12 octubre, 2020

Leyendas y verdades en la gesta de Colón

Los entendidos de estos temas añaden que don Cristóbal Colón no intrigó con ahínco la financiación de su empresa descubridora ante Juan II de Portugal y los Reyes Católicos de España por mera corazonada de la existencia de territorios más allá del océano (que suponía parte de la India) sino que tenía la plena seguridad del éxito.

A fines de la Edad Media, había vislumbres de la existencia de nuevas tierras más allá del Océano Atlántico. Los antiguos egipcios tenían memoria de una tierra de civilización avanzada que existía mar adentro, más allá de las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar). Un sacerdote egipcio de Sais situaba un cataclismo ocurrido 9.000 años atrás que habría hundido un continente o una inmensa isla llamada Atlántida.

La versión fue recogida por Solón en Grecia, seis siglos antes de nuestra era. Platón la tomó de este dos siglos más tarde, revivida en los Diálogos de Critias. Esa misma o parecida información la tuvo Marsilio Ficino, Plinio, Séneca y Tucídides, así como el judío Philón, y hasta unos eclesiásticos doctos como San Gerónimo y San Agustín en siglos más recientes.

Critias la describe con mención de ciudades, ríos, palacios, fauna, cosechas, régimen de gobierno y sus cultos de religión. No hay un testimonio en documento, pero sí una abundante literatura. Enrique de Gandia dice: “La Atlántida no debe interpretarse como un mito sino como la sombra de una verdad olvidada”.

También mucho se ha escrito sobre Lemuria, un territorio gigante en el Océano Pacífico, hundido hace remotos años por erupciones volcánicas, que bien pudieren ser las islas de Oceanía sus vestigios.

En la Edad Media era terror hacer navegación por el Mar Tenebroso, como se llamaba el Océano Atlántico. Había islas misteriosas que aparecían y desaparecían como artificios de magia. Algunos cartógrafos las registraban en sus croquis como ciertas. Los engendros diabólicos y los monstruos marinos devoraban hombres y embarcaciones. La ignorancia y el fanatismo atajaban todo espíritu de aventura de los navegantes limitando sus viajes sin perder de vista la costa. De tal época medioeval son las islas de San Barandán, Bracir, Mansatanasio, Antilia o de las Siete Ciudades.

Desde los tiempos antiguos de Aristóteles, Erastóstenes y Posidonio, se intuía que la tierra era un globo, como se deducía por los eclipses de luna. Se creía que al sur del Cabo Bojador, sobre la costa africana, el mar se precipitaba a un abismo, pues era el fin del mundo.  Era concebido con forma de plato y que por un borde del mismo caía el agua del mar. Los portugueses del siglo XV, no pasaban más allá del Cabo porque les infundía temor la nubosidad de la reverberación del agua a la distancia, sin saber que eran los efectos del sol tropical.

La isla de San Barandán  (Balandrán o Borandón) aparece en un mapa catalán de 1375, en el de Toscanelli en 1474. Según la leyenda, San Barandán fue un fraile irlandés que vivió en el siglo VI. Fundó un monasterio y emprendió ese viaje sugerido por un monje llamado Mermoc. Con catorce frailes duró errático por el Atlántico, donde descubrió islas, y en una de ellas encontró uvas del tamaño de una manzana. De las islas que visitó se nombra la de San Albeus, una de las Feroés, las tres volcánicas de Jan Mayen, Islandia, Tenerife y Madeira. Dice el mito que San Barandán una vez desembarcó sobre el lomo de una ballena en el cual dijo misa y se prendió una fogata creyendo que era una isla.

Un personaje que acompañó al santo fue Maclau, primer obispo de la sede de Saint Malo, y que llegó a una tierra llamada El Paraíso, donde un día equivale a cien años en cualquier parte del mundo. Al lado de tal isla existía otra llamada El Purgatorio donde iba el santo al principio de cada cuaresma a hacer penitencia. Se cree que San Barandán vivió cien años y que habiendo construido el monasterio de D’ailech en Inglaterra, y una iglesia, murió en Irlanda el 16 de marzo de 577 de nuestra era.

En el Atlás de Medicis de 1331, en el mapa de Pizzgani de 1367, y otros más, aparece la Isla de Bracir o Bracil. Así es el nombre de un árbol de cuya madera se saca pintura roja, conocido en Ferrogoza en el año 1113 y en Módena en 1306. El origen del nombre es veneciano donde fue llevada esta madera de la India Oriental. Dada la circunstancia de que Álvarez de Cabral tomó posesión para Portugal en América de un territorio vecino a nuestro país, donde abunda este árbol, le dio ese nombre legendario que existía desde la Edad Media. Los cartógrafos señalaban en sus mapas esta isla en diferentes lugares, mucho más al sur de Las Azores. Otros la sitúan en el paralelo de Bristol con anotación de la creencia que solo era visible cada siete años.

