13 marzo, 2021

Reinerito Martínez, un viaje por su vida

Me levanté temprano con la resolución de no devolverme para Pedraza, para qué, si a lo mejor ni se habían dado cuenta de que me había ido. Me fui para ‘La gran vía’ sin que me viera la fondera de la noche, y mientras desayunaba me di cuenta de que era por donde pasaban los carros.

Reinerito Martínez.

FOTO: CORTESÍA.

Yo tuve que irme de la casa siendo un pelao, lo hice porque recibí una mala crianza. Mi mamá murió cuando yo tenía un año de nacido y mi papá nunca fue responsable conmigo. Pasaba hambre y ni ropa tenía, eso se lo comenté a Pedro Camargo, que era mayor que yo y me dijo: “Vámonos para Fundación a buscar trabajo, por plata no te preocupes”.

Lee también: “Nunca dimensioné el cariño que le tenía al maestro”: Javier Matta sobre Jorge Oñate

Salimos a pie para Salamina y de ahí en carro hasta Fundación, llegamos a las diez de la mañana y Pedro me dijo: “Espérame en esta esquina que ya regreso”. Lo hice hasta las siete de la noche cuando decidí salir a buscar, sin conocer a nadie, dónde comer y dormir. No lo volví a ver, y desde entonces jamás regresó a Pedraza.

Comencé a caminar por una calle, sin saber hacia dónde iba, y me di de frente con la policía. En la puerta de la estación había un policía: “Buenas noches”, le dije. Él me respondió: “Buenas noches. Identifíquese”.  “Ombe señor agente, yo lo que tengo es hambre, no he desayunado, almorzado, ni cenado”. Entonces le conté la historia de lo que me sucedió con Pedro, además le dije que era la primera vez que salía de mi pueblo.

Se metió la mano en el bolsillo, sacó un billete y me dijo: “Ve a comer algo en una de las fondas que ponen en ‘La gran vía’”. Me explicó por donde debía caminar para llegar a esa calle y en una de las fondas pedí una comida, y mientras lo hacía comencé a pensar en el desayuno del día siguiente, que fue lo que me llevó a volarme con la cuenta.  Aproveché que la fondera me dio la espalda y que el negocio se llenó, para salir corriendo. Regresé a la estación y el policía me preguntó dónde iba a dormir, le dije que esa noche era su compañía. Sacó un asiento y en él me acomodé. Al rato me quedé dormido, después desperté, aunque con los ojos cerrados, y lo escuché diciendo: “Pobre muchacho, parece bueno. ¿No será ladrón?  Nombe, qué va, tiene cara de bueno”.

Me levanté temprano con la resolución de no devolverme para Pedraza, para qué, si a lo mejor ni se habían dado cuenta de que me había ido. Me fui para ‘La gran vía’ sin que me viera la fondera de la noche, y mientras desayunaba me di cuenta de que era por donde pasaban los carros.

Después de desayunar me paré en la calle con la decisión de irme en el primer camión que me parara. Le mandé la mano a uno y se detuvo, el chofer me preguntó que para dónde iba, le dije que para donde él fuera. Monté al camión en la cabina, y el que lo conducía me dijo que se dirigía a Caracolicito, yo le conté de dónde venía y lo que me pasó con Pedro.

No dejes de leer: “No vayan a formalizar unión donde no la hay”: Elder Dayán previo a su presentación con Lucas Dangond

En el camión transportaba queso en cajas, las que el conductor lavaba en un río antes de llegar a Caracolicito. Desde ese día comencé a hacerlo, me tiré al río con la única muda de ropa que llevé, la que usé diariamente, por más de dos meses. Eso sirvió para que el camionero le pidiera, ese mismo día, al dueño de la quesera que me contratara como su ayudante.

Estando en ese pueblo maluco, el chofer me llevó a dormir donde un tío que era viudo y vivía solo. Contento con la compañía me dio unos sacos para que durmiera sobre ellos, si se puede decir que lo hice, porque esa noche una mosquitera no me dejó. Y eso que al llegar en la tardecita a la casa del señor le pregunté si había mosquito y me respondió que unos regaditos.

Fundación, Magdalena.

NUEVA ROPA

Trabajé dos meses como ayudante del camión hasta que un día el chofer desapareció, se fue con una muchacha y yo quedé sin trabajo. Entonces me fui para donde el dueño del vehículo quien me recomendó con uno de los ricos del pueblo, que me dio trabajo desmontando una finca. Con la plata que reuní, con el pago del desmonte, fui a Fundación y compré varias mudas de ropa para reemplazar la que ya estaba percudida.  Para entonces conocía a más gente en el pueblo, y a través de las parrandas empecé a tener amigos como Camacho, que fue mi hermano.

Con otro pelaje salía a caminar al pueblo y le eché el ojo a una muchacha, ella pasaba sola en el día en su casa porque la mamá y el papá se iban todos los días para una finca y regresaban en la tarde. Un día se me dio por visitarla y proponerle que fuera mi novia, esa mujer armó una algarabía diciendo que yo era un aparecido. Le dije: “Deja la bulla”, porque de lo que estaba seguro era que iba a ser mía, pero qué va, era para ponerla más guapa porque por ahí no regresé.

Fue a través de Camacho como conocí a Claudina, me llevó a su casa y la enamoré, pero no me aceptó enseguida como su novio porque decía que yo debía tener una enamorada. Es que, así como he sido siempre: alegre, dicharachero y amiguero, comencé a tener amistades, especialmente mujeres porque me buscaban para bailar, para que pusiera plata para hacer bailes, les contrataba picot por horas. Le insistí hasta que por fin se decidió, tanto lo hizo que una noche se presentó a la casa donde yo vivía diciendo que tenía que reclamarme algo, lo hizo delante de unas amigas que me estaban visitando.

