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Columnista - 26 marzo, 2010

Televisión y política

Por: Raúl Bermúdez Márquez En 1960 en Estados Unidos se enfrentaron por primera vez en un debate televisado los nominados presidenciales de los dos grandes partidos, Richard Nixon, por el partido Republicano y John F, Kennedy por el partido Demócrata. En el primero se trataron temas domésticos, pero la atención de los 80 millones de […]

Por: Raúl Bermúdez Márquez

En 1960 en Estados Unidos se enfrentaron por primera vez en un debate televisado los nominados presidenciales de los dos grandes partidos, Richard Nixon, por el partido Republicano y John F, Kennedy por el partido Demócrata.
En el primero se trataron temas domésticos, pero la atención de los 80 millones de televidentes se concentró más en la imagen de los presidenciables. Richard Nixon rechazó ser maquillado por considerar que eso no era algo suficientemente masculino. Pálido y mal afeitado, dio la imagen de un hombre desaseado. Para completar, aún no estaba recuperado de una infección de rodilla que le había mantenido convaleciente bajo un tratamiento de antibióticos que lo llevó a perder varios kilos. En contraste, el telegénico senador John F. Kennedy proyectó una imagen limpia y resplandeciente. Los debates tuvieron un enorme impacto en el resultado electoral.
Según los análisis de opinión de la época, más de la mitad del electorado admitió que los debates influyeron en su voto, y un 6% declaró que los debates, y nada más que los debates, definieron su voto.
Desde entonces, los debates televisados no sólo se han convertido en un hito dentro de la historia de las campañas electorales sino que ha pasado a simbolizar el poder político de la televisión.

Todo ello es resultado de la preeminencia de la imagen frente a la dimensión ideológica en los debates electorales. Muy pronto, Alemania, Suecia, Finlandia, Italia y Japón, se sumarían a la moda de los debates electorales televisados.
Colombia no es la excepción. El martes pasado, RCN Televisión reunió a 7 de los candidatos actuales en un gran debate, –que excluyó de manera discriminatoria a dos candidatos, entre ellos al vallenato Jaime Araujo-, y la duda que nos asalta es si éstos eventos, como en el caso Nixon-Kennedy, van a ser determinantes en el resultado electoral final.

Diferentes autores presentan perspectivas contrarias en cuanto a la trascendencia real de este medio audiovisual en los procesos electorales. Esto se debe a que no hay ningún método que permita constatarla con rigor ya que la influencia televisiva depende de cada elección y cada votante en particular. Así las cosas, la pregunta pertinente sería, ¿En las características particulares del actual proceso, los debates televisivos aportarán en la decisión final de los electores colombianos?.
Conocedores del tema opinan que ante la salida de Uribe del abanico, la franja de indecisos se creció ostensiblemente y – por ello-, estos debates son cruciales para ganar adeptos y para atraer a muchos abstencionistas que constituyen alrededor del 40% del censo electoral.
En ese contexto, el analista de Semana, Camilo Rojas, clasificó en tres grupos a los candidatos después del debate: los que fueron claros, originales y espontáneos y por tanto podrán esperar un repunte en su favorabilidad ,  -Petro, Mockus y Santos en su orden-; los que no trascendieron más allá del lenguaje estereotipado que coarta la originalidad y la espontaneidad y resultaron ineficaces para  impresionar al televidente, seguirán estancados en sus guarismos – Vargas Lleras, Pardo y Fajardo-; y la que definitivamente fue presa de los nervios y se enredó solita en los vericuetos de sus dudas, –Noemí Sanín-, lo cual la lleva a sembrar inquietudes en el electorado sobre su verdadero temple de estadista.
De todas maneras, los debates televisivos con un formato como el que se presentó, no permite ahondar en los temas, y esa limitación impide que se reflejen de manera nítida las diferencias entre los candidatos. ¿Qué se puede decir en un minuto sobre la estrategia para enfrentar el grave problema del desempleo, o de la política agraria, o sobre la educación? Ojalá, para los debates del futuro, se abordara sólo una problemática, –o máximo dos-, de manera que los candidatos no se vean tan presionados a hacer un complicado ejercicio de síntesis y de esa manera, el televidente pueda decidirse no por los gestos, el vestuario o el maquillaje sino por la seriedad, pertinencia y viabilidad de las propuestas de gobierno que cada uno enarbola.

