23 octubre, 2021

Miguel Francisco Pimienta Cotes, el hijo revolucionario del Loperena

Las almas como las de ‘Miguelito’, tan sensibles, tan cristianas, no podían comprender y sostener por qué al lado de miles de niños que se morían de hambre, otros botaban la comida y por qué mientras unos eran dueños de medio departamento, otros no tenían ni un grano de arena en qué caerse muertos.

Fotografía de Miguel Francisco Pimienta Cotes. 

Foto de cortesía.

En una camita de lienzo blanco nació un niño en el municipio de Robles, La Paz (departamento del Magdalena), un 16 de junio de 1942, a quien su padre llamaría Miguel, para perpetuar el nombre de su primer antepasado venido de la Judea a Coro (Venezuela), y a quien su madre, mujer profundamente cristiana, llamaría Francisco en honor a San Francisco, patrón de su patria chica.

Su madre oyó sus primeros bajidos, pero no pudo recoger el polvo de sus huesos después de su muerte, la madrugada del 16 de octubre de 1966 (el mismo año en que cayó el padre Camilo Torres). Fue difícil reconocer su cadáver que quedó pulverizado por una ráfaga de metralla del Ejército Nacional.

Desciende ‘Miguelito’, como lo llamábamos cariñosamente, de un tronco común de familias emparentadas: por el lado de su padre, Luis Pimienta Arregocés: fue nieto del patriarca Luis Carlos Pimienta Cotes Restrepo, notario y uno de los abogados más ilustres de la región en esa época; un gran político, casado con la matrona doña Josefa Arregocés (mamá Josefa) de ancestros riohachero; Bisnieto de Cilia Cotes Brit, y de Miguel Pimienta Restrepo, un gran abogado; tataranieto de Rafael Meriño, también abogado e hijo de Miguel Cotes, de descendencia judía y de Josefa María Merino.

Miguel Franciscocursó sus primeros tres grados de primaria en la escuela de su tío Poncho Cotes, en La Paz; luego sus padres deciden mudarse a Valledupar e ingresa al colegio de Nuestra Señora del Carmen, donde termina su cuarto y quinto año. Desafortunadamente pierde a su madre en 1956 (16 de julio) cuando terminaba la primaria.

Encuentra, entonces, en ese gran pedagogo llamado Leónidas Acuña un apoyo que llenaba en parte ese vacío. Su padre afianza las atenciones para suplir un poco esa pérdida. Su padre en ese entonces gozaba de una gran solvencia económica.

Todavía  están en el recuerdo los frascos de suero y de dulces que le dejaba en el internado los sábados y que él más tardaba en recibirlos que en repartirlos, porque desde muy niño dijo lo que iba a ser: no tenía nada propio.

Más tarde, ‘Migue’ decidió llenar esta orfandad defendiendo unos ideales por los cuales murió más que convencido.

Cursa casi todo su bachillerato en el Colegio Nacional Loperena, por cuyos corredores aún se evoca su figura diminuta e inquieta, que más tarde compaginaría con las características del movimiento a donde iría a ingresar; todavía se escuchan sus carcajadas inocentes; sus maestros lo recuerdan con ese caminar rápido y peculiar de los Cotes que concuerda con la rapidez de sus pensamientos.

Sede del Colegio Loperena.
Foto de cortesía.

Su físico era engalanado por un pelo lacio negro y brillante, con dos entradas en la amplia frente, de nariz fileña y aguileña; en su aspecto espiritual se caracterizaba como un joven desprendido, servicial, generoso en extremo, llano, humanitario, buen amigo, se hacía querer, se acomodaba a cualquier circunstancia, sencillo, sin odios, alegre, bullanguero, su vida era una fiesta, chistoso, ponedor de pereque, festivo, amaba a los niños, no era problemático ni buscaba los problemas, pero le gustaba auscultar con sinceridad la vida de sus amigos con el único fin de sacarlos adelante.

Excelente estudiante, siempre obtuvo las mejores notas durante el bachillerato y por esto mismo se caracterizó durante sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia, donde obtuvo el puntaje más alto en el examen de admisión; todo lo hacía rápido, hablaba con propiedad, convencía sin decir mentiras, persuadía con el razonamiento, era tímido con el sexo opuesto y prefería a la mujer mayor que él (tal vez inconscientemente buscando a la madre perdida).