Embuste, no era ningún reclamo, porque apenas ellas se fueron me dijo que desde esa noche se iba a quedar viviendo conmigo. Yo le respondí: “Claudina y no vas a esperar hasta que nos casemos. Además, lo único que yo tengo es una hamaca”. Nada de eso le importó, a los pocos meses ya estaba embarazada y nos habíamos mudado para una casita que compré. Yo seguía trabajando como machetero.

DONDE LAS PROSTITUTAS

Camacho me ayudaba mucho, siempre que lo buscaban para un contrato de desmonte, me incluía. Por eso yo no me negaba cuando él me decía que lo acompañara al barrio, donde las prostitutas. Por hacerlo Claudina se disgustaba conmigo, pero yo le decía que no lo podía dejar solo con todo lo que él hacía por mí.

Ella me advertía que algún día nos íbamos a meter en problemas en ese sitio, pero yo le explicaba que no tomábamos ron, ni me acostaba con ninguna mujer. Una noche que fui con Camacho al bar y encontramos a unos palenqueros peleoneros que vivían en Caracolicito, yo le dije: “Compa, haga su vaina rápido que esta gente está tomando”. Dicho y hecho: no habíamos salido del bar cuando ya estaban peleando con otra gente.

Te puede interesar: “No vayan a formalizar unión donde no la hay”: Elder Dayán previo a su presentación con Lucas Dangond

Salimos corriendo por un callejón para agarrar por una calle, cuando en la oscuridad apareció un tipo y nos dijo: “Ustedes me las van a pagar”. Cuando miré por el lado donde estaba Camacho, ya se había ido corriendo, fue la última vez que lo vi. También me di cuenta de que el tipo tenía un machete en la mano porque brillaba en la oscuridad y entonces me caminó. Me hacía lances y como he sido brioso me salía, pero cuando sentía que el machete me zumbaba en las orejas, yo decía: “¡Ñerda! mañana me van a encontrar echo dos cocos”.

Y el tipo se me venía encima y yo le hacía el quite, y en un momento que trastabilló saqué un cuchillito que usaba para destusar el maíz, y cuando me lanzó el machetazo yo me le salí y se lo enterré en la espalda. Se fue al suelo y aproveché para correr, pero por más que lo hacía lo sentía detrás de mí. Yo me doblaba mientras corría para evitar que me hiciera dos cocos, y mientras más lo hacía, más escuchaba el zumbido del machete.

A veces hasta gritaba: “Ay, ay, ay, me mató, me mató”. “Claudina, Claudina, abre la puerta que me matan”, grité antes de llegar a la casa. “Corre, abre la puerta”, y ella lo hizo.  Yo, antes de entrar a la casa, miré hacia la calle y no había nadie. “Te lo advertí, que no fueras por ahí”, fue lo primero que me dijo.

APODOS

Esa misma noche le dije a Claudina que me iba, comenzó a llorar y maldijo a Camacho, también me dijo que no la volvería a ver. Le aseguré que mi ausencia sería por algunos días, mientras se aplacaba la cosa, que ahí le dejaba una plata y cuatro de las ocho mudas de ropa que tenía. Me fui para la carretera, más allá de Caracolicito, en espera de un carro para irme para Fundación o Valledupar. Pasó un camión que iba para Salamina, y me quedé en la estación de Fundación, ahí esperé que amaneciera. Después, me puse a trabajar en una finca cerca de Sevilla.

Nunca dejé de pensar en ella, tanto que cada quince días iba hasta Fundación para ver si me encontraba con alguna persona de Caracolicito, para mandarle plata para que se viniera para donde yo estaba. Nunca conseguí a nadie, ni me atreví a regresar. El tiempo pasó y entonces decidí volver a Pedraza, diez años después de haberme ido. Acá me casé con Catalina Tapias, con quien tuve cuatro hijos: Sebastián Guerra, ‘Ayahía’, ‘Topetayo’ y ‘La negrita’.

Te puede interesar: La heroína María Concepción Loperena

Nos separamos y yo me junté con Amira Navarro, con la que tuve el mismo número de hijos: ‘Chimenea’, ‘Media niña’, ‘Rosquete’ y ‘Celaje’. Cada apodo tiene su explicación: el primero porque se me dio por fumar tabaco mientras Amira estaba pariendo y Elodia la parteaba. Después de que nació, Elodia me dijo: “¡Caramba! Parecías una chimenea”. Entonces le dije: “Es que el que nació va ser chimenea”. El otro apodo fue porque Amira pasó todo el día en trabajo de parto mientras yo tenía una parranda en la puerta de la casa. Me emborraché y me acosté. En la madrugada me llamaron: “Reiné, Reiné, ya Amira parió”. Me levanté y la fui a conocer, entonces al verla chiquita y flaca dije: “Ombe si tú lo que pariste fue media niña”.

Lo de ‘Rosquete’ fue porque cuando ‘pelao’ él se enroscaba maluco y casi no había forma de enderezarlo, por eso lo puse así. El apodo que falta por explicar surgió porque el niño nació mientras yo iba a buscar la partera, ella le cortó el ombligo con una tijera que estaba infectada. Al tercer día de nacido comenzó a llorar, entonces le dije a Amira que se alistara para llevárselo al médico en Calamar. Ella entró al cuarto a cambiarse de ropa y de allí salió llorando: “Reiné, el niño se murió”. Fue cuando le dije: “Él fue un celaje para nacer y para morir”.

Por: Álvaro Rojano Osorio.