca del gerente de la Caja Agraria para que le enviara un visitador y le evaluara la finca para conseguir un crédito y comprar unas novillas para agrandar su lechería.

Él le increpó: “No se preocupe compadre que ya le llamo al gerente para arreglar este asunto”.  El viejo ‘Robe’ le recordó con pelos y señales la quema del carro Ford modelo 36 que había quedado hecho cenizas en una curva antes del puente Salguero cuando regresaba de San Diego en una noche de jarana con Juan Muñoz y sus amigos.

Rita Molina caminaba de un lado para el otro dentro de la alcoba  arreglando las maletas de sus dos hijos, Darío y el ‘Turco’ que viajarían al otro día para Medellín a estudiar en el colegio de La Bolivariana.  Acomodó en el fondo de las maletas los pantalones y camisas en los bolsillos de los costados las medias, interiores y pañuelos marcados con las iniciales de cada uno para que no se confundieran.

Para Darío y el Turco era difícil emprender este viaje donde se desprendían de su entorno parrandero, dejar a Jaime y Alvarito Molina, Jaime Ackerman, Poncho Castro, Luis Joaquín Pumarejo y a Nicolás Elías “Colacho” Mendoza que trabajaba con ellos  trayendo la leche desde Jericó y Punta e’ Piedra  en el jeep Willy de la familia. A “Colacho” lo llevó a laborar a la casa Pavajeau Molina Armando “El Yío”. Esta historia es interesante porque nadie se percató ni si quiera Tía Rita, para que Darío con la agilidad de una ardilla, sustrajera del escaparate de sus padres veintiocho morocotas bañadas en oro de 21 quilates y las camuflara dentro de las  medias en el bolsillo que ya había arreglado su mamá.

La parranda del día anterior había surtido efecto y el crédito había sido aprobado por el gerente para que Juan Muñoz comprara 10 novillas y aumentara su incipiente ganadería. Darío y el Turco con dolor en el alma se habían desprendido de sus amigos y acordeoneros de cabecera “Lucho” Castilla, Pedro y Florentino Montero pero especialmente de “Colacho” quien ya hacía parte de la familia.  Al llegar a Medellín se encontraron con nuevos amigos provincianos y vallenatos que estudiaban allá, Gustavo Gutiérrez, Tom Mejía, Alfredo Cuello, “Miguelito” Pimienta, Rafael “El Negro” Amarís, Alfredo y Rodolfo Martínez entre otros, quienes fomentaron en parrandas estudiantiles, la música Vallenata en la ciudad de la eterna primavera.

Mercedes Barcha, ‘Gabito’ y Darío Pavajeau

A pesar de todo el guayabo que por su tierra y su gente sentían, la imagen de “Colacho” no podía salir de sus recuerdos y decidieron de mutuo acuerdo comprarle un acordeón. Todos los domingos de la mesada se descontaban cinco pesos para pagar el acordeón de dos teclados y medio color gris, que costaba doscientos mil pesos  en la “Casa Conti”. Pronto llegaron las vacaciones y los ahorros no alcanzaron para comprar el instrumento pero ellos notaron que Darío tenía un movimiento de plata y nadie sabía su procedencia, pero el Turco de manera sigilosa se percató de su procedencia y supo que Darío y “Miguelito” Pimienta quien lo acompañó calladamente  había vendido las 28 morocotas por ciento cuenta mil pesos en la “Joyería El Cronómetro” y le exigió que con parte de ese dinero completaran para comprarle el acordeón a “Colacho”. 

El cupo del avión lo logró el “Yuco” Martínez en un DC-3 de Avianca con 28 pasajeros que salió de Medellín rumbo a  Valledupar. Después de tres horas y medias se abrieron las puertas de la aeronave a la una de la tarde en el aeropuerto Alfonso López y los últimos en salir fueron los hermanos Pavajeau que traían en sus manos el estuche con el acordeón de Colacho.  En la escalerilla del avión estaban esperándolos Manuel Narciso Martínez, Pedro Gloria, Álvaro Brugés, Colacho y Rafael Escalona, quienes armaron una algarabía entre abrazos y risas entregándole el dos hileras y media a Nicolás Elías quien ejecutó la Custodia de Badillo acompañado de Cirino Castilla en la caja y José de la Cruz Guerra “Compa Crú” en la guacharaca.

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Terminado el recibimiento abordaron los Willys perdiéndose en las calles polvorientas del Valle, parte del grupo fue a parar a la arrocera de los Gloria, arriba en la calle de hurtado donde permanecieron hasta las siete de la noche cuando tocaron el eslabón de cobre de la puerta de su casa con las maletas en la mano y el viejo “Robe” les abrió la puerta de cedro y exclamó: ¡Carajo al fin se les ocurrió venir a saludarnos!

Los Pavajeau en cabeza de su padre el odontólogo Roberto Pavajeau Monsalvo, fueron y continúan siendo una familia que ejerció un mecenazgo increíble para conservar, preservar y difundir la música tradicional vallenata.  Armando “El Yío”, Darío y el “Turco” sobre todo estos dos  últimos, regaron el vallenato por todas partes, gente de puertas abiertas sin distingo de razas ni colores cuando de música se trata, amigos de sus amigos y sin dudarlo fueron piezas fundamentales para la creación del Festival de la Leyenda Vallenata.

POR: EFRAÍN ‘EL MONO’ QUINTERO/EL PILÓN