CRISTIANISMO Y COMUNISTA

¿Por qué no prefirió la vida muelle que el destino le brindaba? ¿Por qué no seleccionó el placer, los goces, el terminar su carrera, que es lo común en los seres que se llaman normales?

Muy sencillo: las almas como las de ‘Miguelito’, tan sensibles, tan cristianas, no podían comprender y sostener por qué al lado de miles de niños que se morían de hambre, otros botaban la comida y por qué mientras unos eran dueños de medio departamento, otros no tenían ni un grano de arena en qué caerse muertos. Es decir, sus ideas revolucionarias no nacieron porque fuese comunista, sino por todo lo contrario: brotaron de un auténtico cristianismo, que no veía justa la desigualdad social y afirmaba por ello que el primer comunista había sido Jesucristo.

Le surge entonces aquella lucha interior, aquella dicotomía entre sus principios cristianos del quinto mandamiento (“No matarás a tu prójimo”) y las estrategias que aplicaban en la materialización de la filosofía marxista. Después de resolver muchas dudas escoge el luchar por su ideal, su determinación fue definitiva. Cuando algunos amigos trataron de disuadirlo contestó: “En caso de no lograr triunfar y morir en el intento de la lucha por el poder, sus cadáveres servirían de puente para que a los nuevos revolucionarios se les hiciera más fácil el tránsito de su lucha por la consecución de la justicia social y un mundo más equitativo”. Uno de sus principios fue odiar el delito más no al delincuente.

Su acudiente durante sus estudios universitarios fue Luis González Urbina, quien también influyó como hombre serio y estricto en la formación de su sobrino político. ‘Miguelito’ heredó de su padre la jocosidad, no era tremendista y esto contrastaba con la verticalidad de sus ideas y con el grado de la responsabilidad ante la causa y con su gran preocupación a nivel vivencial por los problemas sociales, no obstante su juventud.

Estaba tan convencido de sus ideas que ingenuamente llegó a expresar: “Yo no sé por qué mi papá se preocupa tanto por hacer plata, si ahorita llega la revolución y se la va a disminuir”.

DESPEDIDA

Terminando su cuarto año de jurisprudencia se ausenta a Checoslovaquia y Cuba; en La Habana dialoga con el mismo Fidel Castro. Al llegar de su gira vino a despedirse de sus padres, de sus amigos, y de su tierra, aduciendo que se ausentaría en un viaje muy largo; se convirtió en uno de los fundadores del ELN al lado de José Manuel Martínez Quiroz, Alfonso Gonzales, René Costa, José Alfonso Martínez y Rafita Mestre. Llevó muy poca ropa y antes de irse le dijo a su padre que le regalara como única y última herencia un reloj Invicta automático (era una novedad en esa época). También tenía calendario. Esto lo complació mucho, pues a él no le quedaba tiempo para estarle dando cuerda.

Universidad Nacional de Colombia.
Foto de cortesía.

Cualquier día se ausenta en la región de Simacota (Santander); una noche, mientras se refugiaba en una finca con sus compañeros, fueron delatados. La madrugada del 16 de octubre de 1966, murieron cuando aún dormían en sus hamacas, sorprendidos por una ráfaga del Ejército Nacional.

Contaron sus compañeros de esa época que los niños que convivían con ellos en el campamento lo requebraron durante muchos días, que su ausencia fue llorada, que produjo mucho dolor por su entrega incondicional a esa causa con el afán de dar ejemplo y por su capacidad de hacerse querer por los compañeros.

Su ideología no era marxista, sino que seguía los lineamientos de Mao Tse-Tung: orienta a los campesinos sin violencia, sin secuestros, sin bombas, ni collares bombas, sin pescas milagrosas; era un movimiento, cuando nació, profundamente cristiano y pacifista; y a los campesinos se les hacía conocer sus derechos de una manera pedagógica y sencilla por ser analfabetas.

No podemos ocultar, impotentes, el dolor que nos produjo su muerte y las lágrimas que sienten nuestros corazones al recordar que su humanidad sin vida no tuvo siquiera el derecho de reposar en un lugar donde sus familiares y amigos le pudiésemos brindar un homenaje póstumo.

Escribió su prima hermana: Ruth Ariza Cotes.

Por Ruth Ariza Cotes