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Crónica - 27 octubre, 2022

‘Pacho’ Socarrás, personaje de la provincia 

Era sepulturero de oficio. Por la noche dormía en el vientre vacío de una tumba en el Cementerio Central.

Pacho’ pasaba, bajo el sol del mediodía, por el ‘Callejón de La Purrututú’, con pantalones de dril caqui y camisa manga larga.
Pacho’ pasaba, bajo el sol del mediodía, por el ‘Callejón de La Purrututú’, con pantalones de dril caqui y camisa manga larga.

Con pasos imprecisos por su beodez de todos los días del almanaque Bristol, ‘Pacho’ pasaba, bajo el sol del mediodía, por el ‘Callejón de La Purrututú’, con pantalones de dril caqui y camisa manga larga del mismo color remangada a la altura de los codos.

Su figura mediana y delgada se hacía habitual a esa hora con su frente de entradas pronunciadas, su nariz rojiza por los estragos etílicos, sus cejas peludas y rebeldes que le daba la apariencia de un elfo salido de las fábulas irlandesas.

Un monólogo “en inglés” llevaba entre labios, con frases inventadas y recargadas de consonantes, que daban la sonoridad fragosa de ese idioma anglosajón. De rato en rato detenía su caminar trastabillesco y alzaba el puño al estilo de un orador en plaza pública, para gritar en castellano: “Manda el gobierno que mandare que a mí no me importa nada”.

Algunas veces también, de súbito, como recordando algo, paraba sus pasos bamboleantes en la esquina de una misma bocacalle, frente a un portón de tablas, y cantaba una canción de despecho: “Mala mujer, mala mujer/ hoy no vengo borracho/ ya no preciso del trago/ para poderte olvidar”. Quizás arrepentido de ese improntus nostálgico, se iba de allí tratando de desmentir la traición de un recuerdo con otra canción de insulto: “Parece una camaleona reseca/ de esas que no se bañan/ de esas que no se bañan/ será de la misma rabia”.

Tenía un hermano llamado Diógenes Socarrás, tan adicto del ron como él mismo. Diógenes vivía en Venezuela y por temporadas aparecía por las callejas vallenatas con una botella de ron en la mano dando traspiés, sin dominio de su equilibrio en el andar por el embolate del alcohol, y metiendo miedo a quienes nunca lo habían visto, por su desmedida estatura como un Goliat escapado de una página del Antiguo Testamento.

Por tales épocas hacía tránsito por las calles Miguel Yaneth, un señor de Patillal avecindado en Valledupar, ya notorio en el paisaje urbano con un sombrero de ala corta, unas gafas transparentes enmarcadas en unas monturas de pasta negra, jinete en un caballo de paso castellano, recitando los mismos piropos a cuantas damas tropezara en su ruta de caballista. Tenía fama por sus delirios en eso de los gallos finos, asistiendo a los palenques galleros de todos los pueblos vecinos cuando calzaban espuelas. Un día de aquellos se encontró con Diógenes, botella en mano. En cuanto Yaneth lo vio, tensó la brida de su corcel y con ironía le preguntó: “Decime Diógenes a que te sabe el ron?”. El interpelado sacudió la cabeza buscando la respuesta que dio en cinco palabras: “Miguel, me sabe a gallo, a gallo, Miguel”.

‘Pacho’ dormía en una tumba en el Cementerio Central.

‘Pacho’ era sepulturero de oficio. Por la noche dormía en el vientre vacío de una tumba en el Cementerio Central. Cierta noche robaron en una joyería, y los ladrones, que eran dos, resolvieron saltar la tapia del cementerio y ocultar en una bóveda el fruto del botín, para regresar cuando cesara el peligro de ser aprehendidos con las manos en la masa.

Pacho se despertó al oír la conversación apagada de los rateros, y en la nebulosa de su beodez, salió de su sepulcro dando traspiés y se puso a hablarles en su “inglés”. Los gritos fueron aterradores. Su eco corrió con la brisa de las calles oscuras y se hundió por las soleras y fisuras de puertas y ventanas, estremeciendo la quietud de la noche hasta llegar a las casas más apartadas del poblado. Los ladrones volaron la tapia dejando en su borde medio costillar, y abriendo carrera partieron el aire con la prisa, tal vez pensando en la tribulación de su pánico, sobre esa alma en pena que se había extraviado en los laberintos de más allá, y en vez de volver a su fosa en algún cementerio londinense o neoyorquino, llegó con la brújula atolondrada a nuestro Cementerio Central.

Al día siguiente, con los vahídos del guayabo, ‘Pacho’ Socarrás encontró una cajuela de madera con una puertecita de vidrio. En su interior había relojes suizos de pulso y faltriquera, aretes, anillos, cadenas y pececillos de oro momposino con ojos de rubí.

La depositaria final de botín de los cacos, fue Melída Maestre, quien con bondadosa asistencia le venía dando a ‘Pacho’ las tres comidas del día.

POR RODOLFO ORTEGA MONTERO/ESPECIAL PARA EL PILÓN