2 agosto, 2010

Recuerdos de una matrona

EL TINAJERO Por José Atuesta Mindiola Mariangola ha sido un lugar de bendiciones para nativos y forasteros. La belleza de sus sabanas es un emporio de atracción; desde la época de La Colonia era reconocida por la abundancia del arbusto ‘Mariangola’ de flores blancas y perfumadas, del cual los vaqueros cortaban sus ramas que servían […]

EL TINAJERO

Por José Atuesta Mindiola

Mariangola ha sido un lugar de bendiciones para nativos y forasteros. La belleza de sus sabanas es un emporio de atracción; desde la época de La Colonia era reconocida por la abundancia del arbusto ‘Mariangola’ de flores blancas y perfumadas, del cual los vaqueros cortaban sus ramas que servían de fustas para los caballos.

Pero además del encanto del paisaje y la presencia sagrada de Dios en la imagen venerada del Santo Cristo, muchas personas llegaron al pueblo de Mariangola por el privilegio de estar ubicado en las dos orillas de la carretera nacional, a la que hace referencia el maestro Rafael Escalona en la canción ‘El testamento’: “…paso por Valencia, llego a las sabanas, Caracolicito y luego a Fundación…”.

Los años de 1960 fueron de prosperidad para el recién creado corregimiento. Muchas personas llegaron por la bonanza del  cultivo de algodón, por la apertura de la carretera a la Sierra, por los cultivos de arroz,  por las condiciones favorables del centro de salud y por el agua extraída por los molinos de viento en épocas de verano para mitigar el calor de las tinajas. Entre esas familias que aquí llegaron y  compartieron sus afectos y sus bondades hasta el punto de sentirse mariangoleras, está la familia García Baute, que llegó del vecino corregimiento de Los Venados, bajo la orientación tutelar de la distinguida matrona Carmen Baute de García.

La señora Carmen vino con sus ocho hijos, entre ellas siete hermosas hijas en la edad de la primavera en flor. Desde sus primeros  días de estadía muestra sus cualidades en el campo de la salud y presta con eficiencia sus servicios de enfermera, y con gran acierto de partera. Su voluntad de servir no tuvo límites: a cualquier hora del día o de la noche, desafiando las tormentas del invierno o las hostilidades caniculares del verano, exponiéndose a las incomodidades de un tractor o al lomo silvestre de un caballo o de un burro, viajaba a las lejanas fincas o a los remotos lugares de la Sierra para acudir de manera oportuna a atender el nacimiento de un niño.

Estos méritos le permitieron ser nombrada enfermera oficial del centro de salud, cargo que desempeñó con lujo de competencia hasta alcanzar el justo tiempo del retiro laboral. Ya en la edad otoñal, se regocija con la ternura de sus nietos y bisnietos, y disfruta la dicha infinita de haber sembrado en los suyos un legado de virtudes y bondades que florecen como diademas de laureles en el extenso jardín de la vida.

El pasado viernes 29 de julio, la amorosa tierra vallenata abrió sus entrañas para recibir el cuerpo octogenario de la abuela Carmen, pero su obra y su alma están en el corazón y la memoria de todos sus queridos familiares y de todos los que conocimos su grandeza humana. Como dice el poeta: “Después de la muerte la vida no es escombro ni ceniza que el tiempo convierte en su liturgia. La vida sigue en la eufonía de los recuerdos del amor que es inmortal”.

DÉCIMAS DE LA SEMANA

I
Llega al Consejo de Estado
una mujer vallenata,
con agudeza sensata
su trabajo ha realizado;
sus colegas magistrados
del Tribunal del Cesar
y la Rama Judicial
se complacen como yo,
porque Olga Valle De la Hoz
engalana a Valledupar.

II
Olga Valle es un modelo
de honradez y decisión,
ama la superación
y el trabajo es su desvelo.
El Dios de la tierra y el cielo
es siempre su compañía,
la justicia es la eufonía
en todas sus decisiones,
para ella son los honores
que le brinda mi poesía.

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