[email protected]

Columnista
26 marzo, 2010

Televisión y política

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Raúl Bermúdez Márquez

Por: Raúl Bermúdez Márquez En 1960 en Estados Unidos se enfrentaron por primera vez en un debate televisado los nominados presidenciales de los dos grandes partidos, Richard Nixon, por el partido Republicano y John F, Kennedy por el partido Demócrata. En el primero se trataron temas domésticos, pero la atención de los 80 millones de […]


Por: Raúl Bermúdez Márquez

En 1960 en Estados Unidos se enfrentaron por primera vez en un debate televisado los nominados presidenciales de los dos grandes partidos, Richard Nixon, por el partido Republicano y John F, Kennedy por el partido Demócrata.
En el primero se trataron temas domésticos, pero la atención de los 80 millones de televidentes se concentró más en la imagen de los presidenciables. Richard Nixon rechazó ser maquillado por considerar que eso no era algo suficientemente masculino. Pálido y mal afeitado, dio la imagen de un hombre desaseado. Para completar, aún no estaba recuperado de una infección de rodilla que le había mantenido convaleciente bajo un tratamiento de antibióticos que lo llevó a perder varios kilos. En contraste, el telegénico senador John F. Kennedy proyectó una imagen limpia y resplandeciente. Los debates tuvieron un enorme impacto en el resultado electoral.
Según los análisis de opinión de la época, más de la mitad del electorado admitió que los debates influyeron en su voto, y un 6% declaró que los debates, y nada más que los debates, definieron su voto.
Desde entonces, los debates televisados no sólo se han convertido en un hito dentro de la historia de las campañas electorales sino que ha pasado a simbolizar el poder político de la televisión.

Todo ello es resultado de la preeminencia de la imagen frente a la dimensión ideológica en los debates electorales. Muy pronto, Alemania, Suecia, Finlandia, Italia y Japón, se sumarían a la moda de los debates electorales televisados.
Colombia no es la excepción. El martes pasado, RCN Televisión reunió a 7 de los candidatos actuales en un gran debate, –que excluyó de manera discriminatoria a dos candidatos, entre ellos al vallenato Jaime Araujo-, y la duda que nos asalta es si éstos eventos, como en el caso Nixon-Kennedy, van a ser determinantes en el resultado electoral final.

Diferentes autores presentan perspectivas contrarias en cuanto a la trascendencia real de este medio audiovisual en los procesos electorales. Esto se debe a que no hay ningún método que permita constatarla con rigor ya que la influencia televisiva depende de cada elección y cada votante en particular. Así las cosas, la pregunta pertinente sería, ¿En las características particulares del actual proceso, los debates televisivos aportarán en la decisión final de los electores colombianos?.
Conocedores del tema opinan que ante la salida de Uribe del abanico, la franja de indecisos se creció ostensiblemente y – por ello-, estos debates son cruciales para ganar adeptos y para atraer a muchos abstencionistas que constituyen alrededor del 40% del censo electoral.
En ese contexto, el analista de Semana, Camilo Rojas, clasificó en tres grupos a los candidatos después del debate: los que fueron claros, originales y espontáneos y por tanto podrán esperar un repunte en su favorabilidad ,  -Petro, Mockus y Santos en su orden-; los que no trascendieron más allá del lenguaje estereotipado que coarta la originalidad y la espontaneidad y resultaron ineficaces para  impresionar al televidente, seguirán estancados en sus guarismos – Vargas Lleras, Pardo y Fajardo-; y la que definitivamente fue presa de los nervios y se enredó solita en los vericuetos de sus dudas, –Noemí Sanín-, lo cual la lleva a sembrar inquietudes en el electorado sobre su verdadero temple de estadista.
De todas maneras, los debates televisivos con un formato como el que se presentó, no permite ahondar en los temas, y esa limitación impide que se reflejen de manera nítida las diferencias entre los candidatos. ¿Qué se puede decir en un minuto sobre la estrategia para enfrentar el grave problema del desempleo, o de la política agraria, o sobre la educación? Ojalá, para los debates del futuro, se abordara sólo una problemática, –o máximo dos-, de manera que los candidatos no se vean tan presionados a hacer un complicado ejercicio de síntesis y de esa manera, el televidente pueda decidirse no por los gestos, el vestuario o el maquillaje sino por la seriedad, pertinencia y viabilidad de las propuestas de gobierno que cada uno enarbola.

[email protected]