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Especial - 8 diciembre, 2020

Serpa y las derrotas de la paz

La historia de cómo Horacio Serpa, como Quijote por la paz, sucumbió en sus más altas aspiraciones. Murió el 31 de octubre. 4 años han pasado de la firma de los acuerdos con las Farc.

Horacio Serpa, en el Congreso de la República.

FOTO/CORTESÍA.
Horacio Serpa, en el Congreso de la República. FOTO/CORTESÍA.

Es difícil encontrar un dirigente en Colombia que durante su trayectoria pública haya tenido tanto que ver con la búsqueda de la paz como Horacio Serpa. Desde sus inicios en Barrancabermeja, pasando por los diálogos de Belisario Betancur con las Farc, la paz con el M-19 en la era Barco, las negociaciones de Tlaxcala y Caracas en el gobierno Gaviria, hasta llegar a sus esfuerzos de reconciliación con las Farc, el ELN y las AUC como ministro del Interior de Samper.

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Después, su posición como candidato presidencial en 1998 y 2002, y finalmente su papel como senador y jefe de la bancada liberal en la implementación de los acuerdos del gobierno Santos con las Farc. Se puede afirmar, sin exageración, que el conflicto y la búsqueda de la paz acompañaron siempre la intensa carrera política de Serpa, desde sus inicios como manzanillo local en su querida Barranca, hasta el fin de sus 50 años de exitosa vida pública como estadista en Bogotá.

Resulta paradójico, entonces, que ese mismo compromiso, casi obsesión por la paz, que lo catapultó como figura nacional del liberalismo, fue precisamente el que le impidió llegar a la Presidencia de la República en las ocasiones en que estuvo cerca de ser elegido. Dos episodios muy concretos, en cada una de esas campañas, ilustran la coherencia y las convicciones de Serpa, y también los efectos negativos sobre sus aspiraciones de decisiones políticas y militares de las Farc.

En 1998, una semana antes de la segunda vuelta presidencial entre Serpa y Pastrana, las encuestas internas y las divulgadas en medios de comunicación otorgaban una ventaja de cuatro puntos al candidato liberal, tras un apretado y sorpresivo triunfo en la primera vuelta. Al interior del equipo de campaña no cabía duda de la tendencia ascendente. Serpa adelantaba una campaña con enorme arraigo popular y un discurso sencillo y fogoso, que llegaba a los sectores más pobres de la sociedad.

Horacio Serpa, César Gaviria y Juan Fernando Cristo. FOTO/CORTESÍA.

A pesar de la manguala que se montó contra su nombre, las acusaciones de representar la continuidad liberal y las maniobras para utilizar la economía en contra de su candidatura, se proyectaba como el sucesor de Samper en la presidencia. En una reducida reunión el fin de semana anterior a la elección, se analizó con el equipo de campaña qué podría suceder en la recta final que pudiera cambiar los resultados. Se concluyó que, ante la desesperación de los colombianos con la violencia y su anhelo de paz, solo una intervención directa de las Farc con un guiño hacia Pastrana podría voltear la elección.

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Sabíamos además que la campaña conservadora, a través de Álvaro Leyva, buscaba contactos con la guerrilla. La principal propuesta de Serpa era la búsqueda de la paz y de hecho su eslogan fue ‘El camino de la paz’. Se sugirió enviar mensajes directos a las Farc con el fin de asegurar que se abstuvieran de intervenir y él descartó esa posibilidad en un exceso de confianza y tranquilidad. En el fondo se negaba a aceptar que la vieja guerrilla actuara contra su aspiración, siendo un líder popular, progresista y amigo incondicional de las reformas sociales y la negociación política al conflicto.

En esa decisión también influyó que, en algunos sectores del establecimiento económico y político del país, Serpa era señalado y estigmatizado en forma falsa e injusta como amigo de la subversión.

Pocos días después, los colombianos veríamos por los medios de comunicación las imágenes de las Farc reunidas con Víctor G. Ricardo, hombre de confianza de Pastrana, en el famoso episodio del reloj. Ese día se definió la elección en favor del candidato conservador. Las Farc, desde su óptica, apostaban por “la oligarquía y el establecimiento” en su propósito de fortalecimiento político y militar, como se confirmó posteriormente con el fiasco del Caguán.

Aún recuerdo su desconcierto al conocer las imágenes del encuentro, que causó enorme impacto político y su reacción al señalar al día siguiente, cuatro días antes de la elección, “no soy el candidato del Mono Jojoy”. No había ya nada que hacer. Las Farc sentenciaron el resultado. Evitaron su llegada a la jefatura de Estado.

Años después, en marcha el proceso de San Vicente del Caguán, Serpa, como jefe del Partido Liberal, en oposición al gobierno de Pastrana, no dudó jamás en respaldar el nuevo intento de hacer la paz, en forma generosa, sin mezquindad, sin pasar cuenta de cobro, ni al Gobierno ni a las Farc, por la maniobra electorera con la que lo habían derrotado.

