4 abril, 2010

Semblanza de un hombre sencillo, alegre y trabajador

Hernando Molina Céspedes, el día que celebró sus 80 años. Perfil de  Hernando Molina Céspedes “¡Señora Muerte que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa!…” León de Greiff. El pasado jueves 1 de abril falleció, a sus 83 años, Hernando Molina Céspedes, uno de los vallenatos más queridos de todo el país, […]

Hernando Molina Céspedes, el día que celebró sus 80 años.

Perfil de  Hernando Molina Céspedes

“¡Señora Muerte que se va llevando
todo lo bueno que en nosotros topa!…”
León de Greiff.

El pasado jueves 1 de abril falleció, a sus 83 años, Hernando Molina Céspedes, uno de los vallenatos más queridos de todo el país, quien tuvo una participación singular en la creación del departamento del Cesar y en la gestación del Festival Vallenato. Fue el primer esposo de la periodista y escritora Consuelo Araujo Noguera, “La Cacica” y padre del ex gobernador Hernando Molina Araujo. EL PILÓN publica un perfil de Molina Céspedes, escrito por uno de sus hijos, el abogado Andrés Alfredo Molina Araujo.

Por: Andrés Alfredo Molina Araujo.

Ayer, un buen amigo de mi padre decía con gran tino que Hernando Molina Céspedes tuvo una vida extraordinaria. Yo añadiría que su vida estuvo colmada de muchas bendiciones del Señor.

Único hijo del matrimonio de Hernando Molina Maestre, el famoso Dr. Molina inmortalizado por Escalona en su singular canto “Juana Arias”, más conocido como la Patillalera; y de doña Mercedes Céspedes Maestre, mujer devota y cariñosa, heredera de la histórica casa en donde se firmó la independencia de Valledupar, fue siempre su ángel protector frente a la férrea disciplina conservadora que le impuso su padre el Dr. Molina. Su padrino de bautismo fue don Ciro Pupo Martínez, médico brillante y líder político muy querido en nuestra región. Con estos antecedentes, mi padre parecía estar predestinado por la Divina Providencia a cumplir un papel transcendente en la historia del país vallenato.

En su juventud,  Hernando fue de los pocos jóvenes vallenatos que tuvieron el privilegio de realizar sus estudios por fuera de Valledupar, cuando salir de aquí era toda una odisea que duraba semanas. Hernando estudió en Bogotá el bachillerato, en el Colegio Nuestra Señora del Rosario y luego derecho, en la Universidad Externado de Colombia, donde fue compañero de pupitre de su amigo, el maestro Fernando Hinestrosa Forero.

Disciplina militar

Su formación militar le permitió cultivar una disciplina de trabajo que fue fundamental para acometer los proyectos que realizó en vida. Como en la parábola de los talentos, Hernando obró como el siervo fiel y diligente que multiplicó los dones que le fueron dados por el Señor. A guisa de ejemplo, transformó la hacienda de sus padres – en ese entonces, rudimentarias parcelas sin mayor provecho – en una próspera empresa agropecuaria, fuente de empleo y de bienestar para la región. Hernando fue pionero en la tecnificación de la agricultura en nuestra región con las técnicas de cultivo que aprendió en sus correrías, como militar, por los Llanos Orientales, el Huila y el Tolima, y con la importación de maquinaria agrícola de última generación hasta entonces desconocida por estos lares.

También fue pionero en difundir y promover la música vallenata a nivel nacional, cuando ésta aún era vista como una música inferior no digna de admiración. Por medio de su amistad con un selecto grupo de prestantes amigos como Fabito Lozano, Jaime García Parra, Miguel Santamaría Dávila, Rafael Rivas Posada, Fabio Echeverry Correa, y Pacho Herrera, entre otros, Hernando –con el llamado grupo de los Magdalenos– contribuyó al ingreso del vallenato a los salones encopetados de la sociedad capitalina, y con ello, permitió cambiar positivamente la mirada que hasta entonces se tenía en el país sobre esta música de campesinos.