MITOS Y MIEDOS


Un misterio aún no develado es una isla de nombre Antila. Tal denominación corresponde al archipiélago de Las Antillas que antecede al continente americano. Figura en los mapas europeos de André Bianco en 1436, en el de Fra Mauro en 1460, en el de Toscanelli en 1474, es decir, años antes que fueran descubiertas por Colón. Estas islas, en algunos mapas se les llama de las Siete Ciudades en virtud de una leyenda según la cual, en el año 711 de nuestra era, al invadir los moros a España en tiempos del rey visigodo don Rodrigo, un número de cristianos huyó de allí con un arzobispo y seis obispos que llegaron a unas islas del Atlántico y en donde fundaron siete ciudades entre ellas: Anna, Antibal, Anceto, Ansoldi y Cori. Uno de tales obispos era versado en las artes de la magia y por eso hizo un conjuro para que nadie pudiera verlas hasta que España recobrara su fe católica. “Los marinos miraban con frecuencia las aves de esas islas mientras navegaban por sus cercanías, pero no podían verlas a causa de su encantamiento”. Según eso, se cumplió el vaticinio del obispo pues en 1492, año del descubrimiento de América, meses antes los Reyes Católicos expulsaron a los últimos musulmanes de España con la toma de Granada.

Otra isla diabólica era Mansatanasio. La llamaban también la Mano de Satán debido a que salía de las profundidades del océano un brazo de coloso que atrapaba y hundía a las embarcaciones. Los navegantes veían tal isla de lejos y luego se perdía de vista. Figura en el mapa de André Bianco de 1436 y en el catalán de 1375. La situaban al norte de Antilia.

Todos esos mitos y creencias detenían el avance de los viajes exploratorios en el Atlántico.  Para la época de Colón, existía la conciencia científica, no extendida aún, de un mundo redondo. Ya se insinuaba la teoría que navegando por el Occidente se llegaba al Oriente, a Catay (China) y a Cipango (Japón). Algunos acontecimientos bélicos habían taponado la “ruta de la seda” de la que se servían los comerciantes medievales de Europa hacia esas exóticas tierras.

Las caravanas árabes, principalmente, traían las especias, gemas, sedas, brocados, tafetanes, herraduras, terciopelos, tapetes, papel y porcelana. En el siglo XI cayó el imperio árabe de Bagdad bajo el dominio de los turcos de Asia Central y luego el Asia Menor. Los reinos cristianos de Europa emprenden unas guerras santas llamada Las Cruzadas, para reconquistar Jerusalén y los santos lugares, y además para restablecer el comercio con los distantes imperios de Persia, China y la India, principalmente. Los papas y reyes cristianos, buscando aliados con esos fines, mandan misiones a Mongolia y China. Una de ellas fue presidida por Benjamín de Tudela. En 1160 salió de Zaragoza y llegó hasta Tartaria, China e India. Su libro, ‘Itinerario del Rabino Benjamín’, en hebreo, es el documento más antiguo sobre aquellas exóticas tierras.

El papa Inocencio IV, en 1245, buscó relaciones con el Gran Khan de los mongoles. Organizó dos embajadas de frailes. Los dominicos de Nicolás Ascelino salieron en la primera expedición con la esperanza de catequizar al Khan, pero fueron apresados por el sultán Melick Saleh, quien los amenazó con desollarlos vivos. Después los liberó y los dejó regresar a Roma. El segundo grupo lo encabezaba el franciscano Giovanni Piano di Carpini. Llegaron a Karakorum, la capital del Khan, a quien entregaron los mensajes del papa. De regreso, ese religioso publicó sus memorias de viaje que tituló ‘Historia Mongolorum’.

El rey San Luis de Francia, quien organizó la Séptima Cruzada en 1249, envió una misión a China ante el Gran Khan y al príncipe de Tartaria de nombre Sartoch. La presidía Guillermo de Ruysbroek, sacerdote franciscano. Las crónicas de su viaje son muy completas. Allí consigna una copiosa información sobre China. Trajo algunas noticias del mítico Preste Juan, un supuesto rey cristiano del culto nestoriano que existía en alguna parte de ese lejano mundo. En Karakorum, el emperador Mankú le entregó una carta para el rey de Francia en la que le manifestaba su supremacía como “Señor de la Tierra”.

