11 enero, 2019

Réquiem con sentimiento especial

El pasado 30 de diciembre falleció en Valledupar la señora, Ana Idalides Cortes Lara. Esta afable y hacendosa mujer  nació  el 17 de octubre de 1927 en Zambrano, Bolívar. A la edad de 19 años, en  su terruño natal se unió en matrimonio católico con el señor, Enrique Díaz Parra, oriundo de Cartagena, dedicado desde […]

El pasado 30 de diciembre falleció en Valledupar la señora, Ana Idalides Cortes Lara. Esta afable y hacendosa mujer  nació  el 17 de octubre de 1927 en Zambrano, Bolívar. A la edad de 19 años, en  su terruño natal se unió en matrimonio católico con el señor, Enrique Díaz Parra, oriundo de Cartagena, dedicado desde joven al comercio.

Después se radicaron en Barranquilla, donde permanecieron varios años trabajando con suma entereza en el sector comercial independiente. En esa ciudad tuvieron seis hijos: Enrique (más conocido como Enriquito), Hugo (que fallece en edad adulta joven), Ruby, Armando, Faride y William, que posteriormente en Méjico estudia medicina.

El señor Enrique y doña Ana, en la búsqueda de mejores condiciones de vida para sus hijos y ellos mismos. En 1958 fijaron su residencia en Valledupar, contigua al otrora Colegio Antonio Nariño del ilustre profesor molinero, Ricardo González. Instalaron el Almacén La Fe adyacente a la calle del Cesar, la más comercial de entonces, cerca al callejón de Pedro Rizo, frente al negocio de Geño Bonet, otro inmigrante comerciante que en aquellas calendas también se asentó en nuestra todavía pequeña y tranquila ciudad con algunas calles pavimentadas, indicios de su próspero futuro.

En Valledupar nacieron Julio y Patricia, los dos hijos menores de esta pareja trabajadora incansable. Enriquito y Hugo (Q.e.p.d.), los hermanos de mayor edad, para jugar buscaban la compañía de la muchachada del callejón de Pedro Rizo, entre los cuales estábamos Rafael Gutiérrez (Q.e.p.d.), Anaurio Castilla Arias, hoy anestesiólogo retirado, los hermanos Pérez Pinto, los Barranco Quiroz, los Toro Sierra y los Romero Churio. En ese trasegar y cuidado de los niños del vecindario, doña Ana de Díaz y mi madre Fernanda Churio de Romero comenzaron larga y entrañable amistad, fortalecida a partir de 1975 cuando la familia Díaz Cortez cambió su domicilio al barrio La Granja, frente adonde años atrás se había mi familia, ya yo era médico general y prestaba atención en el Hospital Rosario Pumarejo de López y en la Clínica del Seguro Social.

Recuerdo cuando Hugo (Q.e.p.d.), una noche llegó a la urgencia del hospital, con unos compañeros embriagados llevando a un amigo herido sangrando, estaba yo de turno y al verme, eufórico corrió a saludarme con abrazo, Aminta Daza (enfermera veterana),  creyendo que me iba a golpear le propinó un garrotazo en la parte posterior de la cabeza, porque a veces borrachos agresivos agredían al personal que prestaba atención sanitaria, menos mal que  el golpazo solo le formó un chichón que cedió aplicándole hielo local.

Lamentablemente, este espacio no me permite relatar toda la cordial relación entre la familia Díaz Cortes y la mía, especialmente el aprecio que se profesaron doña Ana y mi madre, por ende, manifiesto con profundo sentimiento, como el cultivado por estas dos mujeres excepcionales con virtudes similares. Ahora, nuevamente, ambas se encuentran en la gloria del cielo, sitio en el que las personas virtuosas descansan en paz, ellas al lado de sus esposos, otros familiares y amigos que se ganaron el inmortal reino celestial. A doña Ana, en nombre de mi inolvidable madre, le rindo este pequeño y sensible homenaje. A sus hijos, nietos y demás familiares, que Dios les dé suficiente fortaleza para sobrellevar con paciencia su ausencia eterna. Amén.    

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