14 octubre, 2021

Paz, democracia y derechos

La paz es un derecho humano, un fin y un medio para la vida plena de los individuos y grupos de un Estado. La paz, derecho y fin, forma parte integrante del derecho cosmopolita estatuido por las Naciones Unidas, derecho vigente en el ordenamiento jurídico colombiano, e irradia a todo el ordenamiento institucional y obliga […]

La paz es un derecho humano, un fin y un medio para la vida plena de los individuos y grupos de un Estado. La paz, derecho y fin, forma parte integrante del derecho cosmopolita estatuido por las Naciones Unidas, derecho vigente en el ordenamiento jurídico colombiano, e irradia a todo el ordenamiento institucional y obliga a todos los gobiernos a construirla. El fin de la paz no se discute, hacerlo es una necedad, construirla es un imperativo jurídico y moral.

No es la paz de los cementerios la que se ha de construir como describe Kant en ‘Hacia la paz perpetua’, ni la paz de los avispados que pretenden sacar dividendos de los sacrificios a realizarse para construir la paz. Por el contrario, se necesita construir de consenso, la paz como cese de violencia y eliminación de las condiciones de posibilidad para que renazca la guerra en versión de conflicto armado no internacional. La paz y su discurso, no puede ser atacada como instrumento que alimente odios y divisiones. La paz une, no divide.

Para la construcción de paz hay que evitar que en el propósito de la destrucción de la cizaña se destruya igual el trigo, bella metáfora descrita en forma genial por Jesús, que recoge las Sagradas Escrituras por el apóstol Mateo en el capítulo 13 versículos 24 al 30. No prestarle atención a la cizaña, sino al final de la cosecha para separar el trigo de la cizaña. Todo debe estar encaminado a construir un consenso para la paz. Camino difícil, pero hay que hacerlo.

No podemos retroceder lo transitado hacia la paz. Fortalecer el acuerdo de paz celebrado con las fuerzas insurgentes y la legislación e instituciones nacidas de esos compromisos ofrece confianza y fortalece el camino. Verdad, justicia, perdón y no repetición y una visión flexible y no vengativa de la justicia son instrumentos de la justicia transicional necesarios, pero no suficientes.  

La paz imperfecta es la que se hace indispensable construir. La paz no nacida del castigo sino de la reconciliación entre víctimas y victimarios. La paz nacida del perdón y de la generosidad, que cimente la vigencia de los derechos humanos y fortalezca la democracia.  Nada justifica la guerra. Identificando las razones de la guerra se facilita la paz.  ¿Cuáles razones? Todos las sabemos, la debilidad de nuestras instituciones políticas y jurídicas.

Hacer la paz es revisar nuestra democracia para impedir, por la vía democrática y del diálogo permanente, que resurja la violencia y la guerra como instrumento de la política. Revisar el modelo político que alimenta la guerra es una exigencia del momento.

No es posible que una república permanezca con un modelo centralista del poder político y un presidencialismo que concentra los poderes públicos y el autoritarismo, que ha impedido e impide en la actualidad el derecho de autogobierno a la ciudadanía de las regiones. La democracia se fortalece descentralizando el poder político y transfiriendo constitucionalmente gran parte del poder político en manos del poder central a instituciones autónomas de las regiones. La paz se construye reformando las instituciones.

Un acuerdo de paz imperfecto con la Farc se ha construido, sin duda. Pero es mejor un acuerdo imperfecto y la desmovilización y reintegración de los insurgentes a la vida republicana que nada, ya que servirá para el camino hacia la paz perpetua. No será perfecto, sin duda. No le pidamos al hombre, ser imperfecto y falible, obras perfectas e infalibles. No seamos arrogantes. La perfección solo es del creador de todo: Dios. Construyamos un gran acuerdo político por la paz, la democracia y los derechos humanos.