Pero, quizás, la mayor manifestación de la bendición de Dios sobre Hernando radica en las peculiares circunstancias de su matrimonio. En esa época, Hernando sufría de una úlcera gástrica que lo tuvo al borde de la muerte, y movido por un ánimo protector por Consuelo, –el amor de su vida– decidió, como última voluntad, contraer matrimonio in articulo mortis, es decir, en grave peligro de muerte. La misericordia de Dios no sólo lo salvó de visitar prematuramente el reino de Hades, sino que lo bendijo con una mujer excepcional que le colmó de amor y le dio cinco hijos: Hernando, María Mercedes, Rodolfo Augusto, Ricardo Mario y Andrés Alfredo, quienes hoy tienen la alta responsabilidad de continuar su legado y de no ser inferiores a la memoria de sus padres.

Un hombre sencillo

Hernando fue un hombre sencillo, que a través de su sencillez, Dios lo hizo grande. De una humildad única, trataba de igual manera a presidentes de la República como a los trabajadores de su hacienda. De una generosidad sin límites, Hernando dispuso siempre los medios a su alcance para grandes causas, entre ellas, la creación del departamento de El Cesar y del Festival Vallenato, proyectos éstos a los que él contribuyó con entusiasmo, al lado de Consuelo y de una generación de vallenatos progresistas, como Armando Maestre Pavajeau, Rafael Escalona, Crispín Villazón de Armas, Pepe Castro, Edgardo Pupo, Jaime y Álvaro Araujo, Julio y Rafael Villazón Baquero, Darío Pavajeau, Efraín y Clemente Quintero, Aníbal Martínez, Álvaro y Rafael Castro Socarrás, Alfonso Murgas y una pléyade de amigos, cuyos nombres sería muy largo enumerar.

Su casa, siempre de puertas abiertas, para locales y extraños, fue el epicentro obligado del país vallenato. Hernando, cual Lorenzo de Medicis, fue un mecenas de la música vallenata y el anfitrión por antonomasia del Festival Vallenato. Son inolvidables las parrandas en su casa con verdaderos juglares como Emiliano Zuleta Baquero, Lorenzo Morales, Leandro Díaz, Alejo Durán y Colacho Mendoza, al lado de entrañables amigos como Poncho Cotes,  Jaime Molina, Lalo Montero, Andrés Becerra, Darío y el Turco Pavajeau, Orlando Mejía, el Negro Zabaleta, entre muchos otros. ¿Cuántas canciones memorables nacieron en su casa? Para recordar una: ese canto lastimero de Tavo Gutiérrez, Rumores de viejas voces, ganador de la canción inédita del Festival.

Vallenato de los verdaderos

Estampar la vida de un hombre en unas cuantas líneas es una empresa muy ardua, superior a mis fuerzas. Tantos recuerdos de un hombre sencillo, trabajador, quien al no tener hermanos, regaló todo su cariño a sus amigos; quien encarnaba como pocos los versos de su amigo Alonso Fernández Oñate: “parrandero, enamorado y cantador/ ganadero, algodonero/ gallero y agricultor”. Hernando era, sin lugar a dudas, un vallenato de los verdaderos.

Hombre de campo, amante de la poesía y dotado de una memoria prodigiosa, declamaba con pasión versos de Neruda, de Silva, de Darío, de Barba Jacob. “A beber, a danzar al son de mi canción”. Como en los versos de Walt Whitman, Hernando no era sólo un hombre, “era un cosmos… violento, carnívoro y sensual, que come, bebe y procrea”.

Hoy cuando yace inerte su cuerpo, encomiendo su espíritu al Señor para que perdone sus pecados. Y quiero despedirlo con unos cuantos versos que él solía recitar en sus ratos de bohemia:

¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
— ¡Oh, corazón falaz, mente indecisa!—
¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Cómo la huida de la primavera?

Tan leve, tan voluble, tan ligera
cual estival vilano … ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa …
¡Vana en el aire igual que una bandera!

¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura …!
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!

Todo tu ser trocóse en nada
—¡memoria ciega, abeja de amargura!—
¡No sé cómo eras, yo que sé qué fuiste!

Hernando Molina Céspedes cuando era alcalde de Valledupar, junto al ex presidente López y su esposa y el ex gobernador del Cesar, José Guillermo Castro.

Junto a sus entrañables amigos: el doctor Alfonso López Michelsen y Rafael Escalona, durante una parranda en Bogotá.

Hernando Molina y su joven esposa, Consuelo Araujonoguera, acompañados por el entonces gobernador del Cesar, Alfonso López Michelsen y su esposa, Cecilia Caballero de López.

Molina Céspedes junto a sus hijos: Ricardo Mario, Andrés Alfredo, María Mercedes, Hernando César y Rodolfo Augusto.