17 octubre, 2021

Regiones lejanas y cercanas a la vez

Me refiero a aquel  territorio conformado por las provincias de la antigua Aquitania y La Provenza, francesas, hacia el siglo XII, y a las de Valledupar y Padilla, a mediados del XIX en adelante. ¡Seis siglos de distancia entre las dos consideradas entidades! Real o imaginativamente unidas a través de las fronteras marinas, por el […]

Me refiero a aquel  territorio conformado por las provincias de la antigua Aquitania y La Provenza, francesas, hacia el siglo XII, y a las de Valledupar y Padilla, a mediados del XIX en adelante. ¡Seis siglos de distancia entre las dos consideradas entidades! Real o imaginativamente unidas a través de las fronteras marinas, por el hado de la trova. 

Tengo algunos viejos recuerdos personales de paso por aquellas,  y por eso me es tan grato memorizarlas acá: de París a Burdeos, capital histórica de la antigua Aquitania; luego Irún, a través de los montes Pirineos, País Vasco, del Estado Monárquico Español. 

Sobre las dos anunciadas épocas históricas conviene hacer una marcada diferencia anímica: mientras los habitantes de allende, las fronteras marítimas de  dichas provincias, se movían en carrozas tiradas por caballos, la esmirriada población de las nuestras, recién salidas de las gestas independentistas del gobierno de las colonias españolas, andaban de a pie  y en bestias de carga. Así fue como Francisco El Hombre comenzó a tararear el credo al derecho y después lo cantó al revés. 

Si los entendidos consideran que fue en aquel territorio y tiempo donde se inventó el “amor cortés” exaltado por los trovadores y cantado por los juglares, bien podemos decir que en nuestras provincias, por imitación o por magín propio, aquella inspiración se rescató y la fragancia de aquel sutil olor se esparció con vernácula autenticidad.

Las mujeres allá y las nuestras acá fueron y son su musa, con cuánta abundancia folclórica y repercusiones mundiales, hasta el punto que el canto vallenato ya es patrimonio cultural de la humanidad.

Como inspiradoras y patrocinadoras de aquel revolcón e inundación cultural que representó la invención del “amor cortés” en el siglo XII, respecto del concepto de la mujer en la antigüedad y hasta entonces en la edad media, se suelen señalar los nombres de Leonor de Aquitania (mujer del mundo) y de Hildegarda de Bengin (mujer de clausura), a quienes me referiré en particular en una próxima columna. El mismo San Francisco de Asís,  contemporáneo suyo, fue permeado, en  su versión mística, por aquel romanticismo.  

¿Qué decir de la posible influencia del Cantar de los Cantares del A.T. en aquel ambiente de ensueños amorosos?  ¿Y de la misma poesía ovidiana?

¿En nuestras provincias los  nombres de cuáles mujeres  podemos indicar como análogas suyas al respecto? Indudablemente, que de súbito, surge el nombre de la principal de ellas: Consuelo Araujonoguera, verdaderamente creadora del  mundialmente conocido Festival de la Leyenda Vallenata, cuya ignominiosa muerte una vez más estamos lamentando por estos días; y desde luego las compositoras y cantantes eximias, Stella Duran Escalona y Rita Fernández Padilla,  entre otras, alrededor de quienes emerge una constelación de magníficas compositoras e intérpretes de nuestra trova y juglaría vallenata. Continuará…

Desde los montes de Pueblo Bello.  

rodrigolopezbarros@hotmail.com.