Mediando el siglo XIII, las ciudades italianas comerciaban las codiciadas mercaderías de Oriente. Los mercaderes venecianos Nicolo y Maffeo Polo tomaron camino a la corte de Kublaikan, nieto de Gengis Khan. En 1263 estuvieron en Pekin y otras ciudades chinas, hasta que emprendieron el regreso con el pasaporte imperial del Khan. Volvieron a Venecia en 1263 con una carta para el papa en la que el Gran Khan le había mandado a pedir cien sacerdotes para que enseñaran religión. Entusiasmados los Polo se aprestaron para un segundo viaje llevándose a Marcos, hijo de Nicolo. Sólo dos monjes fueron con ellos, quienes llegaron hasta Armenia, de donde se regresaron por temor. Los Polo pasaron 17 años en los dominios de Kublaikan. Marcos recorrió China y fue nombrado gobernador de una provincia. De regreso siguieron a Conchinchina, Malaca, Sumatra y la isla de Ceilán. Llegaron a Venecia en el año 1295. En su ciudad no fueron reconocidos de inmediato. Las crónicas de sus viajes fueron reproducidas en copias manuscritas con el nombre de ‘El Libro de las Maravillas’. Fue el más leído después de la Biblia, en esa época. La información de los Polo sirvió para que los geógrafos y cartógrafos ajustaran sus datos en nuevos mapamundis, rutas marinas y terrestres, croquis y portulanos.

EL OTRO LADO…

En otra parte del mundo, en el Océano Atlántico, los marineros llamaban Tule el límite de lo conocido. Era la más lejana tierra. Descubierta una Tule dejaba de serlo y de esta se partía a la siguiente. De Tule en Tule los marinos europeos fueron descubriendo islas hasta acercarse al nuevo mundo. Fueron Tules las islas Sheetlands, Feroes, Islandia, Groenlandia y la “isla del bacalao” o Tokafixa, a la cual llegaron los vikingos antes que Colón, y que ahora se llama Terranova.

Las Tules fueron pues escalones en la ruta de la navegación atlántica. Piteas, un griego, astrónomo, geógrafo y navegante, fue el primero o uno de ellos, que salió al Océano Atlántico, desde Marsalia (Marsella) en el mar Mediterráneo, pasando más allá de las Columnas de Hércules. Su viaje se registra hasta Islandia pasando por Escandinavia en el siglo III a. d. C. Los fenicios y egipcios habían hecho travesías similares buscando estaño y oro. En el siglo XI de nuestra era, los normandos de Noruega, incursionaron como piratas que pillaban con extremada violencia las aldeas y monasterios cristianos de Inglaterra, Iberia, la costa francesa y hasta las tierras rusas.

Sus pequeños barcos de una vela llegan hasta Islandia, como sucedió con Erik el Rojo, en el año 983 d. C., quién huyendo de Noruega por causa de un asesinato, se refugia en esta isla. Una corriente marina lo llevó a otra tierra más al poniente a la que bautizan como Groenlandia, “tierra verde”, por sus bosques. Allí organiza poblaciones y rebaños y se dedica con sus habitantes a la pesca de bacalao, caza de ballenas y al comercio de pieles de zorros y osos, colmillos de morsa y dientes de narval, que cambian en Escandinavia por quesos, sal y utensilios de hierro.

En las narraciones épicas de los vikingos, llamadas sagas en idioma norse, y escritos con signos llamados runas, tallados sobre lajas y maderas están relatados estos hechos. Por eso se sabe que Bjiorni Herjulfsson salió de Noruega en busca de su padre que años antes se había ido con Erik el Rojo, pero una corriente marina lo llevó hacia la península del Labrador, en la actual Canadá. Existe la evidencia rúnica que catorce años después, hacia el año 1000 de nuestra era, también Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, pisó tierra continental de América en un lugar que llamó Marklandia “o país de bosques”.

Que después recaló en otro lugar al que puso por nombre Vinland, “país de las vides”, por la abundancia de uvas silvestres, y que investigadores identifican como Massachusset. Un hermano de Leif Eriksson llamado Thorwaldo salió a explorar tierras más al sur hacia el año 1003. Sus hombres fueron atacados por indígenas, y herido, a poco murió. Thorteim,  otro hermano del anterior, se fue en auxilio de aquella expedición, pero fallece, al parecer, por causa de una epidemia. Sobre las tierras de América quedaron los restos de estos vikingos que llegaron primero, pero no como descubridores porque nunca dejaron constancia de ello. Jamás llevaron la idea de descubrir, pues su aventura ocurrió por beneficio de la pesca, la caza y la rapiña violenta de sus incursiones.