En medio de las dificultades, los escasos avances, la imposibilidad de definir una agenda, la pérdida de apoyo político y popular y las evidencias de que la guerrilla aprovechaba la zona de distensión para su fortalecimiento militar en todo el país, el jefe liberal apoyó sin condiciones ni cálculos políticos la negociación, incluso contra la presión de muchos dirigentes de su propio partido y asesores de su campaña, que cada día que pasaba veían más lejana la posibilidad de éxito en las conversaciones y consideraban que mantener su apoyo al proceso y al Gobierno era un suicidio político.

Serpa apoyó todos los intentos de diálogo con los grupos armados en Colombia. FOTO/CORTESÍA.

Sin embargo, Serpa no se apartó de su posición y con una impresionante coherencia política, escasa por estos tiempos, se mantuvo firme en su apoyo hasta el rompimiento definitivo, cuando ya su suerte electoral estaba sellada. A finales del 2001 aún encabezaba las encuestas, pero ya se percibía el ascenso de Uribe con un solo mensaje: acabar el Caguán y liquidar militarmente a las Farc.

La última oportunidad que tuvo de “rectificar” su posición política fue el 19 de enero del 2002, fecha que el gobierno Pastrana había impuesto como límite para que la guerrilla asumieran un compromiso claro con la negociación. Ese día tampoco lo hicieron y por el contrario expidieron una declaración sin anuncios y gestos concretos de paz. Varios dirigentes liberales insistimos a Serpa que quitara su respaldo a un proceso que agonizaba y al mismo tiempo arrasaba su candidatura, mientras fortalecía la de Álvaro Uribe.

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Después de horas de discusión en su apartamento del norte de Bogotá, decidió apoyar la posibilidad de paz para Colombia. Nadie más lo hizo. Con absoluta coherencia y consciente de que ese día anticipaba su derrota, afirmó ante quienes participábamos en esa dura discusión, “si los colombianos quieren elegir a alguien que haga la guerra, ese no soy yo”. Aún recuerdo el silencio en la sala y la mezcla de admiración y pesimismo que produjo su categórica frase.

En una de esas parábolas curiosas del destino, Horacio Serpa, jefe liberal de la oposición al gobierno conservador de Pastrana, quien apenas un año antes había liderado la convocatoria de un referendo para revocar el mandato del Presidente, se convirtió durante esa campaña en el candidato del gobierno que para la época tenía el rechazo de más del 80 por ciento de los colombianos.

Queda para el debate histórico el papel que jugaron las Farc en esas dos elecciones de fin y comienzo de siglo en Colombia. Sin duda, Serpa se hizo viable como candidato presidencial por su obsesión por la paz y ese mismo compromiso incondicional se convirtió en su mayor obstáculo para llegar a la jefatura de Estado. Las Farc truncaron su camino en 1998 con su guiño a Pastrana y en el 2002 de nuevo lo hicieron al desafiar al país e insistir en la confrontación armada.

Su aspiración, cosas de la vida, estaba atada al éxito de un proceso que arrancó en la segunda vuelta presidencial del 98 con el pacto electoral de Pastrana y la guerrilla.

Otros señalarán que el proceso 8.000 y su lealtad con Samper impidieron su triunfo. Y muchos más en esa campaña del 98 pensaban que más allá de las Farc o del 8.000, “el establecimiento no lo dejaría llegar a la presidencia por considerarlo un peligro”. Aún recuerdo las palabras de mi papá en la isla griega de Mikonos en junio del 97, pocas semanas antes de que el ELN lo asesinara y cuando Serpa punteaba de lejos en las encuestas: “Mijo, no se entusiasme, porque a Horacio no lo dejan llegar a la Presidencia. Se van a amangualar todos contra él”. Tristemente tenía razón. Tiempo después comenté a Serpa esa conversación y la afirmación de quien fue tal vez su mejor amigo en el Congreso y compañero de todas las batallas durante años. Se mostró conmovido y sorprendido.

Serpa apoyó todos los intentos de diálogo con los grupos armados en Colombia. FOTO/CORTESÍA.

Son momentos y decisiones precisas las que construyen la historia de las naciones. Finalmente, el destino y la voluntad mayoritaria de los colombianos no quisieron que Serpa gobernara este país. Tal vez Colombia hubiera sido distinta, tendríamos la paz firmada desde comienzos de siglo y nos habríamos ahorrado miles de muertos entre soldados, policías, guerrilleros y civiles inocentes.

Quince años después, la felicidad de Serpa con los acuerdos del Estado con las Farc era evidente, sin amarguras, sin rencores, sin recordar el papel que jugó la guerrilla en su contra en las dos elecciones en que lo derrotaron Pastrana y Uribe, hoy grandes enemigos del acuerdo de paz.

Por Juan Fernando Cristo.