COLÓN, EL EXPEDICIONARIO

Cinco siglos después de estos sucesos desconocidos en su época, acaece otro hecho histórico que precipitaría el descubrimiento de América. El sultán Mohamed II de Turquía se toma a Constantinopla en mayo de 1453, cortando definitivamente la ruta de las caravanas que venían con mercaderías del Lejano Oriente. Se revive otra vez la necesidad de establecer nuevas rutas de comercio, entonces viene el tiempo de las expediciones portuguesas por el Atlántico bordeando la costa africana. El príncipe Enrique de Portugal, llamado el Navegante, inició con su apoyo económico la era de los descubrimientos geográficos que le permitió a su país posesionarse como potencia colonial en África.

Resurge la idea de la esfericidad de la tierra y la hipótesis de que navegando con rumbo contrapuesto se llega al mismo lugar de partida. Entonces es cuando aparece en escena Cristóbal Colón Fontanarrosa, brindando sus servicios de expedicionario navegante y cartógrafo.

Pero también sobre este hombre aún hay muchos velos de misterio no descifrados. Los historiadores no tienen un consenso unificado sobre este personaje. Aún se discute si era de nacionalidad italiana o portuguesa y hasta hay algunos que afirman que era catalán; si era un verdadero cristiano o judío encubierto; si era hijo carnal o adoptivo de Doménico Colón y Susana Fontanarrosa, o hijo del genovés Geobatista Cibo (que luego sería cardenal y después el papa Inocencio VII) con una dama de alcurnia romana llamada Anna Colonna quien, pasada esa aventura amorosa con Cibo, dio el niño a los esposos Colón en Génova con una paga fuerte en monedas.

En fin, hasta hay un misterio en el paradero de sus restos mortales porque existe la polémica que está sepultado en Sevilla, otros que en Santo Domingo y unos terceros que en La Habana. Pero hay otro misterio mayor relacionado con su viaje. Varios cronistas de su época nos relatan sobre “el piloto desconocido”.

Tal era un real o supuesto marino de una pequeña carabela que hacía viajes de mercancías entre España y el país de Gales, pero que una borrasca de días lo sorprendió y lo arrastró océano adentro, y llegando a una tierra desconocida en 1483, encontró seres humanos que iban casi desnudos y hablaban unas lenguas desconocidas. Tal piloto, que los cronistas Garcilaso de la Vega, fray Bartolomé de Las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo y Juan de Castellanos en su Elegía de Varones Ilustres, entre otros, identifican como Alonso Sánchez de Huelva, recogió en esa isla donde lo llevó el destino de un vendaval, leña y agua para emprender el posible regreso, pero tardando muchos meses en volver por no conocer la ruta, recaló en la isla de Porto Novo (otros dicen que en Madeira) con sus hombres moribundos de hambre y sed.

En tal isla residía Cristóbal Colón para tales sucesos, por ser el hogar de su suegra, quien dio cobijo a los tres o cuatro hombres maltrechos que llegaron, con remedios y alimentos, pero era tal el estado de postración que uno a uno murieron. El piloto de tal nave, en gratitud, confió a Colón el croquis, los datos de la travesía y la altura que había logrado con el astrolabio y la escuadra de aquellas islas metidas en el océano.

Los entendidos de estos temas añaden que don Cristóbal Colón no intrigó con ahínco la financiación de su empresa descubridora ante Juan II de Portugal y los Reyes Católicos de España por mera corazonada de la existencia de territorios más allá del océano (que suponía parte de la India) sino que tenía la plena seguridad del éxito, pues sin la relación de Alonso Sánchez de Huelva, el piloto desconocido, y su carta de marear y demás datos de aquél viaje, era como un milagro, que sin saber de rumbos y tiempos en un océano tan grande, había llegado a esas lejanías insulares de América, sin tropiezos y tan sólo en 68 días.

En abono de esa hipótesis existe las versiones recogidas por los cronistas ya mencionados, que los indios taínos de la isla de Benareque (La Española) y Cuba, conservaban la versión de que pocos años de la llegada del almirante Colón y sus carabelas, también habían hecho presencia en esas tierras unos hombres barbados y de piel blanca.

Esta es una apretada síntesis de algunos mitos y realidades sobre la más resonante gesta de la historia que trastocaría para siempre el rumbo de la humanidad.

Ciudad de los Reyes del Valle de Upar, octubre 8, 2020

  Por Rodolfo Ortega Montero